Crónicas del subsuelo: La deuda, el préstamo y la lencería

Crónicas del subsuelo: La deuda, el préstamo y la lencería

Por:Marcelo Padilla

Al teléfono que llamo no lo contesta nadie. Estoy intentando comunicarme de temprano, con un tipo, al que le tengo que cobrar una deuda. Pero al tipo yo no lo conozco. Como a las siete y algo, hice el primer llamado. Luego, a las siete y media en punto, realicé el segundo. Y más tarde como a las ocho y media volví a marcar ese mismo número. ¡Tercera vez que no me atiende nadie! Dejé pasar un rato para no pensar en eso. Volví a intentarlo, sí. Eran las diez y cuarto de la mañana. Marqué, por cuarta vez, ¡ese número de mierda! Y nada. Yo me había preparado unos mates para iniciar la jornada y arrancar con el vigor con el que todo hombre se levanta. El sol, todavía no salía del todo, y era el momento del crepúsculo del albanecer. Yo estaba obsesionado por comunicarme con ese número de teléfono. Estaba sin un puto peso. Al teléfono del tipo me lo pasaron anoche. Y ya, como a las doce y cuarentaicinco del mediodía, y por quinta vez, y a punto de acabar la jornada matinal ¡probé de nuevo!, mi último intento. Y dejé sonar y sonar el llamado hasta que me atendiera alguien del otro lado. Cuando me dispuse definitivamente a cortar (había decidido ir al parque a caminar, a despejarme y distraerme, para no seguir pensando en esa llamada) Viene una voz aguardentosa que del otro lado del teléfono me dice: "Hola, ¿qué pasó?". Y yo, en lugar de preguntarle lo que tenía que preguntarle a ese idiota. ¡Que cuándo carajo me iba a pagar el préstamo!, que por intermedio de un conocido, yo le di. Tenía bronca. Y por venganza, y por haberme hecho perder toda una mañana esperando, y hacerme morfar unos nervios de la san puta ¡le respondí!, simulando una voz de empleado de comercio.

"Buenos días, mi nombre es Horacio. Le hablo de Lencerías Pedrosa. Usted tiene una deuda acumulada de un millón de pesos en el negocio. Prendas íntimas. Y lo vamos a compeler a que pague su deuda dentro de una semana. El ocho vence. Es esta la última advertencia. Hemos mandado a su domicilio tres notificaciones. Con lo cual, si usted ese día ocho, no ha pasado a pagar el total de lo adeudado por el local, será enjuiciado, y si no paga el resultado del juicio que saldrá en su contra, luego será embargado. Faltan cinco días, tiene tiempo. Nuestros abogados se comunicarán con usted de ahora en adelante". Y corté. En seco. Sin prestarle atención a las preguntas insistentes que me hacía el tipo del otro lado del teléfono. Quien, además, no entendía nada de nada de lo que le dije, se imaginarán. ¡Maldito hijo de perras! Lo hice de inconsciente, sí. Me salió de bronca. Para amargarlo por un rato a ese hijo de mil putas. Que se quedara con la mala entraña y con la duda. Aunque no debiera él un solo peso en Lencerías Pedrosa, este maldito. Aunque quedara desconcertado con lo que le decía haciéndome pasar por un tal Horacio. Porque luego, estoy seguro, que este gil, a alguien le iría de cagón a preguntar: ¡que cómo tenía que hacer con ese monto de deuda que él no había contraído! Tal vez a su mujer le preguntaría, por si acaso, ella, hubiera usado la tarjeta para comprarse unos calzones o unas medias, unos bodis, unas pantis, boludeces de encaje. ¡Y desde hacía cuándo su mujer venía comprando en Lencerías Pedrosa con su tarjeta sin que el tipo lo supiera! Pero quizá, y para evitar problemas con su mujer, por si acaso ella le dijera que no, que ella nunca compraría ropa interior en una lencería, y su esposa encima dudara de una infidelidad, y con todo esto, se rompiera su matrimonio ¡Optaría por hablar con un amigo, o directamente conversarlo con un abogado! El abogado, por más amigo que fuese, algo le cobraría. Nada es gratis en este mundo. Nadie le diría "es una joda, no le des bola, deben estar hinchándote las pelotas al tun tun. O tal vez sea alguien que te quiera cagar". ¡Le resonaría esta última frase! Y sería justamente por esta última frase que éste tarambana, éste maldito imbécil, se preocuparía en demasía, porque pensaría que lo irían a cagar. A cagarle la vida con esa deuda que él nunca había contraído. El tipo me debía a mí ese millón de pesos y hace meses que yo lo ando necesitando. Si le sumo los intereses, el préstamo se va al carajo para él. Pero a él no le importa. Por eso me saqué, y por eso le dije lo que le dije.

No creo a esta altura de los hechos que por todo esto que aquí se cuenta, el tipo, se quede como si nada, y que ande como pancho por su casa. Algo haría. Ya me lo imagino: el tipo entrando a Lencerías Pedrosa, preguntando por un tal Horacio. "Hola, sí, buenos días, ¿qué anda necesitando estimado señor?", le diría ese tal Horacio. Pero este señor imbécil, en ese momento, habría de estar muy nervioso, y fulo. Y con esa cadencia con la que te reciben los vendedores en las lencerías, que por lo general, a quien va ansioso a esos lugares lo pone muy nervioso; éste imbécil, golpearía el mostrador, con un puño, mostrando toda su masculina brutalidad ante tamaña injusticia. "Mirá vos, lo que haría el tipo". Gente afeminada es la que sabe atender en Lencerías Pedrosa, y en todas las lencerías de este maldito mundo. Si no es que son mujeres, como corresponde a toda lencería. Las chicas salen desde atrás del mostrador con una sonrisa de oreja a oreja, mostrándote una tanga, alabando tu estampa, e incitándote a que te la pruebes en el local. El tal Horacio le hablaría en calma y con mucho preciosismo a ese tipo ansioso. A ese gil. Los que atienden en las lencerías están acostumbrados a tener un lenguaje específico sobre las prendas íntimas de una mujer, y se toman su tiempo. Hablan del tema con cierto pudor y delicadeza. Para explicarse con las clientas que asisten tradicionalmente y desde hace décadas a Lencerías Pedrosa, es mejor, si uno es hombre, pasar por afeminado. Sabemos: se hace difícil encontrar un hombre en una lencería hurgueteando bombachas y corpiños como una bestia inmoral. Generalmente son las mujeres las que van a esas tiendas a hacer eso. Están hechas y montadas para el consumo de la mujer las lencerías. ¿Qué hace este tipo acá?, pensará alguna que otra clienta en el lugar viéndolo revolver bombachitas y tanguitas. Por eso la vergüenza, imagino yo, que pasaría este imbécil en Lencerías Pedrosa.

Me fui directamente a caminar al parque, después de cortar el teléfono y deambular en esas cavilaciones. A tomar un poco de sol luego de una semana de nublados. Iba con dos libros, por las dudas, yo me tentase a leer en un café. El día estaba a pleno. Una jornada maravillosa con una temperatura más que agradable. Salí con la camisa suelta. No me llevé abrigo. Antes de salir y para corroborar el clima me asomé por la ventana para ver cómo iban vestidos los transeúntes. Cómo iban arropados. Algunos iban muy abrigados. Pero otros, en remera y pantalones cortos, caminaban campantes por la vereda y por la vida. Me guío por los que van en remera por la calle, porque los que van arropados hasta el cuello son gente vieja. Y yo me encuentro en el límite de ser viejo, siendo todavía relativamente joven (maldita trampa). Entonces decidí caminar por la Avenida Principal. Y la suave brisa más el sol, ya daban calor luego de las primeras cuatro cuadras en el andar. "Lo bien que hice", me dije.

Recuerdo haber entrado a locales de lencerías. Una vez, dos veces, y si no me equivoco hasta tres veces. La primera vez fui solo. Entré sin la vergüenza que debería haber sentido. Me supe manejar. Atendían dos señoritas muy monas. Tenían el pelo atado bien tirante hacia atrás. Parecían dos danzarinas de baile clásico, de pasarela. Y muy simpáticas se acercaron hacia mí. Yo andaba buscando ropa interior para mi mujer. Quería regalarle a mi mujer alguna prenda íntima que nos hiciera retomar la enjundia que habíamos perdido como pareja. Recuerdo una tanga negra que me pasaron las muchachas. Obviamente no me la iba a probar yo. Pero conociéndole el cuerpo, y específicamente el culo a mi mujer, me llevaría la prenda correcta. "Esa tanga me gusta", le dije, a una de las chicas (pensé en pedirle a ella que se la probara para mí) "La llevo", le dije. "Voy a necesitar también unas medias largas", le avisé a la chica. Y ella, la chica, me trajo unas de seda, color blanco. Yo le dije que quería medias rojas para mi mujer. "No, roja no tenemos, pero tenemos negras con unas grampitas para que se prendan al calzón", se explicó la vendedora. (¿Como de puta?) Yo pensé como de puta, aunque no se lo dije a la señorita que me atendía. Pero se me salió de los labios, ¡esa expresión! Sí, así, ¡bien de puta!, me salió decirle. La señorita me miró y se quedó callada. "Perdón, le dije, es que estamos de aniversario". "Ah, y cuántos años llevan juntos", me preguntó la señorita distrayendo la incomodísima conversación. "Diez años", le respondí. "Es un buen número", me dijo la señorita. "Y sí, por eso quiero llevarle una sorpresa, algo que nos ponga más cachondos ¡Le prepararé una cena!", le revelé, ya en confianza a la señorita. "Y qué le va a cocinar a su señora", me preguntó entusiasmada. "Le voy a hacer unos tallarines", respondí apresurado. Y terminé llevándome la tanga, las grampas, y las medias negras para mi mujer. Me salió un ojo de la cara la jodita de la reconciliación. La tienda, de las mejores tiendas en la provincia que vendía ropa interior y de alto vuelto, cobraba Caro Cuore. "Pero bueno, me dije, son diez años de pareja, y no debo escatimar en gastos".

La segunda vez que entré a una lencería ya fue con mi mujer. Habían pasado 15 años de estar juntos. Lo de la ropitas de lencería parecía haber funcionado, porque debo reconocer que desde que le llevé esas prendas, las cosas cambiaron, y renació el amor, y se erigió el matrimonio como un tótem sellado en los lugares más oscuros de la mente. Pero esta vez, no era la compra de una tanga el motivo de un aniversario ni de algún cumplido. A mi mujer y a mí, nos faltaban prendas íntimas. Teníamos las bombachas y los calzoncillos a la miseria. En mi caso, los llevaba puestos llenos de agujeros. Entonces fue por una cuestión práctica que entramos al local. Y nos atendieron de diez. Mi mujer se pudo probar la tangaleta que quería. Yo, por las dudas, y para no aburrirme, le pregunté a una mujer grande que se encontraba vigilante detrás del mostrador: ¿Ustedes solo venden ropa interior de mujer? "No", me respondió la señora. "Tenemos una nueva gama de calzoncillos y de medias para hombres". "Ah", exclamé, "¿Las puedo ver?". "Claro, cómo no", me dijo la señora. "Mire, son estos calzoncillos, y son de algodón, con solo el 20% de poliéster. De algodón puro eh. Eso le permite no acumular la transpiración" dijo cerrando, de una manera vieja de atender con la simulación y el lenguaje equivocado, la vigilante, que parecía ser la dueña de Lencería Pedrosa. Yo pensé en mis bolas transpiradas. Me reí por dentro. Pero me mantuve estoico con la mirada ceñida en la prenda. Así no levantaría sospechas por mi bizarría. "Mmmm... puede ser, deme dos. Y deme un par de medias que me hacen falta", le dije a la supuesta dueña de Lencerías Pedrosa. "¡Cómo no! ¿Las quiere de algún color en especial?". "Negras", le respondí, "si es que tiene negras señora, pero pueden ser grises, o azules oscuras; no me dé blancas por favor, porque son muy sucias las blancas". "Sí", me dijo la vigilante, y acotó: "negras tenemos, ahora se las envuelvo". Mi mujer no salía del probador. Le pasaban tangas y bombachas entre la cortina las chicas del local. Le acercaron unas prendas, que no me gustaron en ese momento. Mi mujer me llamó como de costumbre al probador. Ella siempre me pedía una opinión sobre cómo le quedaba la ropa interior. Yo le dije que le quedaba fantástica. Que si no fuera porque estábamos en un local.... ¡Etc.! Nos fuimos con dos bolsos llenos de ropa interior. Un par de calzoncillos para mí, y un par de medias, y un montón de bombachas y tangas para mi mujer. También llevamos tres corpiños. Uno beige, otro negro y otro blanco. ¡Qué buenas tetas tiene mi mujer!, pensé. ¡Qué buen culo tiene mi esposa! ¡Vamos con el tarjetazo!

La tercera vez que visité a una lencería fui con una damisela, con la que yo convivía en ese entonces. Ya me había separado de mi esposa hacía años. No sé cuántos. Seguro había pasado más de una década desde aquella ruptura de nuestro concubinato. Pero, era la tercera vez que yo entraba a una lencería. Yo estaba enamorado de una chica mucho menor que yo. Por esas cosas del amor nos enganchamos. Y la cosa iba de menor a mayor. Nosotros estábamos en plena atracción sexual. Hacía seis meses que dormíamos en la misma cama, todas la noches del mundo. Andábamos como perros cuando se están culiando a cada rato por el celo. Andábamos en celo con mi chica, y yo le quería regalar una ropita íntima, como las que usan las mujeres pornográficas. (¿Mi maldita mente lujuriosa y lasciva me llevó de nuevo a visitar una lencería?) Y mi damisela me dijo que también, deseaba, ponerse esa ropa. Y me dijo "vamos, que quiero ser tu hembra con ropa de putita". Entonces yo, imbécil perro alzado, entré al local de la mano de ella. "Buenas tardes, nos queremos dar masa como nunca, por eso venimos a que nos asesoren", dije, ante la mirada atónita de las empleadas del local. Las chicas del local se tentaron por el chiste. Que no fue ningún chiste, pero que sonó a chiste. "¡Nos vamos a casar!", dije yo, levantando la voz por mi adrenalina. "Ella es mi reina y la quiero enfundar en ropa lujuriosa, ¿se entiende?". "Sí, sí, sí", decía mi chica. Las empleadas del local notaron que todo lo que escuchaban era de verdad. "¡Qué linda pareja que hacen!", me dijo una vendedora hermosísima que se nos acercó. Yo solo tenía ojos para mi chica, pero bueno, uno puede, sin ser visto, mirar lo que está viendo, que aparece ante la vista sin que uno quiera que aparezca. Las tetas de la chica que nos atendía eran dos melones enormes y perfectos, sin ninguna operación. ¡Qué tetas tiene la chica que nos atiende!, pensé por un momento. Pero yo estaba enamorado de mi chica. No podía cometer un fallo. Cuestión que mi chica se probó una tanga y me dijo que entrara al probador a vérsela puesta. "¿Puedo entrar?", le pregunté, a una señora en los probadores, que parece dirigía el tránsito. "¡Claro!", me respondió la doña, "y más si se van a casar, hombre". Entonces yo, entré al probador y acomodé la cortina, para que no se viera nada, y le chupé las tetas a mi novia dentro del probador. Y ella se hincó para hacerme una fellatio. Pero no pudimos concretar el acto. Escuchábamos a la gente que entraba al local y los cuchicheos que salían de otros probadores. Nos pusimos nerviosos y salimos los dos del probador. "Sí, la llevamos", le dijimos a la chica de tetas amelonadas. Mi chica me miró vigilante. Le dieron celos, supongo por las tetas que tenía la empleada del lugar. No hubo ninguna discusión, pero mi amada algo sentía... ¡celos sentía! Y como me di cuenta, le dije, que esta noche, después de la cena, nos probaríamos las prendas íntimas. Que las iríamos estrenar. Junto a mis calzoncillos y medias nuevas. No recuerdo haya ido más veces de lo que aquí se cuenta a otra lencería. Punto. Basta con el tema. Pasemos al imbécil.

Luego me enteré por intermedio de un conocido que el tipo estaba en cama, enfermo. Que esa mañana que atendió mi llamado, tarde, fue porque estaba recuperándose de una neumonía, hecho mierda estaba, sin un mango. Yo le quería decir algunas cosas que tenía que decirle por recomendación de otro conocido de la organización de prestamistas. Pero como no me atendía, me embolé. Y pasó lo que pasó. Su esposa se habría, no sé cómo, enterado de la deuda que tenía en la lencería su esposo. La mujer armó sus valijas. Y se fue con toda su ropa y su lencería a la casa de su madre. Me dijeron que le habría dicho ella a él: "Mirá, esto llegó hasta acá, es la gota que colmó el vaso. No te quiero ver más". El tipo no entendía nada, me dijeron, pero también me dijeron, que me quería buscar, porque el mismo conocido le contó de mi. Y dijo, escuché por otro conocido, que me quería matar, que me iría a buscar por cielo y tierra. Pasó el tiempo. No sé, habrán sido dos o tres años, o cuatro. Al tipo yo no le conocía la cara. Cuestión que me llevó a transformarme por completo, mi cuerpo, mi nombre, mi lugar de nacimiento y la dirección de mi residencia. Además, por si él hubiera conseguido una foto mía. ¡Me reconocería en algún momento! Soy el perseguidor perseguido por el deudor. ¿Quién debe a quién, quién es el que debe entonces en Lencerías Pedrosa? ¿El otro o el mismo?