Crónicas del subsuelo: La estación doctoral

Crónicas del subsuelo: La estación doctoral

Martes 26 Abr 2022 29 días atrás
porMarcelo Padilla

Bordeando la castiza superior de la estrofa, La Grunchi y Le Bron, fueron a cazar palomas para el almuerzo. Estaba oscuro, nublado el cielo y la noche de la sampierza, en el gránulo cóncavo de la lunar zona de radiación musical, donde iban los adictos a la esquela, los que no aguantaban más, bordeando la castiza superior, se desplazaron a la castiza inferior de la estrofa, arrodillados, La Grunchi primero, Le Bron a continuación, luego serpeando como orugas, antes crisálidas babosas de cuarzo líquido, glissando toda reverencia superior de autoridad, repito, (y dijo): Antes de Tenorio y emancipada la curia, los borbotones de flúor en la carmina pendular han superado las expectativas de la tribuna soviética, ahora son todos iguales, antes defendían a Malasya a capa y espada, no sé qué carajo les pasa ahora, que tienen todas las herramientas a disposición y no quieren trabajar.

Así empezaron los azotes yugulares a La estación doctoral, Que antes, Que después de uso, cuando La Grunchi facultaba el pedido para las 3 de la madrugada en plena hoguera. Lo que pasa es que las vanidades de los condesitos y las condesitas, que dejaron la cofia en la playa de estacionamiento para fundamentar las acciones a seguir luego del gato por liebre, se pusieron los trajes y de ahí devino la tragedia. Ahora sí, dijo el que lava los autos, se les notan las claves en las patentes de los autos, si yo estuve lavando tantos que no me di cuenta antes. Brillan, el sol sobre los parabrisas les da un glamour especial, no es el único en este caso, hay otros debajo de los techitos que dicen "autoridades". Les encanta cambiar el auto, les encanta cambiar todo lo que tenga que ver con sus placeres cotidianos, el confort del que osaron reprocharles a otros, el de ser doctores especializados en doctores futuros. Único caso, donde se forman doctores para doctorar a otros, y así, en una cinta de moebius infernal que los dejó con las lenguas anudadas a otras, por las discusiones inservibles de otrora.

La bartola, el cubículo, la llavecita compartida para las chimoseadas, con la oreja pegada en la pared de durlock para escuchar lo que los otros dicen. Le Bron igual del otro lado, con la oreja pegada para escuchar lo que decíamos en el cubículo nuestro, como grandes estrategas, mascullando teorías locas sobre el poder desde un escritorio viejo con vista al mar. Y el ventilador o el calentador, la vieja pava o la joven eléctrica que con los pelos enrulados caía a la siesta a consultar por los pájaros que cagan los espejos, ¿En qué teoría caben?, ¿En cuál?, dijo, preguntándose algo nervioso, el lavacoches. Si parecen moscas alrededor de la bosta, prosiguió, olfateando la sangre, probándola para decir: ¡Qué bien sabe ahora!

La etapa de juventud de Le Bron y La Grunchi, junto a sus esclavos académicos, fue, por momentos, una real delicia. Los excitaba privadamente, y en familia, el hecho de ser escoltados por esclavos. No era para la libertad que los formaban, era para la eterna esclavitud en nombre de la teoría de la emancipación que los sujetaba. No contemplaron los tiempos, que los esclavos, a veces, se rebelan, y arman los quilombos. Como los que se le pararon de mano al Rey Pedro el cruel, o Pedro el justo (quilombeiros). Según de qué lado leas la leyenda, aquella vez, no se dieron cuenta que alguna vez ocurriría lo que nos dice el lavacoches.

Después de la etapa de las fórmulas, dejaban por un tiempo de escuchar con la oreja puesta en el durlock. Se calmaban por unos meses, generalmente cuando llegaba el verano y empezaban las largas vacaciones en Acapulco, junto a los niños, que eran más altos y más grandes en edad que ellos, sin embargo, lo hacían. Lo hacían unos y los hacían otros en la esplendorosa Malasya del mil quinientos. Pasaban a Linternaia, cruzando el puente del Lago Cuajo, y disfrutaban de la selva, de los jeroglíficos en las piedras, de las yungas de tergopol que un grupito de indios les preparaba para cuando llegaran, los mismos indiecitos que les acarreaban las maletitas con las ropas. Cierta vez, uno de los indios estaba enfermo, tenía tos, y contagiaba, a tal punto que cada vez que recibía un turista lo dejaba en cama por un mes, eso sí, mirando el mar desde el escritorio, con libros, equipos de sonido, máquinas para elaborar hielo, una pecera con ostras y la bañadera repleta de mariscos vivos para las paellas de guardar. Es que en aquellos tiempos, el trato con los indios era como en la colonia, solían utilizarlos para elaborar peipers sobre la situación teórica en el campo de las sujeciones de clase, donde el aparato burocrático de estado siempre, pero siempre, estuvo al servicio de los vacacionantes, con solo mostrar el saco y los lentes, y emitir unas palabras diplomáticas marcando kilómetros de distancia, la gente, se les cuadraba. Eran los tiempos de la Malasya potencia.

El reluciente coche ahora va en busca de su gasolina. Abandonada la cofradía, Le Bron y La Grunchi se toman una pastilla cada mañana para sentirse mejor, brillan en la oscuridad como virgencitas, soplan vaporizadores chic en una casa de té inglés a la altura del pinar, miran la puesta de sol tapados con una frazada, tiemblan sus manos agarrando libros, que ya no leen, más bien repiten de memoria, demostrando el kit del conocimiento enlatado y conservado por décadas. :-¡Son míos!, ¡Son míos!, ¡Son míos los conocimientos! -decían. Como maquinitas alemanas se saben de memoria el librito, que ya es manual para las castas inferiores, no saben que la proliferación de hipótesis, teorías, delirios místicos y entrecruzamiento de autores plagiarios han hecho mella ya, en la nueva juventud. Que ya no les dan bola, que por más ciencia, a Galileo y a Copérnico... etcétera.

En las lluvias ácidas, generalmente no se trabaja. Presencialmente no se va a los vapores, tampoco a los baños públicos, y mucho menos a las cavas, donde solían guarecerse. Ya no están las cavas, las han tapado con libros viejos publicados en la Malasya esplendorosa y duermen allí su purgatorio. Saben bien los libros lo que les espera. Han sentido el crepitar de las hojas y las tapas en la hoguera. Sobran. Su existencia habla mal de las instituciones, están ahí para ocupar el lugar arquitectónico, custodiados por gendarmes y personal de auxilio especializado en quemaduras de primer grado, segundo y tercer grado. Que es el ciclo básico de las quemaduras. Después es la propia hoguera la que reduce a plumas negras las hojas de los libros, como los diarios que vuelan quemados en los aires, sin mucha fuerza para trepar, hasta suavemente disolverse con el vientito.

Marcelo Padilla

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