Crónicas del subsuelo: Fiebre

Crónicas del subsuelo: Fiebre

Por:Marcelo Padilla

Así pasaban y eran los días en la posada de Griselda. Con Griselda atosigándome cada vez que podía, cuando su hija se iba a trabajar y yo estaba en la posada. A veces me negaba y me iba a cualquier parte a caminar. Por la calle, para no seguir con esto. Pero en otras situaciones yo me sometía. ¡Una relación venenosa! De ambas partes para ser sincero. Abril en su pieza y yo en la mía. Lo de siempre. Griselda implementando su plan a la perfección. Y yo queriendo desprenderme de esa locura mimética, de su plan macabro y lascivo. Yo era una víctima, pero también dejaba, que ella dispusiera así las cosas, con tal de yo poder estar con Abril. Sería un verdadero escándalo si Abril lo supiera. Que no quiero imaginarlo. Con Abril no encontrábamos el hueco para decirle a Griselda que estábamos cerca de la fecha de nuestro casamiento. Se lo queríamos decir los dos sentados, los tres en la mesa, cara a cara o cara o cruz. Estábamos buscando el momento con Abril para blanquear nuestra situación, y hablarle de nuestros planes. Del casamiento. De los testigos y de los padrinos de la boda. No se lo iba a prohibir la madre tampoco al casamiento. Sabía Griselda que eso no funcionaría. Prohibir. Porque si Abril se iba conmigo de la posada, casada y todo, Griselda solo tendría soledad para sus días y sus noches. Y nadie tendría que le ayude en la casona. Hasta que uno de esos días por la mañana, al querer levantarse, Abril se siente mal. No puede. No se levanta de la cama. No sale de su habitación. Está volando de fiebre y levitando. Y yo, que atiné a levantarme por un vaso de agua a la cocina, me sentía también molesto. Descompuesto. Y me volví a mi cama. Abril no estaba en la cocina como de costumbre, preparando el desayuno para tres. Me dijo Griselda desde el zaguán, que saldría a hacer unas compras, que Abril, tendrá que hacer reposo. Que tiene mucha fiebre y muchos mocos, y que está muy decaída su hija. Que se iba a demorar en el pueblo, me dijo Griselda. Que le haga el apoyo y le tome la fiebre. Y que si podía hacerle el favor de pegarle cada tanto una mirada a su hija en su habitación, por si necesitaba algo. Ella, mi suegra, me dijo: que estaría agradecida de mí. Que le llevara un té. Que si podía cuidarla por la mañana. ¡Claro que sí! Le dije a Griselda ¡Yo me quedo! Además, yo también me siento mal. He tenido ganas de vomitar. Y creo que en cualquier momento lo haré porque tengo el estomago revuelto. No sé. Me habrá caído mal la comida o la bebida, o ambas. Pero, a Abril no. Ella debe de haber tomado frío.

Sin embargo. Ya ida Griselda de la posada. Yo me pego una ducha caliente. Me hago un café y le preparo un té a Abril. Para llevárselo a su cama. Avisté por la ventana el clima para ver cómo iban vestidos tanto los hombres como las mujeres del pueblo. Llovía. La gente había salido muy abrigada y con paraguas. Yo debía de ir hasta una librería a por un libro, que quedé en pasar hoy por la mañana a buscar, y que me lo tenía reservado un bibliófilo de Acuamonte, llamado Gerson Giménez. Gerson Giménez es un hombre solitario y obtuso, pero que con los libros se abría a la conversación. Era uno de mis confesionarios. Digamos, un amigo, porqué no. Amigo que yo tenía en Acuamonte. Con él podía hablar lo que se me ocurriera. Al libro se lo había encargado a Gerson hace una semana, y hoy, -era ese día- tendría que pasar por él. Pero tendré que postergarlo para otro momento. No quiero dejar sola a mi futura esposa. Y enferma, como está. No tengo cómo avisarle a Gerson Giménez que no voy a ir a la librería. Pero, de alguna manera, él seguro entenderá cuando se lo cuente.

La casona estaba helada. Así es que me puse a cortar unos palos con el hacha. En el juntadero de álamos y eucaliptos caídos. De los que acumula Griselda para la temporada invernal allá en el fondo. Eso me lleva un tiempo en hacerlo, pero me pongo y corto los primeros, y son suficientes, como para que arranque la salamandra y empiece a calentarse la posada lo más rápido posible. ¡Hacía un frío de locos! Dos canastos de palos junté. El golpe de frío me hizo ir al baño con el estomago revuelto, y por fin vomité la comida y la bebida de anoche. Me hice un té de burro con mucho limón exprimido y una cebolla al hervor en una ollita. Tiritaba. Yo debí meterme en la cama a hacer reposo. Pero ¡Abril en una pieza y yo en la otra! Ya me parecía un sinsentido. Estimados colegas. Todo, a esta altura del relato, me parece un tremendo e injusto sinsentido.

Me sentí muy solo. Yo debería estar abrazado a Abril en la misma cama. Para cuidarnos. Calientitos. Los dos estábamos enfermos. Deberíamos pasarla juntos. Y en eso ¡miren cómo se dan las cosas! Que Abril me llama: Antonio, Antonio. Desde su habitación. Ahí voy, ahí voy, le digo yo. Cuando entro en la habitación Abril estaba pálida, lívida, con la cara estanca y dura. Me pidió que me quedara con ella en la habitación, sentado en una silla, a su lado: por favor Antonio, que me siento mal. Ella me lo dijo así, casi rogándome por las molestias, suplicándome que lo hiciera. Yo le pasé la mano por la frente en señal de cariño. Estaba hirviendo. Le dije que le haría bien tomar un buen baño, mijita. Que yo le prepararía la ducha, mijita. Que en cinco minutos se metiera al agua y que eso la iría a aliviar. Y que después le haría un té de limón. ¿Ya avisó mijita al café que no iría trabajar? Le grité, a mi futura esposa, desde el pasillo. No pero sí me dijo. Que su madre pasaría por el café a decirles a los encargados que ella no podía levantarse de la cama por la fiebre, y por el decaimiento que sentía. Griselda se demoraría mucho en volver a la casona. Tenía que hacer la compra de la semana en el mercado, y después ir a buscar unas ropas que le dejó a una señora que le cose. Y que con la señora que le cose, una tal Arrancia Hilda Rodríguez, viuda de un tal Héctor Raúl Diéguez, algo tomarían. Siempre toman té con sconnes las dos viejas. Y se ponen a hablar, y no paran. Que Griselda llegaría a la hora del almuerzo, me contó Abril. Y me dijo que le pidiera, dijo Abril, si usted Antonio podía, preparar la comida para cuando ella llegue. ¡Claro que sí! Le dije, mientras Abril salía de la ducha. Yo le advertí: Abríguese rápido mijita que le va agarrar la neumonía.

Abril entró a pie juntillas a su habitación, y yo con el té de limón también, atrás de ella. Ella se sacó la bata que la cubría. Y desnuda, delante de mí, empezó lentamente a secarse cada parte de su cuerpo con la toalla. La mano con la que sostenía el té de limón me tiritaba como a un parkinsoniano. Lo dejé en la mesa de luz, como si para mí fuese una costumbre, esto de verla desnuda a Abril. ¡No la había visto nunca así! Y miren en qué circunstancias uno viene a conocer el cuerpo de la novia ¡Antes del casamiento! Me ha hecho muy bien el baño, Antonio, gracias. Me diría Abril desnuda. La cara le había cambiado por completo. Estaba muchísimo mejor y muy hermosa. Le dije, "sos muy hermosa". Ella sonrió. Se puso una camisa a cuadros y se metió debajo las cobijas, desnuda, en las partes pudendas. ¿Me hace unos masajes en la espalda, Antonio, por favor? Me dijo suavemente Abril, dándose un vuelco con la cabeza, apoyando su boca en la almohada. Quieta. Yo no sabía qué decirle. Yo la miraba. Pero sí sabía qué sentí en ese momento, colegas. Porque uno, a veces, no sabe qué decir cuando se presentan situaciones como éstas. ¡Huelgan las palabras! Hay que actuar de facto. De aquí en más, dejo todo librado a sus imaginaciones, colegas, porque yo no les podría contar ni describir la hermosura de Abril, totalmente desnuda. Brillaba un color nacarado en su espalda. Yo, haciéndole masajes de los pies a la cabeza, con aceite. Ella, diciéndome cosas con doble sentido a mis oídos, como si me ronroneara a lo gato mimoso. Buscando la bronca. Buscando el zarpe atávico de la pasión.

El acto del amor total debía de ser lo que ustedes ya están imaginando, en esa posición, en la que estábamos unidos y trabados, tabicados en ese revolcar de piernas y movimientos con jadeos. Ustedes ya saben. De ahí en más, fue todo gemido y grito, y resonancias de satisfacción que rebotaban en el cuarto de Abril. De un hondo placer onírico. Teníamos toda la mañana para nosotros dos. El té que dejé en la mesita de luz se había puesto helado, y nosotros, con Abril, abrazados a un rencor de hace mil años. Pues, nos quedamos dormidos. Los leños se habían hecho cenizas y la casona volvió a ponerse helada. Me desperté con el frío, y me levanté y me vestí, y me puse a cortar más palos en el fondo. Junté otros dos canastos y los eché a la salamandra con unos carozos de durazno. Al rato, la salamandra, soltaba chispas. Las lenguas de fuego le sobresalían por las vetas del encastre. Y de sus goznes brotaba húmedo, el humo de los trompitos de eucaliptos. Entonces, la temperatura hubo de mejorar, y el perfume de la posada también. Y ya estábamos con Abril en la cama de nuevo, en posiciones diferentes a las que les comenté que imaginaran cuando se produjo el primer acto. Pues la mañana consintió en eso, en el acto del amor total.

Hacía años y pico que no estaba con una mujer (excepto aquellas noches de lujuria con Griselda, mi suegra) sobre todo desde que sucedió la tragedia y perdí a mi esposa, yo nunca tuve otra mujer desnuda en una cama. Con todo, ahora tengo la esperanza de encontrarla. Porque me han dicho que ella vive todavía por aquí, escondida en una cueva, alejada de la civilización. Le tengo que contar a Abril algún día todo, sobre mi verdadera vida. ¿Qué Córcega ni Córcega? Nada de Sicilia ni nada de Italia. Yo caminaba con mi propia historia sobre un hilo, de edificio a edifico, haciendo equilibrio entre Griselda y Abril, pensando mi objetivo. El objetivo de mi viaje, buscar y encontrar a Mademoiselle Jones, mi verdadera y única esposa.

Como habrán podido observar, se había puesto intrincada la situación. Ustedes quizá puedan entenderme ahora, en cada detalle que les he compartido hasta ahora, lo complicado de la vida, en este caso, de la vida de un profesional de la antropología errática. ¡Al carajo la ciencia! Miren las derivas en las que uno termina. Quizá, yo, no soy muy aplicado, colegas. Eso lo debo reconocer. Pero no quiero finalizar sin decirles que por el momento, Griselda no llegaba del poblado, y se habían hecho las dos de la tarde. Con Abril habíamos pasado la mejor mañana del mundo. Abril estaba en perfectas condiciones. Luego me dijo al oído, que ella, lo había pergeñado así, para que pudiéramos estar juntos: mi amor, mi futuro esposo. Dijo, abrazándome. Y me dio un beso en la boca, largo y sostenido, que me dejó como cordero degollado y sin aliento. Entregadísimo a sus encantos. "Ay Abril. Si todo esto fuera para siempre y fuera verdad", me dije para mis adentros, mientras preparaba unos tallarines para el almuerzo. Esperando a Griselda.

¿Se lo decimos?

Se lo decimos cuando llegue, dijo Abril. 

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