Terminaron enguatados hasta la raja. Los culillos llegaron doblando la esquina. Y se fueron, dicharacheros, con la panza hinchada de tanto chupar de la manguera. Por costumbre y por la siesta, tocar timbres y salir rajando. Hacían sus travesuras. La doña les dijo: "de nada". Y los culillos salieron corriendo. Sudados y en cueros. Agradeciéndole a los gritos a la doña por haberles dado agua. Se lo dijeron a las carcajadas a la doña antes de doblar la misma esquina de donde aparecieron como una tropa de fantasmas. "¡Gracias por el agua doña!". La doña dejaba tomar agua de su manguera a cualquiera que pasara y se lo pidiera. Le acercaba la manguera y con una voz enternecedora decía "tome, tome todo lo que necesite". Hasta a los linyeras les daba agua la doña. Y si no estaba regando la doña, estaba haciendo de comer. Pues entonces se podía tomar de la canilla de la entrada, poniendo la jeta, chupando del chorro. Ella siempre decía: "Claro, cómo no, el agua no se le niega a nadie".
Ella regaba los geranios y las margaritas. Y a las flores silvestres y sin nombre que salían en su jardín, les daba la misma importancia que a un árbol o a una enredadera. En la parte delantera de su casa no había verja. Además, había un enorme paraíso. A la vera de la cuneta, medio metro alejado de la vereda de cemento hacia la calle, pero antes de la cuneta y frente a la puerta de su casa, el paraíso explotaba de bolitas verdes, y era muy frondoso, y a toda esa frondosidad la doña le pegaba una buena regada de manguera. Y así relucían con el sol, las hojas del monumental paraíso, y caían gotas dentre la campana del paraíso, donde estaba uno acovachado por el sol. Era un disfrutar. Y una frescura fue tomar mate debajo del paraíso cuando el sol poblaba el día. Ese árbol, denominado paraíso, es el mismo árbol que tenían todos los vecinos frente a las puertas de sus casas. Algunas, se sabe, puertas adentro, eran un infierno.
El paraíso había sido plantado por los que construyeron ese barrio, allá por el setenta y pico. Venía el paraíso de la mano con la casa. El infierno de la casa, y el paraíso en la puerta de la misma casa. Una idea preciosa. El árbol incrustado en una cavidad donde hubo de echar raíces en la tierra, hecha por las lluvias de cada enero. Y moldeada por las infrecuentes tormentas de todos los febreros. Pero, como aquí tenemos un clima seco, y las lluvias resultan inverosímiles, la doña regaba el paraíso por las noches, y mucha agua le ponía. Le aguachentaba las raíces. Pero el paraíso, en esa sequedad, resistía estoico. Nada ni nadie lo iría a tumbar, a no ser por abandono, a no ser que lo talaran.
Se erigía eterno. Durante el día, el paraíso daba una sombra ampliada a la redonda, y debajo de él se ponía fresco que daba gusto emplazar, pegadita a la cuneta, una silla en la tierra, mirando pasar el agua y los hilos de musgo con algunos gusarapos enredados, y que luego se transformarían en sapos croando por las noches. Los culillos del barrio se la pasaban dando vueltas a la manzana y cruzando el terregal. Para huir a la manzana de enfrente, a la contraria, debían atravesar la calle, que más que una calle, como aquí se dijo, era un terregal. Trepando las casas por los techos. Como los gatos. Los culillos y sus sombras, en la caída de la tarde, configuraban escenas de una película de miedo, de terror. Cuanto menos de suspenso latinoamericano. O de un realismo mágico de terror latinoamericano.
Pero resulta que no. El suspenso latinoamericano y el realismo mágico nunca calaron en las conciencias. No sabíamos de qué se trataba el suspenso latinoamericano. Ni mucho menos el realismo mágico latinoamericano. Lo latinoamericano salía en las revistas, y aquí no se compraban revistas, más que las de tejer, con las que las mujeres le hacían ropa a los niños y a las niñas: pulóveres de lana, guantes, y los escarpines para dormir. ¿Es un lugar ubicado en Latinoamérica? ¡Sí! Sin embargo, la paisanada, no dijo nunca ser de Latinoamérica. Sabe pasar en muchos pueblos de la República. Se desconoce tal denominación en el habla de a pie. Decir: "Latinoamérica", se menta en círculos ilustrados, de académicos o de simpatizantes de algún partido político. La población estaba acostumbrada a otras denominaciones (paisano, patrona, don usté, doña tal, mijito o mijita, fulano, mengano y zutano, ¡donde haya dios!...) Y de Argentina, poco es lo que se hablaba. Lejísimos estábamos de la capital de la República.
Los peregrinos miraban el único diario que tenía la provincia, sea en un boliche o en un café, aguaitando las noticias. Cogoteando para ver el prode o los resultados de la lotería los lunes por la mañana. Pero no todo el mundo compraba el diario. Porque no todo el mundo sabía leer. Eso, como ya dije, era de ilustrados. Leer el diario, y ver noticias culturales. Políticas. Económicas. Alguna que otra "catástrofe natural". Un asesinato. Con todo, la gente, era su propio medio de información. Se contaban las cosas importantes de boca en boca: los velorios, los cumpleaños, los casamientos, los accidentes, las brujerías, los gualichos, las curaciones y el empacho de los niños. Sobre nuestros paisanos, ellos, los ilustrados, escribieron y escriben muchas cosas. Mucha gente, que dice saber, y le han otorgado el título de especialista en algo, sale hablando en la televisión, y escribiendo en los diarios sobre nuestro pueblo. En fin. Que así se escribe la historia.
Se sabe, que las sombras, alargan y estiran a las cosas y a los objetos. A los animales. Y hasta a las personas estira cuando van caminando o están paradas en una esquina, pitando un cigarrillo con el solo fin de apurar el bondi. Uno se va moviendo hacia adelante con la sombra lateral. Pero resulta que la sombra nos precede y nos gobierna. Está más allá de uno. La sombra lateral se adelanta, y de golpe, es la sombra del otro lateral la que confunde. Y tal vez es lo único que el hombre no pueda gobernar. Las sombras. Más allá de su estúpida acción de habitar el mundo. Haciendo vías férreas, haciendo harina, moliendo granos de trigo para el pan. Regando un jardín. El hombre no sabe más que lo que su cuerpo le dice que puede hacer.
No se anima. Tiene miedo a perecer. Es un miedo ancestral que da un envión hacia adelante al principio, como una droga, y que sabe, que se está yendo siempre para atrás, porque su conciencia lo traiciona no bien se engolosina con algo. Algo que nunca podrá explicarse. El mito de Sodoma y la estatua de sal de la mujer que se dio vuelta yendo hacia adelante, es, tal vez, el mito del eterno retorno. La zona negra del recuerdo original lo apabulla. Por eso la chicha, y por eso el pisco, y por eso la grapa. Esto, significa, sencillamente, encontrarse en persona con el diablo, y, que el mismo diablo te acompañe hasta el infierno. Vestido o disfrazado de Virgilio. Vomitando ese demonio interior que a todo hombre atosiga. Es una función social la que cumplen las borracheras en el pueblo, baste ya decirlo.
Como ocurre con los cementerios de elefantes, allá en el norte, así le llaman en Perú y Bolivia. Donde van a morir los desesperados. Entran a una pieza que alquilan por dos días, y los del lugar les dan un balde a tope de chicha. Y allí se quedan, hasta que caen. Dando vueltas como tontos en la pieza. Idos por el bruta ingesta de demonios que provoca una sobredosis de alcoholismo. Algunos mueren allí mismo. Otros, sobreviven, y retornan a probar suerte, de morirse de una vez. Pero vuelven. Son especies de casuchas de eutanasia. Las atienden, una mujer o un hombre. Como en un almacén. A los elefantes, apenas llegan al sitio, se les dan las instrucciones. Los elefantes abatidos adhieren a todas las premisas. Y se tiran a morir en esas piezas, tomando de una taza de lata el destilado fatal. La introducen en el balde y se la llevan a la boca. Están solos. Más solos que un turco en la neblina. A tope de chicha. Y así, la vida en el pueblo.
Es que la calor de los veranos aquí ya no se aguanta. Metidos en tachos de 200 litros los niños juguetean con el agua. Los llenan con la manguera. Y por tacho, en el barrio, hay un niño refrescándose en la siesta en cada casa. Allá, más al fondo de la Boulevard Sarmiento, se encuentra la Villa Giné. Hemos pasado tardes enteras hasta entrada la noche en la Villa Giné. A pesar que nuestras madres nos negaran ir allá. Porque después del descampado se nos terminaba el barrio, y empezaba la Villa Giné. Y la Villa terminaba en la ruta, donde estaban construyendo la Avenida de Circunvalación, y pasaban muchos camiones hacia el norte. O los micros que cercaban la zona para escaparle a las obras de la circunvalación, y se iban a Vallecito, al santuario de la difunta.
Teníamos que tener cuidado. Nos decían: "Tenés que tener cuidado con el viejo de la bolsa y con los autos que pasan a alta velocidad, y también cuidado de los caballos salvajes que salen a pastar, y mucho ojo con los camiones". Nunca vimos al viejo de la bolsa. Pero jamás pensamos en la mentira de los mayores. Existía en nuestros sueños. Existía como existían los camiones que pasaban por la pronta Avenida de Circunvalación. Existía porque la Difunta Correa existió y existe, porque nos los decían las abuelas. Existía porque los mayores decían que existía. Éramos muy niños. Y ahora, somos ya muy grandes. Era muy precario todo. Pero ahora, a todo, han dispuesto más armonioso. Me dicen que asfaltaron la calle Boulevard Sarmiento. Da vergüenza y da pena. Íbamos juntos a la escuela, los del barrio y los de la Villa. ¿Qué problemas iba a ver si éramos todos iguales? ¿Éramos todos iguales? ¿No? ¿Y por qué no éramos todos iguales? Me pregunto, si es que la respuesta fuera que no éramos iguales.
Una noche con el pimpo, un vecino, nos mandamos una gran macana. Prendimos fuego en el fondo del patio de su casa unos cajones de madera, y le subimos a la cresta de ese mazacote enllamado de fuego, unas gomas de auto viejas. Una macana por donde se lo vea. No había bomberos. El barrio entero salió con baldes de agua para apagar la quemazón. Llegaba el humo negro adentro de las casas. Dio pavura por los niños y los viejos. Nos tiritaban las piernas. Nos dieron a todos una paliza en nuestras casas. Casi prendemos fuego a todo el barrio. No se habló de otra cosa a la mañana siguiente. No nos dejaron salir de las casas, de castigo, por una semana entera. Los demás culillos se hicieron los boludos. Y dijeron (nos batieron) Que fuimos nosotros -¡yo con el pimpo!- quienes quisimos quemar esa noche a todo el barrio. Estábamos jugando al incendio. Malditos cobardes y malditos mentirosos. Nos gustaba prender fuego por las noches. En invierno y en verano. Más en verano que en invierno. Nos juntábamos doce apóstoles alrededor de las llamas del incendio. Y a medida amainaba el fuego, amainaba también la noche. Y luego, ya con las cenizas del incendio nos íbamos a dormir. Solo que esa noche se nos pasó la mano.
Pegadita a lo que fue mi casa vivía mi vecinita, la Betina. En el porche de su casa, sus padres, habían colocado una maceta inmensa con un gomero muy alto, veteado en degradé con verdes intensos y verdes suaves, parecido al color de los limones. Era inmenso ese gomero, que hasta me pasaba en altura. En el porche de la casa de la Betina hacía fresco. No pegaba a la siesta el sol. Y había cierta oscuridad como para jugar los dos, hablando bajo. Porque pegado al porche había una ventana de una habitación, donde dormían la siesta los padres de la Betina. "Shh. Despacito", me decía la Betina. Jugábamos a las muñecas. Había reproducción de la especie. Un muñequito chico hacía de hijo recién nacido. También recuerdo que con la Celina jugábamos a lo mismo. Se jugaba con los muñecos y las muñecas, se jugaba a la familia. Pero, para armar una familia, dos muñecos tenían que procrear. Y así lo hacían.
Recuerdo que la Celina imitaba unos jadeos de excitación. Y mi muñeco decía cosas bellas en relación a la familia durante el coito muñequil. Y con la Betina sucedía lo mismo, pero con un Shh de la Betina. Con frecuencia me lo decía. Nunca se despertaron los padres de una sola siesta. Por nuestras artísticas adaptaciones en silencio. A los sumo, adaptaciones del murmurar. Y ahora que lo pienso, me suena algo oprobioso. Los muñecos y las muñecas están en el imaginario humano. Es condición, diría, del hombre, para ser hombrecito, que debe jugar con muñecos. Las chicas con muñecas para ser mujercitas. Pero ya se ha dicho lo que pasa cuando se juntan muñecos y muñecas. La procreación, como desplazamiento, se produce.
El rito fantástico de honrar al tótem se materializa, el tipo ideal weberiano está en lo alto de la cima de las pretensiones humanas, y el aparato ideológico de estado: la familia nuclear, primer organismo y célula básica y ordenadora de la moral occidental, en un país como la gente, se supone, - todo se supone- se regodea en la ideología. La familia que supo erigirse en argumento y tribunal para los no familiarizados se impone en toda su dimensión arcaica y arquetípica. Pues en fin, que eso hacíamos con la Betina, y eso hacíamos con la Celina. Pero solos. Eso no era de varones. Había que esconderse. Y no decirles a los muchachos. Aunque cada uno a su modo jugara con algún muñeco. Desexualizados podían transformarse. En un simple juguete que se patea y se rompe. Difícilmente recuerde que se rompieran los juguetes. Los muñecos de madera. O de trapo. Difícilmente desaparezcan de la faz de la tierra.



