No había con qué darle a esta gente. Se reían a las carcajadas. Y cada vez que se juntaban, armaban semerenda fiesta. Y la fiesta, duraba sin parar una semana entera. De punta a punta. Se prometieron reír hasta el final. Esa fue la consigna de sus vidas. La pintaron con lápiz de labios en el espejo de un baño de la casa colonial: "Reír hasta el final" se leía en el espejo, cada vez que uno entraba a ese baño, y se miraba la cara, lavándose los dientes. Y uno, se reía con tal lema. Querían eludir las preocupaciones de lo cotidiano en sus conciencias. Se trataba de gente grande ya. Pasaditos. No eran ningunos pibes. Todos estaban solos, y más cerca del arpa que de la guitarra: ninguno casado, a lo sumo divorciado. Eran hombres y mujeres que vivían en el llano, refregándose las picazones que traía como consecuencia por esos años, la funesta fiebre amarilla. En una ciudad que se encuentra ubicada en el centro, bien al sur del Virreinato del Río de la Plata. En una casa colonial, se guarecían estos gusanos. No obstante, reían estos zánganos. La casa colonial no era de nadie, y adentro, holgazaneando, sus ocupantes disfrutaban de la orfandad del lugar: mañana, tarde y noche. Había tomado la casa colonial esta gente brusca, poco pensativa y contagiosa, malviviente, más bien chastrina.
Según decían, querían pasar el resto de sus días así. Nunca en un geriátrico. Los dueños de la casa colonial estaban muertos. Y los parientes de los dueños muertos habían emigrado al exterior. Sus mismos herederos. La dejaron abandonada y huyeron del país, por la contagiosa y mortal fiebre amarilla. Sin importarles nada del destino de las propiedades que tenían. El grupete, no paraba de reírse de lo que a cualquiera conmovería, y hasta lo haría llorar. Reían de las tragedias. Reían de la miseria de sus vidas y de las penurias de sus vecinos; y el sinsentido socarrón, era cosa que los atraía; de tal manera, que a veces, esta caterva de badulaques, se perdía en las hondonadas. Solos, ciegos. Culebreando sus cabezas entre la neblina del amanecer.
Fue así que para seguir la vida de consigna que estamparon en el espejo, emprendieron su visita a Los velorios del pueblo. "No hay como un velorio para hacer chistes y reírse", se dijeron. Los velorios del pueblo les decían a los velorios de los pobretones. De los que no tenían ni para el cajón, y eran enterrados en terrenos municipales. A los muertos, los sepultaban sus propios familiares. Pico y pala. Tres metros hacia el fondo de la tierra (que por lo general era poco más de un metro) Los cuerpos de los muertos eran depositados en un pozo, no muy cuadrado que digamos. En su propia tierra, pelada y húmeda, los cuerpos, fueron dejados allí. Algunos acostados y otros sentados. Y los más esotéricos enterraban a sus muertos de parados. Bajo las tormentas algunas tumbas dejaban asomar alguna mollera. Un dedo, una pata. ¿Cómo es mejor enterrar a un muerto? Uno se pregunta en estos casos.
Se dice que por tradición se los acuesta de cara mirando al cielo, con los ojos tapados, con algodones empapados en iodo, pero, como mínimo, tres metros bajo tierra. Esta regla no se cumplía del todo. Porque algunos, con un metro les bastaba. Expertos eran los nativos en la taxidermia y en la momificación, debe reconocerse eso, para entender otra de las costumbres de estos pobladores. Luego los cubrirían con la tierra sonsacada por los familiares. Pero, a todo esto, habría una explicación: a los que enterraban sentados, era por su cosmovisión andina. Y a los que sepultaban de parado, era por su cosmovisión beduina. Cada cosmovisión enterraba a sus muertos como mandaba su religión y sus creencias. Seguían una tradición. La muerte era una tradición. La tradición los definía en el horizonte donde las sombras son muy largas.
Era una especie de camposanto, donde además de funcionar de enterratorio, se jugaba al futbol. Era un descampado de puro polvo arriba de los muertos. Un potrero. De donde salieron varios jugadores que brillaron en el exterior (Ibáñez, Bevilaqua, Sosa, Aberastain, los hermanitos Albarracín, a quienes les gustaba hacer la lírica: tacos, bicicletas y gambetas) No había placas. Ni tampoco había entrada, ni nada que dijera en un cartel: "Bienvenidos al cementerio". ¿Un cementerio invisible? Allí jugaban niños, y al morirse, sea de chicos o sea de grandes, allí mismo se los enterraba. Se calcula que debajo del potrero habría de haber más de cinco mil esqueletos, y no sabemos cuántos más habría hechos cenizas, cenizas de sus ancestros. Parientes que morían en la vigilia protegían a los niños vivos desde abajo: hijos, sobrinos y apadrinados, y hermanos de yunta, que jugaban arriba de ellos, arriba de los difuntos.
Estaban en una catacumba los de abajo a la vez que jugando al futbol los de arriba. Los pendejitos eran de tomarse todo a la risa, y a algunos de ellos, fueron apodados de "fantasmas". Entonces, para armar un partido de futbol, los denominados "fantasmas", no contaban en el equipo -jugaban, sí- pero eran muy troncos. Nadie les pasaba una pelota. Pero al menos los dejaban fantasmear entre los mortales, y ellos, los "fantasmas", quedaban chochos. Y todo era normal. Cuando las cosas suceden día tras día y por costumbre, todo es más que normal. La moral es recontra normal en este caso. Es lo que se llama "contrato recontra social". Algo inconsciente, digamos, porque no había que realizar asambleas para ponerse de acuerdo, ni andar preguntando cómo se hacían las cosas en la vida. Era la unidad de la unidad un todo cerrado e inmaculado. El arquetipo. Era la isla de una fantasía aquella peregrina imaginación utópica. La que guió a estos pre científicos. Donde la historia es tan simple de contar con el mito de origen, y se resume de la siguiente manera:
"... hubo un día en que el cielo empezó tronar, y en ese tronar, el cielo escupió a unos hombres que cayeron como insectos al descampado. Y esos hombres, bajo la intensa lluvia, empezaron a embarrarse. Se vistieron de barro y fueron los primeros sedentarios por naturaleza. De ahí que, nada de manzana ni nada de tentación. Nada de castigo y tampoco... nada de culpa. Fueron al frente como parte de la especie. Y nacieron miles de su condición. Y anduvieron así, vestidos con pegotes de barro, siete generaciones hechas de cascote. Una mole enorme de barro seco y semoviente zarandeaba sus piernas de lodo duro por el ancho mar de polvo. Luego las sequías y al quedar desnudos. Desembarrados. Vivieron siglos al sol. Tapados con plumas blancas, hechas mantas sobre los cuerpos dorados. Mientras que otros, los que no se movían por el barro, se quedaron esperando las benditas lluvias, en cuclillas. Dicen de los que se fueron, que llegaron a volar. Y que migraron en bandada hacia vaya a saber dónde. Esa estirpe ya no existe, está extinguida. Por lo menos en la zona del descampado. Se dice, que donde se asentaron, lejanamente hablando, vivieron en corrales. Fueron encerrados. Mujeres hambrientas salieron de unos basurales, y los encontraron en posición fetal sobre unos matorrales. Llevaron a la rastra a cada uno de los hombres voladores al caserío. Y luego se los comieron en una bacanal. En el caserío, y con toda la paisanada hambrienta. Esa población caníbal -se dice, ojo, no tenemos más que algunos testimonios- se alimentó a base carne humana. Pero los nativos dijeron que se comían a unas aves gigantes, y que habían bajado desde el cielo para parar la hambruna en el caserío. Que era un milagro. Que no eran personas, que eran pájaros alados de plumas blancas y cuerpos dorados los que llegaron hasta aquí. ¡Dioses que vinieron a sacrificarse!"
¿Una población alada supo en nombre de quién sacrificarse? Pero, ¿En nombre de quién?
Cuestión que este grupete de inadaptados se allegaron al descampado. Presenciaron velorios y entierros, fanfarrias y peleas a cuchillo. Se acercaron a las alumbradas que se hacían una por vez en la semana. Los deudos, por la noche, alumbraban con velas al camposanto. Era un mar de llamitas que ondeaban el silbido del viento. Estos gusanos llevaban petacas y cositas para la estimulación. Se reían. Mientras ellos se reían, los pobladores, elevaban plegarias y lloraban, re borrachos, ante la tumba incógnita de sus muertos. No había forma de entender la actitud de este grupete. Sin embargo, a ninguno de los presentes, les cayó mal el modo de estos malvados. ¡Quisieron saber si se podía picar algo! "Un chanchito a las brasas, o una vaquita sacrificada", dijeron los caraduras. Una mujer con un pañuelo negro en la cabeza y vestida de gris les ayudó a encontrar la fogata donde estaban los peones, asando bichos. Se veía a lo lejos, la tenebrosa humareda.
"¿Escabio? Ja ja ja ¿Milonga? Ju ju ju ". Preguntaron. Sin pudor, eso preguntaron.
Había de todo y a granel. En damajuanas. En una palangana y en una batea, ¡había más! Había vino patero, dulce. Empalagoso. Las borracheras duraban hasta el amanecer. Pasaban la noche emponchados alrededor del fuego, y allí se contaban historias. Historias de enterrados, de aparecidos, de gente que salía de la tierra y desaparecía y luego volvía aparecer en la ventana de un vecino, hecho sombra y moviéndose. En esos rituales paganos despedían a sus muertos, como se debe y corresponde. Con celebración y llanto. Con guitarreadas que repasaban las coplas más famosas del cantar nacional. Zamba Azul sonaba tras los ecos de los murallones de adobe, ayaicito nomás, donde vivía don Tito Francia. Nunca se supo de dónde venían esos acordes tan de uno. De qué rancho y en qué patio. Siempre pensamos en Tito Francia, eminencia del rasguido y del acorde aterido por la pena.
La inmensidad envolvente del descampado creaba un clima propio. Manto de magia, muralla esotérica de augusta matriz de barro; y de piedra y de paja. Amarronada la postal salía. En el archivo general de razas había fotos que fueron coloreadas por los primeros archivistas. Los fotografiados salían color barro. Tal como salían en las fotos en blanco y negro. Crepuscularmente del color de la montaña, hecha piedra, con poca flora, pero con mucha fauna. De noche salían los bichos chicos a cazar. Los bichos grandes andaban cazando de día. Y de noche, dormían en sus cuchas, y los otros, en unas cuevas que la paisanada les hacía en mogotes de tierra dura, para guarecerse de los fríos y de los zondas y de los temporales. ¡Escándalos en los gallineros! Entraban zorros y cimarrones en manada a saquear los fondos del caserío. Despertaban a la población entera, que salía con palos y cuchillos a enfrentar a los depredadores. Olor a sangre caliente quedaba en el caserío. Las gallinas esparcidas sin plumas quedaban cacareando su final. A otras las habían destrozado. Una patita por acá, un piquito por allá. Y la cresta del gallo a la desgracia. Las vivas se comían a las muertas. Las gallinas nunca tuvieron ese prejuicio. Comerse a sus cluecas coetáneas.
¿Lo hacían para no dejar rastro de carne podrida?
Los bichos chicos, con el hedor, irían a olfatear. Y así, de nuevo el bochinche y la tendalada de plumas y de bichos... y de gritos y de polvo.



