Crónicas del Subsuelo: El manicomio del Dr. Pierini

Crónicas del Subsuelo: El manicomio del Dr. Pierini

Por:Marcelo Padilla

¿Quemaré la casa paterna?.... ¿partiré de la patria?....

¿Seré un monje en un monasterio?....

¿Me echaré a marear, tatuado, barbudo, descalzo,

En el último de los veleros?....

Martín Adán

Hasta el momento, y como lo habrán apreciado, Antonio, no había llegado a ningún puerto. Ni con Mademoiselle Jones ni con Abril. Ni buen ni mal puerto. Sin puerto. Sin tener como dirección un puerto. Como los barcos perdidos en el mar sin brújula que deambulan en medio de tormentas, Antonio, andaba errático y negado de su realidad. A Antonio, desde el vamos, le fallaron los planes y los pronósticos en este último viaje. Además, se sabe, tenía supercherías. Se dice que llegó a delirar. Ustedes lo pueden descubrir si releen su discurso, extensísimo por cierto, dirigido a los representantes de las academias más importantes de antropología de los cinco continentes. Desde hace ocho semanas, todos los lunes, Antonio extiende su discurso, derivando éste a un eterno exordio. Volviendo a indagarnos y a provocarnos, con la misma pregunta de siempre ¿En nombre de quién sacrificarnos?

Alelado. Antonio. Una vez más de las tantas. De las que ya nos tiene acostumbrados. Ocurre lo mismo. Cuando lo soltamos por unos días del manicomio muestra la hilacha esquizo académica. Antonio ofrecía conferencias. Se sumaba a simposios con ponencias que se sabía de memoria y que eran pergeñadas en su atribulada mente de emboscado. Y cuando le tocaba por turno de expositor, Antonio entraba en trance. Nunca llevó nada escrito en un papel para leerlo, nada preparado en un apuntecito siquiera. A él, con tener el tema de la conversación le bastaba. Y hablaba por horas. Él quería vivir en el manicomio. Y si bien podría vivir afuera de él -estaba dado de alta- Él quiso continuar su vida cotidiana y profesional desde el manicomio como Martín Adán lo hizo en Perú. Las autoridades estudiaron el caso de Antonio y se respaldaron en el caso de Martín Adán como precedente. Hasta mandaron una comisión a Perú para conversar con los profesionales del nosocomio donde estuvo Martín Adán internado y fue su huésped infinito. Desde donde el escritor peruano se recibió de Dr. en Letras y publicó Travesía de extramares. Tal vez, su obra mayúscula en términos poéticos.

Triangularon con otros profesionales de otros manicomios. Chequearon el abordaje con el loco, pero, también, se abrieron. Abrieron su mente los profesionales e interpretaron que Antonio podía llevar una vida relativamente normal en el manicomio. Ya lo conocía él, y también lo conocían a él. Era donde había estado. Tendría la contención del personal y de sus compañeros de loquero. Era un imán cuasi sufí. Hipnotizaba. Admiraban al loco más delirante que tenían. Lo escuchaban. Los profesionales del manicomio quedaban extasiados por el devenir de su lenguaje parsimonioso, dando muchas vueltas para no decir y hablar de lo que cualquiera dice o habla, o no escribe. Era una especie de idiota hecho dios por los profesionales del manicomio. El electroshock nunca funcionó. Antonio, con su química metafísica del cuerpo, neutralizaba los golpes del electroshock. Con los otros locos, ningún problema. Todos tiritando con el electroshock. Hasta que quedaban apagados en la cama. Por días.

A Antonio le metían las pastillas en el mate. Eso lo dejaba actuar. Del subidón podía monologar intrincados disparates para los otros locos del salón, que lo miraban en cuclillas, como si estuvieran cagando de placer. Ya se hacía un círculo en torno al cuerpo desequilibrado de Antonio, quien, desde una silla y de parado, emitía sus discursos. Sus exordios a viva voz. Los profesionales del manicomio quedaron con la boca abierta. Y cuando los que tienen la dueñez de la palabra quedan con la boca abierta es señal que no saben lo que está pasando. Después le encontrarían una nueva clasificación a lo que pasó. Pero lo de Antonio era magia pura. Arte esquizo in extremun. "Sáca la mano Antonio que mamá está en la cocina", cantaba.

Le cantaba a Lupita, quien fue su novia de la infancia en el mismo barrio. Ella era enfermera en el loquero. Donde él estaba. Lupita trabajaba. Lupita era una muchacha muy hacendosa. Había entrado en el loquero hacía un par de años. A ocuparse de la limpieza. La habían ascendido luego, al poco tiempo. Y la hicieron cargo del pañol. Ella sabía distribuir las tareas con las demás compañeras de trabajo. Todas eran mujeres. Las que limpiaban los baños y las habitaciones y sacudían las colchas eran todas chicas jóvenes que se abrían un camino en la vida para un mejor porvenir. Luego de una inexplicable situación con Antonio a Lupita la ponen a cargo del Servicio General de Enfermería del manicomio. Claro, el quid de la cuestión, es que ella era enfermera, y que no correspondía a su profesión limpiar los pisos. Todo cuadraba. El personal profesional del manicomio estaba compuesto por un equipo de seis psiquiatras y un psicólogo. Que no daban abasto con la atención. Paciente por paciente. El psicólogo se llamaba Adrián. El mando mayor del manicomio estaba a cargo del Dr. Pierini. Gustavo Alberto Pierini. Un hombre nervioso, el Dr. Pierini. También se medicaba. Tomaba sus pastillas predilectas que elegía, a gusto y piacere. Que él decía eran para los nervios. A diferencia de Antonio que se las metían en el mate. El jefe y el loco predilecto estaban siempre empastillados. Pero el Dr. Pierini, más allá de su humor cambiante y ambivalente, con Antonio, tenía un trato más ameno, un trato con muchísimo respeto. Lo admiraba. Entablaban charlas hasta altas horas de la noche.

En la parte delantera de la cocina y lejos de las habitaciones pero debajo de un farol. Sentados en un escalón de la casona del manicomio. Lejos estaba el portón que daba a la callejuela, ellos se sentaban. Era un prado ese lugar muy verde, y con muchas rosas rojas trepadas a las alambradas que cerraban la división con los vecinos. Muy fresco era el prado. Por las noches todos dormían desde las 22 hs. Mientras que el jefe, el Dr. Pierini, se la pasaba con el loco de Antonio, meta y meta charla. ¡De qué hablaban! Al Dr. Pierini lo empezaron a mirar raro sus propios compañeros. Pero también los otros locos del manicomio cuando él pasaba, lo esquivaban. Eran comidilla en el salón y en el patio trasero aquellas charlas del Dr. Pierini con Antonio. Todos sabían y se hacían los osos. Pero nadie contaba de qué hablaban. Supongo le gustaría saber al lector de estos escritos, el contenido de las mismas. Pero no tenemos dato, ni somera idea qué hablaban el Dr. Pierini y Antonio en el escalón de la casona.