Crónicas del subsuelo: Gloria y ocaso del Circo de Kaniche

Crónicas del subsuelo: Gloria y ocaso del Circo de Kaniche

Por:Marcelo Padilla

Cuando dejé el circo, tuve dos sensaciones contradictorias. La primera, fue de libertad, como si me hubieran soltado de la cárcel. Luego de haber estado chupado 20 años en el circo. La segunda, fue de vacío, porque todo mi sentido estuvo puesto allí, en esa carpa. Y sentí pánico. ¿Qué hacer cuando el circo se acaba? Era mi pregunta. Resignado me despedí de todos los amigos, y salí con el bolso y la maleta cargada con mis trastos, hacia afuera de la carpa. Pero me quedé en la esquina, contemplando a la que fue mi casa, que se ondulaba por el viento. Quería contemplarla desde afuera por un rato antes de mi definitiva despedida. Registrarla en el recuerdo en mi plena retirada. Fueron veinte años hasta aquí. Y la verdad, es que no sé, qué carajo se hace afuera. El circo se fundió. Y por más esfuerzo colectivo y cooperativo que pusimos, la cosa no dio para más. No teníamos para comer, y los problemas vinieron por ese lado.

La compañía se había formado por iniciativa del Mago Kaniche, un empresario de espectáculos que venía de Colombia, donde vivió muchos años, y desde allí, giró por toda Latinoamérica con su espectáculo con el circo. Cuando vino a la Argentina, le gustó. Quiso instalarse, pero nadie en Colombia lo acompañó en la idea. El Mago Kaniche quedó solo, y montó la compañía en la Argentina, con nuevos artistas. Todos los artistas eran de los barrios de la zona. Nos capacitó, nos dio de comer. Nos dio una cama y nos dio trabajo. Hacia mediados de los años 90, el barrio era una desolación. Y los artistas callejeros laburábamos de lo que se podía. El circo de Kaniche era una oferta nada despreciable. Salir de los semáforos siempre fue mi objetivo y el de muchos compañeros. El circo era algo seguro, y constituyó una oportunidad para salir del hambre y orientar nuestro arte circense. Que muchos cultivábamos en los caseríos. Ensayando. Para después copar las paradas de los semáforos de la ciudad.

La particularidad de la compañía fue no girar. Más bien instalar un circo sedentario, en una zona superpoblada de barrios bajos, en los suburbios de la ciudad. El secreto fue mantener el circo en una franja, donde no había cines ni ningún entretenimiento. A los cines, los habían cerrado a todos, y a la ciudad, no iba casi nadie, porque no había un mango. La gente no tenía para gastar. Kaniche tuvo una gran idea: un circo que de día funcionara para niños, y que de noche funcionara para adultos. Así, el circo se mantendría con funciones de jueves a domingos. Y se laburaba. Por lo menos, nos manteníamos todos en condiciones dignas. Los treinta artistas, éramos un batallón todo terreno. Y al principio, con los animales, el circo, fue furor. Los bichos aparecieron por dos vías: a través del comercio ilegal de animales que Kaniche regenteaba de manera clandestina con gente de la Mesopotamia, y del robo al zoológico del municipio. No teníamos elefantes ni leones. Pero monos, gatos y perros, gallinas y palomas, loros y chanchos, no faltaban. Era un circo que en su mayoría se manejaba con animales domésticos. Algo inusual en las puestas circenses. Pero que, al Mago Kaniche, le dio sus frutos con el tiempo.

La genialidad de Kaniche fue adiestrar a los bichos. En mi vida vi a una gallina hacer diez minutos de equilibrio, parada sobre una pelota de fútbol, mientras una voz en off relataba una historia improvisada. La gallina se subía al fútbol y con sus patas lo hacía rodar, de aquí para allá, y sin caerse. La gente se ponía de pie y aplaudía. Otra, fue la riña de gatos vestidos de boxeadores. Dos gatos en un ring pequeño, para gatos, eran presentados por un loro. Los gatos tenían botas, pantalones cortos y guantecitos, hechos con cuerina y rellenados con goma espuma. Se paraban de manos los gatos. Se cagaban a trompadas sin dañarse. Estaban muy bien entrenados en el arte y en la disciplina del boxeo. Ese espectáculo era un palo. En el barrio, los pendejitos hacían lo mismo con sus gatos domésticos, y en las calles se armaban peleas poco profesionales. Más de un gato salió sangrando. El boxeo de gatos se había trasformado en un vicio popular, y empezaron las apuestas y los problemas con la policía. Ni hablar del número de los perros con los chanchos. Partido de fútbol de cinco perros contra cinco chanchos. Los perros con la de River, y los chanchos con la de Boca. Dos arquitos hechos con cajones de verdulería. Cuando salía cada equipo a la cancha, en fila, la gente le tiraba papelitos y cintas que pedía en los supermercados, esas de las máquinas, que al final no sirven, y ellos las tiraban, los del supermercado, a la calle, y los hinchas que las recogían las tiraban en el circo, en la cancha de esos espectáculos deportivos. Había hinchadas. La violencia, a veces, se hacía presente en las tribunas. Pero nunca faltaba el aliento. En general salían 0 a 0, porque a los perros, les gustaba morder la pelota, y se peleaban entre los del mismo equipo, y terminaban desinflándola. Y bueno, el que la agarraba desinflada, se la llevaba al fondo, y ahí el partido concluía con la pelota hecha mierda. No les cobraban retención. Los chanchos no cazaban una. Se atropellaban entre ellos. Y la gente, se cagaba de risa.

Pero el tema principal de la debacle, fue la función de la noche, la función para adultos, que había pergeñado el Mago Kaniche, para atraer al público de una manera poco convencional. Empezaba a las doce de la noche la función nocturna. Había una barra para tomar vino. Cerveza. Whisky. Y mesitas con una vela. Se llenaba de parejitas de viejos picarones. Uno de los números, el que más garpaba, era el de las gordas payasas. Daban una clase de iniciación sexual para mujeres lesbianas. Como una porno, en vivo, en una matrimonial, sobre el escenario. Las dos gordas vestidas de payasas se empezaban a sacar la ropa y quedaban en tanga, chupeteándose las carnes entre ellas. De fondo ponían música de Michel Jackson. Más allá de lo bizarro, la gente se cachondeaba en serio, porque las gordas la sabían lunga. Luego había un número musical donde cantaba boleros el propio Mago Kaniche, en el cierre, el mismo dueño del circo entonaba unos boleros vestido de Frank Sinatra, y a los coros se los hacía una cabra vestida de frac. Al final, se sorteaba una noche de sexo con las gordas payasas. Para hacer un trío o una partuza de cuatro. Para parejas o para gente sola. Con el número ganador, vos podías ir sólo, o con tu pareja, y coordinar la noche con las gordas, atrás de la barra del buffet del circo. Era atractiva la función de la noche. Se chupaba bien y la gente salía contenta. Y con la municipalidad, estaba todo más que arreglado. Hasta el intendente con su esposa iban de noche. La gente bancaba la movida. Pero, como todo en la vida, tiene un final. Y al circo le iba a llegar nomás su final.

Primero, empezaron las denuncias contra el maltrato animal, y toda esa movida de las fundaciones, que bregan por los bichos, y reciben subsidios para laburar de vigilantes. Pero que cuando vas a las casas de ellos tienen pajareras. Atoradas de pájaros de toda clase, color y tamaño. En fin. Que empezaron los escraches en las funciones de la tarde. Y se metían diez minas y diez vagos, gritando, para romper la función. La gente los silbaba. Pero igual hacían quilombo y no estaba bueno. Se iban, y todo continuaba. Después se formó una Liga de Padres bancados por un cura, quienes nos denunciaron por la inmoralidad de la función nocturna. "Que era obsceno, que era un mal ejemplo, que la mar en coche". Una liga moralista impulsada por un cura que juntó a gente de la zona y que iba a misa los domingos, y que no eran de los más pobres. Eran comerciantes y profesionales, que se ponían la gorra con el cura y salían a cagarnos el laburo. Mandaban de carnada a sus hijos para cagarnos las funciones infantiles. Esa fue la peor, porque si bien el intendente nos hacía la segunda, se las vio fiera con esa gente. Porque en definitiva, era gente que influía en el barrio, en la conciencia de sus vecinos. El almacenero, el del quiosco, la médica, el abogado, y toda su familia. Algunos empleados de la comuna, que eran opositores políticos al intendente, y el cura, dando la nota opositora realzando su liderazgo. Tenía voz en la gente esa liga moralista. Eran como los voceros de una cadena de medios de comunicación anti circo Kaniche. Y de tanta rosca que hicieron, lograron voltear en las elecciones que vinieron, al intendente. Y ganó la contra. Y esos contras nos hicieron bosta. Multas por esto o por lo otro. Clausura por una cosa o por la otra. La cuestión es que las funciones infantiles mermaron, y tuvimos que bajar las funciones nocturnas. Las gordas se fueron a la mierda, emboladas, porque no tenían laburo, y se pelearon con Kaniche. Como el dueño no tenía guita para indemnizarlas, les dio unos chanchos y unas gallinas. Arreglaron las gordas. Y se tomaron el palo con los bichos en una bolsa. Y con unas tiras en el cuello lleváronse a los chanchos, como si fueran llevando perros.

Después vino la debacle total. Las funciones de día se ralearon. El ánimo no era el mismo; y por ejemplo, los gatos boxeadores, ya ni se peleaban. Se tiraban un par de manos y se dormían en el ring, y el loro que los presentaba les picoteaba la cabeza para despertarlos. La gente silbaba. La gallina de la pelota no estaba en su mejor momento. No llegaba a los dos minutos arriba del futbol que se caía, y empezaba a cacarear de vergüenza... y se iba al fondo. La gente, silbaba. Y así. Todo mal. Kaniche entró en depresión, y tomaba todas las noches. El viejo mago emprendedor tenía las horas contadas. Enfermo y solo, dejó que todo se viniera abajo. Se abandonó. Y un día lo encontré dormido para siempre, abrazado a la cabra que le hacía coros. Los dos desnudos. Esa mañana armé mis bártulos y salí sin destino. 

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