Penumbria

Penumbria

Por:Marcelo Padilla

La maraña que tenía en la sabiola lo llevó a su propio despiporre. Referencias de viejos nigromantes. Pero también de viejos autores ocultistas. De viejos rencores y rencillas con otros escritores que firmaban con el nombre imaginario de otro hombre, y que eran señoras o señoritas anónimas escondidas bajo el heterónimo de uno masculino. No contaron que el mocito leería en el diario personal de su primo Horacio, todas las cuitas que escuchó de su padre, concernientes a sus colegas. Cuando en el salón provenzal se reunían. Verbigracia, se le armaría una maraña al pobrecito, de tanta información en el marote. Confundía el pan con el vino, y al vino con el pan; y a la hostia del presbítero confundía, con una droga maldiciente y masturbatoria de la lengua. "¡Ostias por las hostias!", sabía rezongar. "Que no le encuentro sentido".

Y al no encontrarle sentido, pues entonces, tuvo que dárselo, y así tener una misión en su vida. Algo parecido a una aventura: escalar una montaña, tirarse en paracaídas, correr una carrera en una moto de agua. Y dejar de vivir tan adentro de sí mismo. Entonces, y a partir de la lectura y relectura de ese diario personal, se le ocurrió una gran idea. No menos macabra que la que puede ocurrírsele a un asesino serial cuando este detecta a una nueva presa que sigue y persigue con el arte de un Ted Bundy. El arte de Demencio. Del tipo que estamos conversando es de un hombre que habituaba vivir en solitario. Alejado de la civilización pero dentro del estómago de la propia civilización. Emboscado hacia el interior del interior del agujero de su vida. Pensó, que alguna vez, saldría él mismo por el culo, como un sinfín quevediano de soretes. A la nueva vida. A la vida plena. Un ser en una burbuja entre intestinos y pulmones. Entre corazón y huesos navegaría a sus anchas pujando una salida.

Ella lo miraba desde afuera de la ampolla. Se tentaron ambas manos con la piel. Se palpaban, sí. Pero no se tocaron las palmas en crudo como se acostumbra. Esto hay que decirlo. Por la piel de la ampolla era de velarse la realidad, y transmutar en la que virtualmente sería su cruel vida cotidiana. Como una herida hecha cicatriz. Era de piel suave y transparente la burbuja. Aunque producía un mirar distorsionado. Tocar, tocar... fue todo joya. El mirar le hacía mal. Y por eso fue quedando ciego, lentamente. Hacía fuerza para que su ceguera aumentara día a día, a través de unos ejercicios que según él habría escuchado: fueron inventados por el mismo Borges. Para no ver más y así lograr su misión, escribiendo la ceguera de sus días. Dictando su ceguera mental. Pero, como es natural, a todo aquel que osara pasarse por ciego, no manejaría bien el bastón, ni tendría lazarillo. Ni tendría gente que lo ayude a cruzar la calle, porque el hombre no quería. Terco. Tropezaría todo el tiempo en los mismos temas. Por las mismas calles de su mente andaría zigzagueando de fragmento en fragmento y de autor en autor.

En su mente había una ciudad refusilosa. Penumbria, dijo un día, que se llamaba. Se las ingenió para no mirarla. Y se tapó los ojos con un antifaz de cuero negro. Y andaba así por la calle, trastabillando. Con un cuadernito, escribiendo su ceguera y adivinando el escribir sin ver y de memoria, con las manos usaba con genuina convicción la lapicera y embocándole al papel, ubicando imaginariamente la oración, una debajo de la otra, él se las arreglaba para no depender de nadie. Iba vadeando. Bien vestido. Y a la gente, le daba cosa. "Qué cosa maravillosa, mirá cómo viste el ciego", escuchaba él mientras transitaba la ciudad.

Y por eso se bañaba. Y por eso se cambiaba. Y por eso se peinaba. Él quería escribir un tratado de mitología privada. Quiso a partir de la lectura del diario personal de su primo Horacio sistematizar una obra que le durara hasta el último aliento de su vida. Y olvidar así los escritos por entregas que acostumbraba a manosear entre semana, tan solo para poder costear sus estipendios. Ese vicio. ¿Toda la vida así? Se preguntó. No quería con la excusa de su ceguera lograr ninguna ayuda del estado. Temía lo metieran en la categoría de ciego en Canadá, sopre. Porque todo, ¡ay sí se sabe! tiene una categoría para todo, y clasificación para la gran clasificación final, que subsume en una sola a todas las posibles clasificaciones que de una persona puedan hacerse. Se imaginó en un concurso sólo y exclusivamente para ciegos. Premio en euros y una estancia en los campos de Le Marche, en la Toscana Italiana, con todo pago y con la publicación del libro en diez idiomas para ciegos. Piscina, quesos de variada estación, aceite de oliva y pan de horno. Tomates y vino tinto. Cocaína. Drogas para la estimulación de su escritura. Ceguera de la noche y resaca de las frases que iría él a olvidar. Su memoria tenía en ese entonces menos batería. Le quedaban ilusiones e imágenes, en la mente aterida por el shock de la ceguera, que todavía guardaba en algún rincón de su memoria. Si abría los ojos se le irían a encandilar. Y así lo depositarían en la sala para no videntes amontonado con desconocidos en una cárcel con todos los ciegos de la ciudad.

¿La ceguera acaso nicho de mercado? ¿El habla nicho del ciego? ¿Acaso es la escucha, entonces? La escucha transcurre. La película son los detalles: los sonidos. La ceguera y los sonidos. Y de toda esta cavilación sincera, aunque no por ello menos paranoica, es que se detuvo frente al pórtico de entrada de la Dirección septentrional de la Ceguera, donde iría a solicitar su carnet de no vidente. Institución creada a mediados del siglo XIX para los desgraciados de la vista, por damas de alta sociedad, asociadas por las noches al clero y a la nobleza y al bajo instinto hecho túnel de silencio y oscuridad. Producido en un cuento de hadas de la bondage. Las damas juntaban fondos. Ahí empezó una cosa, algo, si puede llamarse cosa, que de ahí en más hemos tomado por natural. La velocidad del plan del mal. El plan mental. En la mente de este hombre ciego había un lugar que pasaré a describir si la memoria no me falla.

Ubicada en el abismo de una piedra. Distante apenas tan solo tres metros de un mar cálido. Sobresalía, cual plato volador, y tras la bahía, su casona iluminada por el sol. Vivía en su propio paraíso africano. La piedra con forma de meseta le permitía imaginar cómo la iría adornar para los rituales cuando llegaran los animales. Se darían por las noches. Y de todos los puntos de esa ciudad, y de los pueblos y de los morros aledaños, y de los caseríos donde el pan faltase, llegarían, bajando penitentes a la piedra, más de cientos de vecinos. Como un imán encantado, la piedra atraía esa meseta. Unas lianas bajaban colgando de la piedra. Anudadas sobre unos árboles de ciento cincuenta años. De ahí se descolgaría en un brazo, a lo Tarzán, con su mona chita. Y saltaría semi desnudo de rama en rama con la liana, de árbol en árbol volaría por los aires, mientras, en el viaje ambulante, chita cazaría de los arboles los alimentos: plátanos, por lo general. Vivían a base de bananas. Por la noche se dejarían estar al alumbre de las estrellas y al faro de la luna. Por supuesto, no tenían electricidad. Ni tendrían servicios municipales. Era su cabeza una ciudad de fantasmas. Que quedaba a unas yardas de la playa; y la naturaleza sola y a sus ganas, hacía y deshacía la vida cotidiana de este hombre, que ciego, sería, un superhéroe de historietas junto a la mona chita. Él ni se enteraría. Alejado de todo: de las noticias y de los diarios, y de los canales de televisión, este hombre sería buscado y perseguido. Pero ciego y todo, el hombre ya tenía sus poderes especiales. Los había desarrollado aplicando un método que les da poderes especiales a los ciegos. El hombre sin mirar quién es que estaba llegando, ya lo olía a cincuenta metros. Su nariz detectaba quién lo iría a traicionar y a encanutar. En la mata se escondió una noche helada, de invierno. En la oscuridad de su ceguera. La noche lo confundía con las hojas y las ramas. Sería perseguido por haber leído el mamotreto de su primo. Donde se decían cosas extrañas vinculadas a personalidades del lugar. En esa imaginaria ciudad, al hombre, se le coló la realidad. Y no pudo distinguir lo bueno de lo malo, lo blanco de lo negro, la ensoñación de la vigilia. Y se puso a cavar. Hizo un pozo ciego con la uñas. Largo y lo suficientemente ancho, para que pasara él y la mona chita. Luego de terminar el pozo salió al patio de una casa que habitaba una familia. En el patio de césped sacó su cabeza. Y luego tapó el agujero con una lata cuadrada. En plena oscuridad se volvió marcha atrás en el pozo. Para buscar sus pertenencias y a la mona tenía que volver a la piedra encantada, a la meseta. Chita arriba de un árbol estaba vestida de seda para la ocasión de la huída. Estaba contenta y juguetona la mona. Tarzán le dijo que no estaba para bromas, ni estaba para perder el tiempo, y la agarró de un brazo y se la trajo hasta su pecho. Y con un palo y un bolsito de mierda se metió en el pozo con la mona. Como víboras iban zigzagueando dentro del túnel. Serpenteando. Eran más dos kilómetros de pozo. Se demoraron el tiempo necesario para llegar a la salida. Con la cabeza de la mona chita, Tarzán golpeó la lata. Y salieron al fondo de una propiedad. Cuando salieron al parquecito de la casa vio en la galería que había una mujer tomando un café con churros rellenos de dulce de leche. Y la mona desesperada fue y se los quitó. La mujer llamó a la policía. Y la mona y Tarzán saltaron por los techos y se fueron. A la mujer la tomaron por loca y la llevaron al psiquiátrico de la zona. Ella era la única que habría declarado ver a Tarzán y a la mona chita saliendo debajo de la tierra, de su propiedad, de su propia casa. Repito: que la tomaron por loca y la internaron a los palos, la llevaron esposada a la esposa. El marido no lo podía creer. No tenía hijos todavía esa pareja, pero sí tenían juguetes para niños, por cual uno se imagina, que estaban en eso, quizá ella estaría apenas embarazada y Tarzán no le vio la panza. Quizá la mona se puso celosa del crío que la mujer tendría dentro, y fue y le arrebató los churros. Suposiciones de la historieta. Nuestro Tarzán y la mona chita se fueron a un bar a tomar algo para reponerse de tan incómodo momento. Se pusieron en pedo con cerveza. Un pedo brutal se agarraron, mire vea. Los echaron del bar como se echa a un borracho común y corriente, a los empujones, a Tarzán y a ella, la mona chita. Nadie les pidió autógrafos por la calle, porque nadie lo podía creer. Más bien a la gente le daba temor encontrarse en un kiosco a Tarzán y a la mona como lo son en realidad. No se les notaba disfrazados. Y la gente llamó a la policía. Toda la gente a la vez lo hizo. Y llegaron ambulancias y patrulleros y tanques militares. Y apareció de golpe el gordo de King Kong a impartir justicia. Era un pueblito de mierda, que en nada se parecía a Nueva York. Solo por una calle que se llamaba Nueva York, uno, tal vez, podría pensar que hubieran decidido otra locación, en una nueva versión de Tarzán y la mona chita con King Kong fuera de Nueva York. Cuestión que la policía, en lugar de reprimir a Tarzán y a la mona chita y a King Kong, les pidieron una selfie. Para mandarles a sus familias, dijeron. Los policías eran unos imbéciles. La gente empezó a apedrearlos. Se juntaron jóvenes tapándose la cara con un pañuelo. Y como en una Intifada se enfrentaron a los héroes, y abatieron a los canas que salieron en defensa de la mona. Por la ley de protección al animal, dijeron los policías. La mona quedó aferrada a un cana como a un rencor, y se reía como si se hubiera fumado una pequeña y necesaria tuca. La mona vestida de seda. Tarzán tirado en la acequia, inconsciente por su embriaguez, por el festejo ilusorio de este tipo. King Kong estaba algo descompuesto, y dijo, voy a defecar, córranse que voy a defecar... 

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