Crónicas del subsuelo: El gran misterio

Crónicas del subsuelo: El gran misterio

Por:Marcelo Padilla

El gran misterio de Abril podría llamarse a la obra de teatro, ¡si hiciésemos una obra de teatro!, colegas. Porque fui al café, y allí la vi de nuevo. Y me senté en la misma mesa. La de siempre. Sobre la vereda de la miserable callejuela de siempre. Abril pasaba con bandejas, atareada; con tazas y vasos. Corría. Atendía los pedidos de los clientes. Era la mañana de un día ameno. Circulaba una suave brisa por la ciudad que venía desde mar y entibiaba con el sol. Un sol relajante templaba el cuerpo del parroquiano de Acuamonte. Ni una nube pintada había en el cielo. Mientras, yo devaneaba por los anillos de Saturno, Abril se me acercó a la mesa, y me dijo buenos días. Y yo le respondí como si no nos hubiésemos visto nunca. Buenos días, señorita, le dije, algo seco. Y opté por la picaresca, que me caracteriza, cuando en situaciones como ésta, suelto amarras de mis preocupaciones. A Abril le haría chistes. Así, le vería de nuevo su sonrisa.

¿Se le ha perdido algo, a usted, señorita?

De su cara le brotó una mueca, que, si bien empezó por uno de los costados de su boca, lentamente, le fue tomado toda su cara, como si tuviera una parálisis facial. Condescendiente, sí. No fue una mueca muy alegre que digamos la que se le dibujó a Abril en ese momento en su rostro. No. Parecía tener Abril un día de locos. Y pensé que no estaría para aguantar mis chanzas. Pero, heme aquí, estimadísimos colegas, que a mí no me importó. Esa vez, a mí, no me importaba más actuar de manera precavida, como lo venía haciendo. ¡Así me había ido! Ustedes lo habrán comprobado. Ustedes han escuchado de mis labios todas mis frustraciones. Mis días en Acuamonte y Willoche constituyeron un fracaso. Un real fracaso. Me quedaban dos días de hospedaje en el hotel. Y debía de agenciarme una posada.

Disculpe señorita, -le dije a Abril, y luego le pregunté- ¿Usted sabe si por la zona hay una posada para arrendar por unos días?

Sí, me respondió Abril. La de mi madre, dijo con vehemencia. Queda acá a unas pocas cuadras. Yo vivo ahí con ella. Tenemos habitaciones disponibles, y a buen precio. Si se queda varios días le haríamos una atención. No sé qué es lo que usted andaba buscando, señor, ¿una habitación?

Me quedé mudo (yo quería decirle que la quería a ella, que a ella, andaba yo buscándole) ¡Claro que sí, me sirve, me interesa! Sí, una habitación necesito para mí. ¿Cómo podría verla así yo le confirmo, Abril?, porque tengo que dejar el hotel pasado mañana. Y ella me respondió ¡Esta noche! Si usted quiere -me dijo- puede pasar a eso de las 21 hs. A esa hora llega mi madre de trabajar. Yo llego a las 21:30, pero ella lo atiende antes, porque es ella la que maneja esas cosas de la plata del arriendo. Pase nomás.

¿Y usted también trabaja en la posada?

Sí, también en la posada. Hago el desayuno, y lo dejo listo para cuando los huéspedes se levanten, y después, me vengo al café a trabajar. El fin de semana me ocupo de la limpieza en la posada.

¡Ah, pero mire qué trabajadora había resultado Abril! ¿Acaso no para?

Es que vivimos las dos solas. Y no podemos con todo, nos turnamos. Desde chica, yo ayudo en la posada.

¡Ah, mire usted qué bien! Bueno, esta noche paso a las 21 para cerrar el trato.

Y ella... ¡me agradeció! Y pareció haber recuperado el alma. ¡Muchas gracias!, señor, nos hacen falta clientes, me dijo. Por acá no vienen muchos forasteros. Si usted puede quedarse en la posada de mi madre, le daremos beneficios extras. Y yo le estaría muy agradecida. Hace más de dos meses que no se aloja nadie. Y es la única posada que hay en el pueblo de Acuamonte. El hotel donde usted para, y la posada de mi madre, son los únicos lugares donde pueden alojarse forasteros. Pero hace mucho que no viene ni uno a la posada. Sé que al hotel han ido, a ese donde está usted. Pero a la posada de mi madre, ninguno.

Pierda cuidado señorita, seguramente me quedaré ahí. Le dije entusiasmado, algo nervioso. Pero me hube de controlar. La situación se había volcado favorablemente hacia mí. ¡Que vería llegar a Abril todas la noches de trabajar! ¡Que la esperaría para conversar del día! ¡Que por la mañana me levantaría temprano a verla preparar el desayuno para mí!

Cuestión que fui a ver la posada esa noche, y me topé con la madre de Abril al golpear la puerta. Una mujer hosca. De mal parecer tenía su rostro. Se la veía desganada. Ella estaba al tanto de mi llegada. Pero no me miró bien aquella tarde cuando fui, a que nos pusiéramos de acuerdo. Sin embargo, al entrar a la cocina, y luego de charlar de los rudimentos de mi estadía, combinamos. Me quedaría por un mes en la posada de la madre de Abril, que se llama Griselda. Le pagué por adelantado todo el mes, todo el mes de abril se lo di al contado a la señora Griselda. Ella agarró el manojo de billetes y se lo metió debajo del corpiño. Me dijo que cuando quisiera, podía traer mis cosas del hotel. Entonces, me fui un día antes del hotel. Y me fui con mi maletín y mis avíos a la posada. Eran las siete de la tarde y se caía el sol tras las colinas. Estaba muy agotado y quise dormir. Tiré el maletín sobre un escritorio, y dejé en el piso un bolso y el morral. Así vestido, como estaba, me quedé dormido.

Ya por la mañana, y desde muy temprano, estaba yo levantado. Primer amanecer en la posada. Fui hasta la cocina a buscar un vaso de agua. Estaba Abril.

Buenos días, Abril

Buenos días señor

¿Te acuerdas que me llamo Antonio?

Ah... sí, me había olvidado, perdón señor.

Puedes llamarme Antonio

Lo haré, señor Antonio

No... no señor Antonio, ¡Antonio nomás!

Bueno, Antonio.

¿Puedo hacerle una pregunta, Abril?

Sí Antonio.

¿Te acuerdas que quedamos en vernos en el malecón una noche de domingo?

Sí Antonio

¿Y qué pasó? Yo la estuve esperando, en la pérgola del malecón, y me sentí preocupado de que le hubiera pasado algo. Algo malo, digo.

Pues sí, me pasó.

¡Oh, no! -exclamé-, mientras me servía un vaso de agua.

Abril dejó de preparar el desayuno de golpe, y movió su cuerpo hacia el mío. Se quedó parada, mirándome a los ojos, y me dijo:

Tuve una pelea con mi madre. Muy fuerte. Una pelea que me dejó de cama. Llorando, todo ese domingo. Perdón, Antonio. Le dije a mi madre que había conocido a una persona, a un forastero. Y que él me había invitado a caminar por el malecón. Pero ella se ofuscó. Me dijo que ¡nada de forasteros! Que me podría pasar algo malo. Y si bien podía escaparme yo de mi casa aquella mañana, me quedé nomás en mi pieza. Sola. Llorando. ¡Porque quería ir y conocerlo a usted, Antonio! Y no me quise pelear con mi madre, porque las dos vivimos solas. Yo no tengo padre, Antonio. Más bien, nunca lo conocí. Entonces...espero que usted pueda entenderme el porqué no fui ese domingo al malecón. 

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