Nunca voy al cine

Nunca voy al cine

Por:Marcelo Padilla

Pronto de venirse la noche -lo había decidido- bajé del quinto y entré al bar. Aunque nunca voy a ese bar de noche. Porque yo nunca salgo de noche. Es que acostumbro, apenas comienza a manifestarse la noche tras el celaje, a tirarme en la cama a morir, y luego de quedar dormido, -que es lo mismo que morirse como lo hizo al final de sus días Onetti-, ingresar a otro territorio, del que uno no puede dar cuenta ni de los sueños cuando se levanta, si es que acaso se levante. Para siempre lo hizo el uruguayo gruñón y mal hablado de Onetti. Y en el bar aguaito, hacia ambos lados del fulerío, salvaje en la mirada, y solo veo caras extrañas. Me acomodo los quevedos con el dedo índice. Y rumbeo pal fondo del figón. Temeroso, hacia donde está la barra. Y sobre la barra, a unos hombres acodados se los ve chamuyar en otro idioma. Se les escucha cierto dialecto teutón. Germánico antiguo si no me equivoco de dialecto, o si no me equivoco de cantón. Siempre hay pueblos que conservan sus tradiciones en el habla. Y estos hombres toscos parecían cultivarlas con su forma encriptada de dialogar.

Eso pensé al principio. Tal vez padecí de cierta ingenuidad. Porque también podrían esos tipos, usar a su dialecto teutón para burlarse de mí. No es que sea yo una persona paranoica. Advierto. Pero ya se sabe, que los jugadores paraguayos cuando juegan con otro equipo de habla hispana, hablan entre ellos guaraní. Y lo hacen para confundir al contrincante. Porque es su dialecto, que luego de la conquista fuera usufructuado, bajo el imperio hispano, de la mano comprensiva del jesuita. El cosmos, a los guaraníes, se les había despatarrado, porque sus dioses y sus tótems, fueron destruidos por el persuadido conquistador. "Estoy persuadido", dijo el conquistador preanunciando a un Alfonsín del 83. Los jesuitas vinieron a dar una mano con el alma. Sabían de los indios guaraníes. Eran los jesuitas el lado bueno de la turba eclesial. La loba que cuida a sus cachorros. Los primeros bomberos voluntarios fueron los jesuitas, sí. Y entonces pienso, en los dialectos que dejaron en la orgía de la lengua los jesuitas pornografiando al castellano. ¿Que porqué permanecen? ¡Formas de hacer trampa! ¿Y estos alemanes de mierda, podrían constituir uno de los tantos casos de hacer trampa con el habla y el dialecto?

En las mesas más cercanas a la barra, había una docena de mujeres celebrando, o eso parecía. Brindaban. Escuché el castañeo de las zarzuelas. Con los dedos de las manos acompañaban las castañas las mujeres. Le ponían ají a la celebración. En la barra solo había hombres. Y estos hombres, como si no les importara nada de nada, les daban sus espaldas al salón, donándoles sus alas a la mansedumbre festiva en el salón. La bizarría de los mozos que iban y venían ataviados de rojo, y que llevaban un pañuelo también rojo, muy pero muy atado a la cabeza, les daba un parecido a mazorqueros descolgados de alguna legión. Yo suelo hablar en otro idioma. No se me interrumpa entonces con supuestas correcciones de tipeo. Y mucho menos se me endilguen, bajo la excusa de la correctiva frase "faltas de ortografía", o de yerros en lo que escribo. Ni se me cuestionen ciertas disonancias atonales que a veces yo foneo en el papel. Porque yo digo "tambéin" en lugar de decir "también", tan igual como lo hacen lo imitadores argentinos hablando en brasilero en suelo brasilero. Y digo albanecer, en lugar de amanecer. O pienso en decir albanecer para no recordar cierto amanecer.

Yo moro donde moro y no por ser marroquí es que moro donde moro, me tienta a pensar. Y es aquí, en este pueblo sanguinolento, donde creo y seguramente así será, descansarán mis huesos. Esos hombres que yo veo en la barra no son de morar por aquí. Muestran la hilacha, y se les nota. Son extranyeiros de allá. Y yo tambéin soy extranyeiro si quiero. Y si no quiero soy de aquí. Porque ser de aquí involucra al alma, y el alma en esos casos te hace aborrecer al extranyeiro. Y como corresponde al cipayismo ancestral... ¡A la vez hay que amar al enemigo! Al mismo que te tortura. Al mismo que te coje cada día de la semana, desde tempranito por la mañana. A ese, deberás amar, ¡Como te amas a tí mismo! Es como el esposo. El esposo es la autoridad. Y odiamos a todos los esposos por eso, porque el esposo... El amor más silencioso ya se sabe que le pertenece al esclavo. Porque es odio y es amor a la vez. Cultivado en el silencio. Rencor. Sumisión. Así es que estamos como estamos. Nos cojen de parados y nos gusta, o parece nos gustara nos cojieran de parado.

En fin. El hombre de la caja del barsucho. El que cobra en el mostrador. A quien suelo ir a saludar apenas entro al bar por las mañanas. Ya no estaba. Era otro, a quien yo no conocía. Ya dije que yo de noche nunca salgo, y que nunca voy al cine. En la barra apoyé un codo sobre la madeira. No había mucho lugar para acomodarse, digo mejor: acodarse. Cuidé el lugar como se protege con los garfios a una presa, porque vi, que por la puerta principal, llegaba más gente. Y no había más lugar. Y cuando en un bar ya no hay más lugar, es común que los recién llegados desfilen hacia la barra, justamente, donde yo me encontraba entre dos teutones ebrios, que charlaban en su dialecto.

Le pedí a la buena moza una ginebra doble y sin hielo, y a temperatura ambiente. No se podía respirar de tanto amuchamiento. Hacía una calor de la san puta. Me tuve que sacar el sobretodo. Y, luego se sacarme el sobretodo, tuve que sacarme un pullover de lana tejido a mano por mi tía, que yo tenía puesto debajo del sobretodo. Quedé solo en camisinha. La camisinha estaba sudada. Afuera hacían dos grados bajo ceiro. Pero, una vez adentro del bar, no se podía respirar de la calor. No habían pasado quince minutos que incomodísimo me sentí. Y mareado. Sin oxígeno. Salir era imposible. Pensé que me iría a desmayar. Por las deudas, me quedé en el mismo lugar, quietito, como a perro que se los están culiando... me gusta decir, por comparación o analogía. Dejé el codo apoyado en la madeira de la barra: y que no pase la falopera. La falopera no pasó. Pa que se vieira, que ese lugar en la barra ya era mío, me puse como un muro. Como pude calculé los movimientos, entre medio de esos cerdos alemanes de los cuales yo no podía escapar porque perdería mi maldito lugar en este mundo, que es este bar, tal vez sepulcro para mis días de fantasma. Me fui acomodando de a pequeños movimientos en la barra. Ubiqué mi cintura pegada a la madeira, para poder mirar bien de frente hacia el salón, y no mirar más a las botellas de licores. Y fue entonces que me amoldé definitivamente, en medio de un vaivén que hicieron los alemanes. Los cerdos alemanes se movían conversando. Salían de la barra. Más bien se alejaban, y luego uno de los alemanes se tiraba sobre ella, cagándose de risa. No sé de qué carajo se reían estos cerdos alemanes. Me quedé como una estatua, duro, para no perder el lugar que tanto me había costado conseguir. Nunca siempre. Reza el escribiente.

En tanto, me acordé de un cuento de Enrique Vila Matas, intitulado: Nunca voy al cine. Recuerdo que me dio risa cuando leí el título del cuento, en un libro que yo tenía, y que después jamás encontré en mi biblioteca, que compilaba otras novelas y otros cuentos del autor catalán. Y ahora, en el bar, recuerdo, que yo, nunca voy al cine. Pero Enrique Vila Matas miente. ¡Es él escritor y como catalán no es español y como español habla solo en catalán! Y a nosotros nos llega. Como a los indios les llega. La encomiendita. El mensaje. Que Enrique Vila Matas nunca asiste al cine. Pensar por el título al autor y en el cuento Nunca voy al cine como acción del autor es una falsa interpretación del pensamiento, se me dirá. Al menos esos escritos del -podría decirse- paraguayo Enrique Vila Matas suenan veraces y confesionales y autobiográficos. Pero en el fondo, quique, miente. El tipo debe mentir y debe plagiar también.

Yo con el embrollo alcohólico de Vila Matas, ya estaba en pedo en el bar. Yo. No Vila Matas. Al menos en este caso. Me había bajado de dos saques la ginebra que pedí. Y envalentonado y dándome ánimo para demorar en irme, le pedí a la buena moza un vaso de whisqui, con dos hielos y una botellita de soda, pa la gola por si yo me animara a cantar con los músicos, unos boleros o unos tangos, alguno que otro fado. Los cerdos alemanes hacían como si yo no existiera. Nunca me miraron como yo los miré. Un intenso sentimiento antiimperialista me tomó por completo. Pero en breve empezaría la función. Y subieron los músicos al pequeño escenario del bar. Y el muchacho del bandoneón aplaudió dos veces, y pidió un minuto de silencio por un tal Olagaray -a quien yo ni conozco-. Luego, el violinista expresó sentidas palabras sobre ese tal Olagaray. Parece que en el bar todos los hombres de la barra y las mujeres de las mesas conocían a ese tal Olagaray. Y se entiende que fuera muy querido. Porque una dama soltó una lágrima mientras disertaba el violinista. Y luego otra mujer joven lloró apretándose la cara con las manos mientras sostenía un pañuelito arrugado, en nombre, yo supongo, de ese tal Olagaray. Parece que lo querían todos a ese hombre. Era un verdadero velorio la función. O acaso empezaría así la función y Olagaray tan solo fuera un personaje más de una obra de teatro musical. Y las lágrimas de la dama y la angustia de la jovencita resultaran fragmentos de una dramática actuación en esa mesa, donde se encontraban desoladas, con una vela y una foto, de un hombre, que, repito: yo supongo, se trate de ese tal Olagaray.

Yo, y los cerdos alemanes, fuimos clarísimamente espectadores de los que actuaban de espectadores. Los que eran de verdad eran los músicos. La presentación a mí me pareció genial. Ni yo ni los alemanes lloramos por Olagaray. Es más, yo aplaudí, emocionado por la introducción del espectáculo, dos y tres veces las palmas, y casi que digo efusivo ¡arriba las palmas!, intentando agitar al público en un velorio de un tal Olagaray, digo un velorio, como digo sepelio y como digo homenaje. Pero nadie me miró ni dijo nada. Y eso me dio temor de que me fueran a tratar como a un colado. A un evento tan privado y tan particular como en este caso es el velorio del señor Olagaray. ¡Que no hubiese sido invitado a la actuación en memoria de Olagaray! Lo cierto es que, luego, un hombre de gesto adusto, que sostenía el violonchelo en el escenario, dijo, ante un público desolado por la partida de Olagaray, y en italiano, unas pocas palabras. Expresó una frase: ameni cernuta duo domo cicuta. Y se largó la función. Pandereteas y guitarrones poblaron el escenario. Y los músicos, eran como de película. Tocaban canzonetas italianísimas en dialectos italianísimos. Apareció el del banjo. Yo empecé a no entender nada. Cuestión que, si era una pesadilla o un sueño común y corriente lo que yo estaba padeciendo, yo ya estaba en ese bar, habiendo sido o no invitado al homenaje de un tal Olagaray. Entonces, qué hace uno, me pregunté, si en medio del sueño uno es consciente de que está en el homenaje de un tal Olagaray. ¿Participa o no participa?

Decidí participar.