Crónicas del subsuelo: Griselda

Crónicas del subsuelo: Griselda

Por:Marcelo Padilla

Hacía dos semanas que yo me alojaba en la posada de la madre de Abril. De Griselda. Y habían pasado los días, aquellos, de los nervios de todo principiar. Sin embargo, las cosas ya no andaban bien por la casona. Abril y su madre ni se hablaban. La relación entre ambas había empeorado, creo, desde que yo me alojé en la posada. Era evidente, o quiero pensar en esa evidencia, como para no pensar en otras cosas que desconozco, como por ejemplo si Abril habría de querer irse del pueblo a otra ciudad, o algún reclamo que yo ignoro se hayan hecho entre ellas, no sé. Cuestión que Griselda se había puesto huraña conmigo y con Abril. ¡Nosotros nos amábamos! Quizá a Griselda le molestó eso: darse cuenta, que entre su hija Abril y yo, había nacido una relación de amor y de amparo, de cariño y de cuidado. Y que estábamos profundamente enamorados, tanto uno como el otro, y el uno del otro, en esas charlas de madrugada, único momento a solas que teníamos. Así nos fuimos enamorando. Éramos tres en la posada. Vivíamos en ese desolado pueblo de Acuamonte. Había llegado el invierno. Griselda, su hija Abril y yo, en un caserón vacío que era un hielo, compartíamos los días y las noches. Ningún forastero habría de llegar por esta temporada. "Entrado el invierno acá no viene nadie". Me contó una noche Griselda, "... por lo duro y crudo del invierno, solo los que viven en Acuamonte y Willoche pueden soportarlo", remató mi suegra Griselda.

Calaba hasta los huesos ese frío del diablo. Aún estando frente al fogón y prendidas las brasas. Nunca había sentido tanto frío junto. La espalda helada. Pasándonos el mate caliente entre los tres nos íbamos entibiando las manos. Mate al que le servíamos el agua caliente de la tetera, que humeaba en el brasero, toda hollinada, y estaba en el centro de aquel, rodeada de cascaras de naranja y carozos de durazno. El perfume era maravilloso. Por las noches y después de la cena, alrededor del brasero se armaban largas charlas con el coñac. Más allá del mal humor de mi suegra Griselda, eran charlas amenas las que teníamos los tres en esas horas de sosiego. Historias de otras épocas. Enseñanzas de los antiguos. Costumbres de los pueblos mansos. Pero también una variada gama de historias macabras. Historias que Griselda gustaba de contar. Se le transformaba la cara. Porque Griselda era muy observadora y tenía para sí un mundo de anécdotas y unos cuantos pensamientos ligados a la soledad de una mujer entrada en años, que atesoraba secretos y una profunda metafísica de entenada. Que andaba sola y abandonada por quien fuera el padre de mi ahora compañera Abril, desde hace ya muchos años.

El padre de Abril desapareció ni bien Griselda quedó embarazada. Ellos se conocieron en un baile. Una noche. Plena de estrellas. Abierta. Y según me dijo Griselda, se enamoraron de puro verse nomás. A primera vista. Y esa noche durmieron juntos, abrazados bajo las mantas en el nido de la casa de don Maciel, arriba de unas totoras. Se habrían amado mucho esa madrugada. Pero cuando ella le contó a un tal Ernesto, -así me dijo, se llamaba ese desgraciado- que estaba preñada, él adujo que, como no sabía a ciencia cierta si era él el padre de la criatura, mejor sería marcharse, porque para él iba a ser una tortura vivir con la duda. Y el tipo se fue de Acuamonte a otro pueblo, y nunca más se supo de él. Me lo contó Griselda una noche, cuando Abril optó por irse a dormir antes que nosotros. Pero me dijo mucho más, Griselda, aquella noche fría. Esos eran tan solo los titulares, el empiezo de una historia plagada de sacrificios. De lo que fue para ella una vida de privaciones, especialmente sentimentales, y también -y por qué no decirlo- privaciones sexuales. Griselda no se había acostado con un hombre desde la última vez con Ernesto, así me lo dijo ella, que se llamaba el padre de Abril. "Ernesto, fue el último hombre que me tocó", dijo Griselda mirándome a los ojos, con cierta lujuria. Detecté un cierto tono en Griselda que no podría definir en este momento. Algo así como una ternura triste al hablarme, y al mirarme. Pero debería haber otra palabra para designar tal sensación que yo tuve.

Cuestión que, con Griselda, estábamos solos esa noche helada alrededor del brasero. Abril dormía como un tronco. Eran cerca de las doce de la noche y ya pasábamos al otro día charlando sobre pintura y escultura, del arte barroco, que era de su predilección. Pensé que nos iríamos a dormir prontito. Griselda a su habitación, y yo en la mía. Porque Abril dormía en la suya. Nosotros con Abril no habíamos tenido relaciones sexuales, todavía, porque Griselda nos dijo a los dos: que ella aceptaba la relación entre nosotros. Pero con una condición. Que durmiésemos en camas separadas y en piezas separadas. Entonces, yo respeté eso de Griselda, porque con Abril habíamos hablado de tales impedimentos. Entonces, decidimos casarnos, para apurar la situación, en Acuamonte. Estábamos en los preparativos. Abril ya tenía elegidos a los testigos, y al padrino y a la madrina de la boda. El día estaba establecido. El lugar, el rancho de don Efraín. Donde solían hacerse los casamientos, estaba ya señado. Le decían el rancho de don Efraín a un descampado de tierra y puro polvo que tenía en un rincón una casa amplia con cocina y comedor, y muchas sillas y mesas. Vajilla. Horno de barro. Se sacrificarían en cruz y a las brasas unos buenos bichos de la zona para la comilona. Habría muchos invitados. Luego, música italiana y acuamontesa para bailar hasta que saliera todo el sol de la mañana. Todo, pero todo, lo teníamos programado con mi futura esposa Abril, colegas.

¡El vestido de Abril era una belleza! Lo habíamos alquilado en una casa de disfraces. Y yo me alquilé en la misma casa, un frac con un moñito negro. Y nos quedaba pintada la vestimenta cuando nos miramos al espejo de la casa de disfraces. ¡Éramos dos novios! Nos amábamos con una pasión irrefrenable. Queríamos formar una familia. Además, nos deseábamos muchísimo. Yo sentí que era un proyecto para siempre el que estábamos arrancando con Abril. Pero no viene esa noche que mi suegra media borracha se me tira encima mío, arriba del sillón. Y me confesó, lo que confiesa todo borracho, y me pasó lo que les voy a contar.

Griselda estaba abrazada a mí en el sillón, algo despatarrada por el alcohol. Abrazada a un rencor y a un deseo. Me pidió que yo le consintiera ese deseo, del cual, yo no sabía de qué se trataba. ¡Esa misma noche! Y que luego de amarnos desnudos en el sillón, ella dijo que me contaría lo que yo andaba buscando por la zona. Me quedé tieso y le pregunté, qué sabia ella de lo que yo andaba buscando por la zona. Y ella, en un tono ebrio, me dijo: "a la ignota Mademoiselle Jones". Que ella sabía todo, me dijo, y que también sabía, que yo había venido por eso. Entonces me encontré con un problema moral, pero también con un problema científico. ¿Me van siguiendo colegas? ¿No habría una solución intermedia que me permitiera saltar del laberinto? ¿Que combine y expulse, haciéndose hacia dentro, el verdadero origen orgánico de los hombres? ¿No podría acaso yo hacer la vista gorda de la situación con Abril y entregarle mi hombría a su madre, y hacer un pacto con Griselda? ¿Y así llevar las dos situaciones paralelas por el bien de todos?

La única que no sabría, al fin y al cabo, era Abril. Ya habíamos vaciado la botella de coñac. Griselda se levantó y buscó una de whisky, llena, sin abrir, y me la pasó para que la abriera yo. Y me hizo servirle a ella un vaso. Luego, puso dos hielos en el vaso de ella, y me sirvió de la botella de whisky dos raciones en el mío, y también le puso dos hielos al mío. Luego fumamos opio. Griselda era adicta al opio, me confesó. Y, entre una y otra cosa, estábamos los dos revolcándonos en la cama de Griselda, cumpliendo su deseo, profundamente borrachos ¡Para mejor de todos! Sí, lo hice. Lo hicimos. Nos encamamos con mi suegra de una manera demencial. Ustedes pensarán que era muy riesgoso hacerlo. Y yo digo que sí, que lo era, pero lo hice. Y lo hice bien. Y a Griselda le cambió el carácter de ahí en más, y a Abril también. Todo fluía armoniosamente ahora, en la posada, entre la madre y la hija. Estábamos los tres más unidos que nunca. Griselda era lujuriosa y hacía años que no estaba con un hombre. Debía yo tener cuidado con los arrebatos sexuales de mi suegra en la vida cotidiana. Sobre todo, cuando mi suegra tomaba por las noches. Yo quería acostarme con Abril, pero mi suegra no nos dejaba. Por eso lo del casorio. Que iba de menor a mayor, y para el bien los tres.

Pero, de fluir todo armoniosamente al principio, la situación se fue complicando. Los días no pasaban. Como si Griselda tuviera el control de la palanca del camino del tiempo, el tiempo, ¡estaba detenido! Griselda no perdía oportunidad. De arrinconarme contra la cocina, y decirme: "Antonio, hacéme tuya". A cualquier hora del día, y con Abril en el baño, yo debía someterme a sus perversiones, cada vez más lujuriosas y fetiches. ¡Por el bien de los tres! Cuestión que con quien mantenía relaciones sexuales yo al fin era con mi suegra y no con su hija, mi futura esposa. No me digan que no es desopilante, estimados colegas. Yo con el tiempo lo he pensado. Debería haberme ido de la posada. Y del pueblo de Acuamonte, corriendo debería haberme ido. Pero vieron cómo es el amor, las cosas que nos hace hacer, para fortalecerlo y crearle las mejores condiciones ¡para que se desarrolle con plenitud! ¡Estamos hablando de casamiento! La situación se me tornó insoportable. Uno aguanta una, dos veces, tres veces, y hasta cuatro veces, pero llega un momento en que se pierde en la cuenta, y ya todo funciona automáticamente. Griselda vivía borracha y no perdía oportunidad en empujarme a una cama, o al sillón. Yo debía acatar, porque empezó a amenazarme con que rompería mi relación con su hija, que le iría a decir todo, que le iba a decir que fui yo, el que propuse este oscuro trío del demonio. ¡Debía salvar mi matrimonio! Tenía que simular que todo iba normal. Abril estaba muy contenta de volver a tener una buena relación con su mamá. Y todo lo hice yo, o lo propicié, para que estuviéramos unidos, y tengamos una familia como se debe y corresponde: intachable, así le llaman. Intachable para los demás, como se acostumbra. Las cuitas quedarían dentro de la casa, colegas. Como en toda casa intachable.