Crónicas del subsuelo: sinfonía checa para velorios alegres

Crónicas del subsuelo: sinfonía checa para velorios alegres

Por:Marcelo Padilla

 Tenía la panza vacía; pero, tenía filosofía: una visión del mundo, una cosmogonía. Dijeron. Con la panza vacía. Muchas cosas de variado tenor. Altísimo y delgado, vivía, sobre el techo de la filosofía. Ella, le alquilaba un cubo pleno de sombras. Él, quiso. Y subió trapos, hasta bien arriba; de fuego los cables de la ciudad, por las noches. Tomamos más de una vez. Bebidas arriba. Escandalosas para el tumulto.

Suave su túnica. Anaranjada. Estaba, cada dos por tres. Muy ebrio. Y su filosofar hervía sobre el techo de la filosofía. Una vez dijo: las fotos van de regalo. Y a México se fue. Con bártulos prestados. Le colgaban de las piernas y los brazos, los bártulos prestados. Lo tomaron por loco y les cayó mal. Lo tomaron dos veces y se empacharon de él.

Así las cosas. Bebíamos. Dulces. Elixires checoslovacos por parte de su madre. Y elixires italianos amargos por parte de su padre. Que murió en un velorio de madera luego tocara la orquesta de cuerdas y percusión. Seis mujeres trasladaron, bajo esa marcha, el féretro de piedra por callejuelas negras, y en el centro del camposanto, el laberinto. Y el féretro buscando la salida y las seis damas de negro, poseídas.

Alguien pidió leer ese poema para el muerto.

Bajó el cajón hasta la oscuridad, colgado de dos cuerdas de acero de las gruesas manos de dos sepultureros. Del pozo de tierra. Se escuchó: los santos vienen marchando. Y los músicos. Y la pradera, mojada apenas, por el bardo del rocío. Y allá lejos, en el camposanto nos veíamos, en el laberinto las cabezas gachas.

Pero, llegó el Anís; y todos los hermanos y hermanas. Las paraguayas, las alemanas. Hadas de blanco y hadas de negro. Volaron sobre el laberinto y fueron a la mesa. A tomar el té, de las cinco de la tarde. Sucedió, y él meditando el ritual, delgado y flaco, demacrado, maquillado de cera.

Él, con la patita, acompañaba el ritmo. De la muerte. De su padre bajaba hacia el interior el último rito en este mundo.

No le vi más, hasta que. Le dije: nos volveríamos. A ver quizá, en algún tramo. Luego, Ay... Las luces explotaban en la disco. Recorrimos la tarde, la fauna y la oscurísima boca de la noche embriagada, su existencia insomne. De ese pueblo del diablo.

A mí, me pusieron un traje, del padre de la doncella. Y me pintaron los ojos, me maquillaron de blanco, anudaron la corbata marrón que pegaba con el saco, y no con los zapatos, pero sí con la camisa. En el espejo fuimos aprobados. Y ellos y ellas, reían de nosotros. Y nosotros tomábamos pociones de aguardiente para no molestar a nadie.

A él, no le encontraban medida. Pero, le entrajaron igual y quedó apretado en la sastrería, de brazos y piernas ¡Payaso checoslovaco! Parecía.

Comió y bailó, y también le entró, dadivosamente, a la hija del padre. Que tenía una hermana para mí, por esas casualidades de los casamientos. Generoso, las palabras justas, casi por goteo el padre de las doncellas entregaba. Vestidos y trajes para los mendigos de sus hijas.

Eso sí. La madre, estaba; pero, no la conocíamos. Ella solo murmuraba, y nos servía maicenitas con dulce por si queríamos quedarnos a vivir con ellos, o algo sucediera que no quedara otra que vivir con ellos. Y ellas. Y él, y yo.

De las charlas allá arriba, no ha quedado nada en el techo. No sé si ha muerto la filosofía. Ella, abajo vivía y le alquilaba. Una vez, entramos a su casa. Había un piano de cola, que la filosofía vendió, para irse a Bélgica todos esos años. Ese día la filosofía ¡estaba de buen ánimo!

Nos dio, varias latas de cerveza flamenca. Mientras, el grupo discutía menudas teorías francesas. Alguien nombró espectrología alemana, y se heló el cuerpo de todos. Cundió, una especie de pánico que sentía, hasta que nadie siguió hablando del tema. Las tertulias, se hacían para eso. Para no hablar del tema. Era un ejercicio valiente. Oriental. Diluyente del tema.

Panza vacía, él, bailó mucho con la hija del padre. Se los vio. Escondidos tras las palmeras alocadas por el viento, fifar. Fifaron y fifaron en el viento, y las palmeras de fondo chicoteándose entre sí en el desierto indómito de un pueblo del diablo. Pero, nadie dijo nada. Nadie quiso, seguir, hablando del tema. Pero, la música seguía.

Es muy bonito recordarlo.

Su madre, ¡le pidió!

Y él, vino.

Y los dos la despedimos. Por el largo viaje hacia los maquillajes, las alhajas, los vestidos, las especies, los ungüentos, los papiros. Acostada en su camastro resplandecía, Oh! Faraona de Oro. La enfermera le ponía, albanos paños fríos, y en su frente, él, la besaba como a una divinidad. Una obra de arte, los últimos días de agonía.

Y antes... ¡despedimos al padre! entre músicos borrachos y amanecidos. Que también habían venido, para una nueva despedida.

Él, no vino más. Nadie más moriría.

(Oh, amigo. Con esta fiebre recordando. La de veces por los checoslovacos o los italianos, caímos del techo. De risa, nos levantamos. Y los elixires amargos acallaron, y los dulces almibararon)

¿Está cerrada? Está cerrada y no se puede abrir, jamás. La carta está vacía, y el agua a cada letra ha diluido.

Entonces vivió en los gatos; los techos. Ahora, que me acuerdo. En otra oportunidad: "Quiero me devuelvas a mi madre, hermano. Que la has robado, que te la has llevado, Quiero enterrarla antes muera en los brazos de él, sin que yo me haya enterado. Y que el destino haya cruzado. Cuando yo, al padre de él, sin su presencia de hermano, hube velado y sepultado".

Y se quejó, de los miles de alaridos. Yo, no estaba adentro de la casa. Pero, podía asar un bicho para neutralizar los quejidos.

En el techo fuimos, verdaderamente gatos. Licor, droga, filosofía. Y mapas para señalar guerras y salvajes poblaciones. Apuntabas con tu dedo y el mío, pasamos el Pacífico, cortamos con las uñas hasta llegar a Macedonia. Al primigenio imperio de Alejandro. Traficaron sangre, expandieron el virus de las distracciones humanas, y en mi sangre y la de ellos, las transfusiones.

Con los cuerpos intoxicados fuimos de jarana. Uy, la noche de San Juan. Y las hijas del padre de las carabinas. Puro derroche de comidas. Nos aferramos al codo del padre de las doncellas. Habíamos decidido pertenecer a la corte, representada además, por dos nuevos y descarados campesinos propuestos por los mendigos.

El aval del padre, esperábamos. Los pañuelos altos en las zambas. Y el olvido de toda muerte en la fiesta. Y la ruta, que atrás dejábamos gris, por esos días. Y los niños y las niñas de los acueductos romanos, y los amigos y las amigas de los zanjones de mi barrio, y los tíos y las tías, checoslovacas e italianas.

Tus esposas, y las mías.

Nadie se casó con nadie, a pesar los vestidos, y los trajes estaban listos. Y de la mano: nadie con nadie. Y los conejos que escoltarían a las novias. Y los enanos para el tul de los veteranos, de boca y ojos pintados.

Las cabras, en las habitaciones. Pero, del baño, salió un gallo copetudo a dar órdenes. Y los casamientos no se hicieron... Pero, todo transcurría, en los adrenalínicos preparativos.

Sin los novios se bailó y se comió.

¿Los novios? Desnudos, noviando en el pajar.

Él, y sus fotografías. Y la noche, y la escarcha sobresaltada por las inclinaciones de la tierra. De la boreal bajaron una noche fría. A casarse en un rito pagano, entre quemazones de hojas y yuyos. Una bruja repartía. Suvenires. En la boca se los ponía. Y una danza india y los brazos en lo alto, sin aspirar a las estrellas más que a las lenguas. De fuego, era el casorio. Que unió a él, y a ella. Pero, ya estaban en México. Nunca más lo vi por estas lejanías.

Fuimos a ver los féretros a una casa, para trajes de muerto. Fuimos, a una y fuimos a otra, y recorrimos. Veinte casas para las medidas. De los cuerpos que allí entrarían. Y del valor de cada uno de ellos, que nada y a nadie importaría. Ya nada importaría, más que la muerte debajo de la mesa, cada día.

Que ese marrón clarito o ese marrón oscurito. Que ¡dáme, cualquiera de esos cajones de madera! que no aguantamos más, queremos enterrar a nuestra madre y a nuestro padre, de una maldita vez, en esta inmunda tierra.

Al del padre, con dos agujeritos, y al de la madre, con tres. Que ¿por qué?, para que entren rápidamente, más gusanitos para la madre, así le tallan la osamenta de belleza. Y quede definitiva: Faraona de Oro.

Sin embargo, él, no lloraría. Alto y delgado, suspiraría adusto. Su cara era de cera. Y del trámite tomamos un café, alrededor de cada cuerpo muerto en la casa vacía.