Don Horacio Benteveo Montecorvo se allegó hasta el bar con la enjundia de un demonio. Descorrió las cortinas a lo bestia. Se le enredó una mano en una de las cintas, y tiró con fuerza, hasta que entró al boliche. Fulo, dejando al dosel de las cortinas a la miseria. Se quedó duro. Parado como un espantapájaros. Con los brazos en jarra. Miró en 180 grados a la peonada reunida en aquel bar. Era gente de los bajos. Y el obraje tenía que talar. Pero resulta que los negros y las negras, y los indios y las indias, se encontraban descansando de un jornal. Esos hombres y mujeres le debían devoción a don Horacio... ¡Sí! No bien lo vieron entrar a su patrón, se pararon todos a la vez de sus sillones. Se sabía: era la hora del descanso. Les tocaba. Estaban todos los peones en el bolichón de doña Aurora. Meta chicha y meta grapa. Caña. Juego. Vicio.
Doña Aurora, la matrona del bar, lo vio entrar a don Horacio Benteveo Montecorvo con su cara roja por la bronca. Algo sabía doña Aurora que yo no sé. Entonces, doña Aurora, se aprontó, y sacó su escopeta de abajo del mostrador, y le apuntó al pecho del huraño patrón. "Si da un paso más don Horacio, le disparo al corazón", le dijo doña Aurora, enfundada de coraje y muy segura de lo que decía. Y Horacio le dijo: "No ha nacido quién...". Y luego de unos palabreríos procaces, don Horacio apuró el tranco, hacia la barra del mostrador, el viejo mostrador que él mismo había hecho con sus manos alguna vez. Cuestión que, doña Aurora, cumpliendo su advertencia, ahí nomás le disparó un balazo al corazón a don Horacio Benteveo Montecorvo, el patrón. Y este cayó sangrando, tapándose su pecho con la mano, al piso del salón. Con la cara lívida.
Quedaron en derredor paisanos y paisanas. En círculo lo miraron y lo vieron desangrarse al patrón de los patrones. ¿Por qué habrá entrado tan violento don Horacio? Le dijo uno al otro. No sé, aquí, debe de haber gato encerrau, le respondió el otro. Una gitana, que sabe adivinar en el bar cuando se junta mano de obra, permanecía sentada en una silla. En la misma mesa del bar donde ella adivinaba. Tenía una bola blanca, que se encendía en la oscuridad, sobre la mesa de madera, junto a unas pócimas y unos platos hondos llenos de chucherías. Con un pañuelo a lunares se tapaba la cabeza, y vestía hasta los pies un batón multicolor y unos zapatos de charol negros, que daban brillo. Ella cobraba. La gitana cobraba cinco yunques por cada adivinanza. Leía, descubriendo en las marcas y en las líneas de la mano, el destino del santiguado.
Cuestión que, no bien viene la prima segunda de doña Aurora. Una tal Modesta de los Ángeles Quiñones. Al bar de su parienta. Doña Modesta de los Ángeles Quiñones ya enterada de lo sucedido entró como una tromba al boliche de su prima. Venía escoltada por cuatro mujeres armadas con arcabuces. Algunas llevaban los cuchillos con el que le rebanan el cogote a las gallinas. Y otras, con el que le cortan los güevitos a los chanchos. Y entraron al bar las partisanas atrás de doña Modesta de los Ángeles Quiñones. Con el gesto bruno de la guerra. Pero, al mismo tiempo, llegarían, bajando de unos montes, los custodios de don Horacio Benteveo Montecorvo, todos ya avisados de que habían dado muerte a su patrón. Aparecieron con lanzas y fusiles. Todos blindados y enfundados en unos trajes de cuero, de los que usan para cazar patos en la laguna. Y se quedaron en la puerta, haciendo guardia, esperando las órdenes de no sé quién, para entrar al bolichón de doña Aurora, y buscar al muerto y de paso hacer justicia.
Dentro del bar, se vivía una calamidad por la muerte del patrón. Todos los presentes estaban embriagados. Aun el sentimiento augusto por una muerte tibia que en ellos se acunaba, seguían embriagándose. Pero el alcohol puede que les haya cambiado el carácter y el temperamento. Como sordos y ciegos, chispos tambalearon por el bar, buscando en sus movimientos una explicación de lo que sucedió y podría suceder. Con la presencia del occiso en el suelo y en el medio del salón. El silencio reinaba en el boliche. Se le escucharon algunos cuchicheos por lo bajo a unos paisanos emponchados. Había temor en el ambiente de que se fuera a desatar una tragedia. Lo que anuda, se fuera a desmadrar inusitadamente. Esa pugna anímica de los entripados de ese pueblo debía desovillarse en cualquier momento. Y que fuera bisagra, para que en algún tiempo futuro, se diga que aquí y a partir de este asesinato, cambiaron para siempre las cosas en el lugar.
El bar con el tiempo tendría declaración de monumento nacional. Les harían visitas guiadas a los niños escolares. Pero ahora, estábamos en un imposible. Un facto imposible de seguir sosteniendo. Con una chispa, de seguro volaría todo el pueblo. Se encendería la locura. Empezarían las traiciones. Los degüellos. La permanente crispación. Hasta que el pueblo fuera intervenido por las autoridades nacionales y demarcaran claramente las zonas de convivencia, y tuvieran nombre y bandera propia, cada zona que ocupaba una familia, no se iba a terminar esta vida funesta. No se sabía convivir con el patrimonio común. La tierra. No se trataba de una discusión de polleras. No. Era un pueblo que tenía sus rencillas. Pero nunca se había llegado a tanto.
El sol iba cayendo. Refregaba su última tibieza sobre la capota de la buhardilla del bolichón. Unos caranchos empezaron a revolotear por el cielo gris, arriba del bar de doña Aurora, como si fuera un augurio. Algunos estudiosos con el tiempo, dijeron, que a ese pueblo, le había llegado la edad sombría. Su Kali Yuga. Y que habría de durar años y años hasta la reencarnación dorada de los últimos dioses, como para ver la reconstrucción y a los nuevos vástagos del lugar. Dioses a los cuales los pobladores del lugar habrían olvidado y abandonado. El panteón de los dioses lucía como un escenario para una película de terror. Hacía años que nadie se acercaba a rezarle algún dios o algún santo. Derruido estaba. Le dieron la espalda a sus deidades. No cuidaron del panteón de los dioses del lugar, que eran mitológicos, y tenían formas de animales. Y prometían en silencio su castigo. Una de las tantas pestes de las siete. Una situación catastrófica. Algo que no pueda controlar el humano.
Entre aquel olvido y la ambición a destajo estábamos en la ruina. El criadero de niños paridos por las chinas, todas violadas por los adeptos al patrón, era una desgracia. Las hijas no reconocidas por el patrón, que le decían papaicito, serían preñadas, para seguir poblando ese terruño de mala muerte. La purga del demonio estaba resuelta a favor de la acción directa. La sangre del pobre zángano estaba helada. Se presentía que algo iba a suceder. El status de la porcelana en el trueque dejó de ser una preocupación. La agrura de los manteles pesados por la humedad, semovientes en el horizonte. En los terrenos pantanosos habían quedado dos mulas estancadas, quietas como la piedra en el mundo. Las había dejado el patrón, para que no se las roben los paisanos. Y de seña. Y como símbolo. Para que vieran, que por ay andaba el patrón aguaitando lo que hacía la peonada en sus ratos de ocio. Dentro del boliche algunos jugaban a los naipes. Como si no pasara nada. Un grupo de paisanos. Con sombreros negros de alas anchas, revolvían las cartas bajo la luz de una vela. El ancho de espada, el as de basto, el uno de oro. El siete de espadas y la copa hecha una sola prienda.
Las mujeres dispusieron los arcabuces esperando que entraran los acólitos del patrón para disparar. La cosa, como si nada. Doña Aurora siguió atendiendo a la paisanada, que pedía grapa y más caña. Las indias y las negras se fueron a sus ranchos. Salieron por detrás del bolichón y dieron con el fondo, y se fueron entre los matorrales, y se las perdió de vista porque el día estaba gris y neblinoso. Quedaron los hombres. Se presentía la tragedia. Doña Aurora, su prima segunda doña Modesta de los Ángeles Quiñones, y las cuatro mujeres armadas de custodia, quietas, esperando a que entren. El muerto solo. Los paisanos borrachos, tirados en los rincones del bolichón. Meta ronquido. Ninguno servía para nada. Habían pisado la huella del diablo. Se estaban purificando el alma y su organismo. Los de afuera, los hombre de don Horacio, salvaguardaban la entrada. Los gatos, adentro del boliche, dormían sobre los cuerpos de los indios y de los negros. Había hedor. La escena... ¿puede definir a una nación?



