Cuestión que al hombre, una noche, el diablo se le presentó en persona. Y le dijo: "Aquí me tienes. Pídeme lo que desees y te será concedido. Tú ya sabes qué me debes dar a cambio de lo que yo te ofrezco. Por si no lo recuerdas, te lo repito: tú alma. Pero a cambio de ella serás rico y multimillonario. Y no se te notará para nada. No llevarás una vida de ostentaciones ni tendrás glamur. Porque la idea, es que no aparentes lo que poseas. Ese, será tu gran límite. Y serás un mendigo que vague por las calles de la ciudad. Y dormirás en las noches bajo el frontispicio de un edificio abandonado. Y pasarás frío, pena y hambre. Pero, ¡serás millonario! Tu cuenta bancaria estará disponible para que saques la cantidad de dinero que quieras. Y podrás, con ese dinero, hacer lo que te plazca. No juzgo la intención de lo que harías con el dinero ni tengo una moral para decirte en qué debes invertirlo. ¿Quieres mujeres y hombres en tu habitación? Los tendrás. ¿Te gustan los animales exóticos? No sé, un choique por ejemplo, en tu habitación, dando vueltas en tu habitación escapando de sí mismo. ¡Lo tendrás! Tendrás al choique y al guanaco. Y si quieres esclavas y sirvientes enanos que te bañen y te cambien ¡los tendrás! Y de las edades que te apetezcan. Todas tus fantasías serán cumplidas. Solamente deberás consumar este pacto, e inmediatamente, esta noche misma, serás dueño de ese poder. Podrás elegir el hotel que quieras para cometer tus aberraciones. Podrás realizar un banquete de pordioseros, y estos mismos pordioseros, luego de tú darles de comer hasta el vómito, de golpe te venerarán como a un santo. Pero volverás a dormir en el piso sobre unos cartones, debajo del frontispicio del edificio abandonado. Así andarás por la vida. Sin necesidades de dinero". Dijo el diablo, mirándolo fijo al hombre.
El hombre había citado al diablo en aquel bar que se encuentra en el cruce de las calles 7 y 29, justo en la esquina que da a las ruinas del fortín. Fue en una noche de verano. Un viernes precisamente ocurrió ese encuentro. El bar estaba repleto. No cabía un alma. Pero el alma de este hombre que menciono, de apellido Arenas, y de nombre Juan, era la única alma en ese bar que al diablo le iría a interesar. Porque el diablo necesita que lo llamen. Lo citen. Tiene orgullo. Y este hombre lo citó en ese bar de gente fula, antro periférico a la ciudad, donde no entra cualquiera. Y el diablo fue en persona. De visitante. El diablo no se anda ofreciendo por ahí como hacen los demás. La malicia es un pedido que se configura y adiestra. El mal está. Es la base. En el adiestramiento del mal hay que poner el acento. En todo caso, en las instituciones educativas, deberían reflexionar con los alumnos, estos temas daimónicos. Porque nadie nace sabiendo hacer el mal por más malo que se nazca. Si aceptamos la tesis de Jean Jacques Rousseau que dice, que los hombres son buenos por naturaleza, pero a la vez nos tienta pensar más correcta la tesis de Thomas Hobbes, que dice, que es por la naturaleza misma del hombre que el hombre es malo. Entonces, nos encontramos ante un atajo. En un pozo. Para llegar a clasificar el espíritu de Juan Arenas deberíamos encontrar otra dimensión que supere cualitativamente la elección entre dos pensamientos tan opuestos. Juan Arenas fue un accidente de la naturaleza pasional, de dos personas que se desearon. Juan Arenas sucedió como un terremoto, de imprevisto. Y nadie que yo sepa, recibe con los brazos abiertos a un terremoto. Ni nadie festeja el pasar de un terremoto. Con todo, la movida que produce la aparición de un niño, sí. Mueve toda la estantería. ¡O no! Tenemos por caso a Juan Arenas. Lo inexplicable. Por el contrario, si un niño nace bueno. Será honrado por sus padres y parientes. Y después por sus amigos, y luego por sus maestras en la escuela. Y así, y así y así. Sin embargo, Juan Arenas era un hombre desdichado. Echado a perder en y de por vida. Podrido. Sin solución de continuidad. No tenía a nadie. Tampoco había remedio para que Juan Arenas se convirtiera en una persona de bien. No fabricaban esos remedios para hombres como Juan Arenas. ¿Cuántos Juanes Arenas habrá en el mundo entonces? No tenía un solo diente. Daba pena, daba lástima. Daba bronca.
Su mente estaba hundida en la perfidia. De la malevolencia con la que nació, creció y se desarrolló; de grande se transformó en un monstruo solitario. Los padres lo habían apañado de niño. Le apañaron el mal para no levantar la perdiz en el barrio. Por esas cosas del qué dirán... Pero resulta que un día, en el baño de la escuela, un preceptor, encontró fumando un cigarrillo al niño Juan Arenas. Tenía ocho años y ya fumaba Camel. Y él le dijo al preceptor, que en su casa lo dejaban fumar. Que la madre le compraba cigarrillos. En el kiosco de la esquina de su casa había uno, que a veces a él le fiaba, y se lo anotaba. Entonces llamaron a los padres de Juan Arenas desde la dirección de la escuela para realizarle un interrogatorio. Pero los padres del niño Juan Arenas negaron la declaración de su hijo, la que le dio al preceptor en el baño de la escuela. "Hace chistes", dijeron a coro los padres. "No es nada malo. Perdónenlo". Los padres dijeron eso, y repitieron: "perdónenlo". Admitiendo su error y su falla. La falla de su hijo y la falla de ellos, como padres. La directora y vice, y dos sirvientas de guardapolvo azul que escoltaban a las mismas tapando un cuadro de La Guerra contra el Paraguay, dijeron que iban a consultar el caso con las autoridades educativas, en la superestructura escolar. Con un tal Donoso. "Tenemos que hablar con el Dr. Donoso", dicen que dijeron la directora y su vice, mirándose en código, sabiendo lo que debían hacer según lo que dicta el manual de procedimientos. "Estos son temas para que los resuelva el Dr. Donoso". Y les indicaron a los padres que, más luego, desde la dirección de la escuela los volverían a llamar. Pero antes de irse cada uno a su casa, la directora de la escuela le recomendó a la madre de Juan Arenas que fumara Parliament. Que cambiara de marca. Que quizá así dejaba el cigarrillo para siempre ese niño. Se lo dijo de onda, como consejo. "Mi marido dejó los cigarrillos fumando Parliament, que son un asco", le dijo la directora al irse, a la apesadumbrada madre de Juan Arenas.
Pero de grande, Juan Arenas debió probar una y mil veces con estafar a gente. Para juntar dinero. Porque tener mucho dinero era su fin. Y los medios no importaban a la hora de obtenerlo. No había límites en el pensamiento desdichado de Juan Arenas. Se le habían muerto los padres, los dos juntos en la misma y única muerte. Andaba penando y haciendo malas cosas. Se puso malo el niño Juan Arenas y de grande, tramó sus actos delictivos. Si te quería escupir el asado te lo escupía. Hay que ser un hijueunagranputa para andar escupiendo el asado ajeno. Juan Arenas era así. Alguien, con el cual, nadie -y en ningún formato- se podía identificar para mirarse. Porque él mismo espantaba a las personas. Como lo hacen los espejos engualichados. Juan Arenas se quedó tieso con la propuesta que le hizo el diablo en ese bar. Su inmediato silencio. Sus largos y frecuentes tragos de whisky... lo delataban. No quería decir que sí, pero tampoco decía que no. No fue tajante. Estaba inseguro Juan Arenas de aceptar tal propuesta, que si bien era más que razonable para un desdichado, había que tener coraje para dormir en la calle. ¡Y todas las noches!, soñando con la guita que tenía en el banco. El diablo le anticipó que él tenía tiempo. Que lo pensara. Que se iba a quedar tomando unos tragos con él hasta que él se decidiera. Pero que no se iría sin una respuesta. Era un sí o un no. No había términos medios. Juan Arenas empezó a transpirar. Le sudaban las manos. Si bien en el bar el ambiente era agradable, a Juan Arenas de las manos le segregaba un sudor frío. Y de la frente le descorrían unas gotas. Se puso nervioso. Vio entrar a dos mujeres. Bajó la mirada. Y se aferró al vaso de whisky.
¿Se encuentra bien? Le preguntó el diablo. En eso levantó la cabeza Juan Arenas y mirándolo fijo al diablo, le dijo. Yo a usted lo conozco. El diablo hizo una mueca. Yo a usted lo conozco y no es el diablo, reafirmó Juan Arenas. Usted es Segismundo Torque. ¿Por qué viene disfrazado de diablo para verme? Le dijo Juan Arenas. El diablo se quedó callado. No dijo un mú. ¿Cuándo uno ha visto al diablo domado por un mortal? Quizá nunca. Quizá alguna vez, pero no es una cosa que todos los días suceda. Cuestión que algo de razón debe tener Juan Arenas. Al menos en este caso. Respecto a la apariencia de quien pudiera ser según Juan Arenas el señor Segismundo Torque, que según Arenas ahora viste de diablo. El diablo era simplemente un tipo que se había puesto una camisa a cuadros de colores, y un pantalón negro y una capa roja que le llegaba hasta la cintura. Se había puesto unos cuernitos prendidos a una diadema de las que usan las mujeres para sostenerse el pelo. Era un mequetrefe ese diablo que se le había presentado a Juan Arenas. ¿Qué pacto ni qué pacto? No sé si por lo borracho o por el momento de revelación que procuró Juan Arenas, es que el diablo se destapó, emocionalmente hablando. Y se le puso a llorar a Juan Arenas con la cabeza gacha sobre la mesa del bar. "No me sale, no me sale". Decía el diablo, sollozando, al que ahora y sin ninguna duda llamaremos Segismundo Torque. Tal como dijo nuestro protagonista Juan Arenas, en un diálogo anterior. Respetemos entonces las fuentes.
Quien escribe estas líneas a Segismundo Torque no lo conocía ni de mentas. Pero a Juan Arenas sí, a saber por las páginas anteriores, en las que se comentan hitos en la vida del malvado Juan Arenas. Pero ni bien dijo lo que dijo ese hombre, ridículamente vestido de diablo, me interesó. Me interesó la personalidad y el temperamento con los que se le presentó vestido de diablo a Juan Arenas en aquel bar, ese tal Segismundo Torque. Y pude averiguar sin molestar a Juan Arenas de quién se trataba este tipo excéntrico y sexagenario. Hice mis gestiones. Por fuera del relato, me contacté con los encargados del texto que se estaba escribiendo sobre el encuentro de Juan Arenas con el diablo, y pregunté por él, por Segismundo Torque; y dije que yo era un admirador suyo. Así fue que me pasaron el contacto, más bien la dirección de su casa. Allá lejos, donde el diablo ha perdido el poncho y a mal campo fue por leña, vivía ese demonio croto, pobre, en unos caseríos de mala muerte, saturados de lodo. El diablo Segismundo Torque vivía en la puta miseria. A ver si se me entiende. De la 7 y 29 donde queda el bar, tres mil leguas más para allá, hacia el norte. Por fuera de los aros de la circunvalación. Por fuera de la ruta, más metido en los caseríos hechos en el campo, donde no llegan las autoridades. Ni tienen agua, ni hay gas.
Entonces quiero rebatir a las falsas sirenas que dicen que el diablo viste a la moda. Que puede todo y tiene todo. No. Qué va. El diablo Segismundo Torque había venido de Uruguay. Se había escapado de una comparsa cuando marchaban en el carnaval por la 18 de julio. Vivió en los barrios negros de Montevideo. Cuestión que se escapó de la comparsa y no lo vieron nunca más, y tampoco nadie lo buscó ni preguntó por él en toda la República del Uruguay. Me lo contó un hombre viejo y una mujer joven. Don Washington Rodríguez y la pecosa Anabela Dos Santos. Los dos vivían en un circo con él. En Rocha. Me contaron muchas cosas de la vida de Segismundo Torque. Yo no las podía creer. Me dijeron que trabajaba de diablo en las comarcas alejadas. Que ellos le dijeron que no vaya, que lo iban a encarcelar por alguna estafa. Segismundo Torque, el diablo, cruzó el Río de la Plata a nado. Y llegó a las costas de la Maciel. Y allí se entreveró con gente de mal vivir. Cosa que a él le gustaba, según la pecosa Anabela Dos Santos, con quien tuviera hace mucho tiempo un romance. Ella lo quería, pero el diablo no tenía lugar en su corazón para formar una familia. Se lo dijo en la cara -me dijo Anabela- don Washington Rodríguez, a quien el diablo lo escuchaba y a veces le hacía caso. "Dejáte de embromar, hombre", me contó Anabela que le dijo el viejo. Pero Segismundo le respondió algo increíble, y le dijo a don Washington Rodríguez que era urgente por lo que se tenía que ir, que lo habían citado en una bar, un tal Juan Arenas, que me han dicho que es el diablo.



