Crónicas del subsuelo: noche del 85 - Mendoza Post
Lunes 25 Ene 2021
porMarcelo Padilla

Le decía que se escribe para soportar el mundo, una exageración del culto. Justo cuando el piso se volvió a mover y la lamparita mareaba. Esta vez no hubo corridas ni apretamientos en las escaleras. Sábado del mundo que se achica en una aventurita trash de juventud. Holgazanería de antaño en bares con servilletas. De ahí la enfermedad de todo egoísmo patrullador de la vida del otro, porque el mundo se achica al entorno inmediato. Y ese entorno se ha podrido. Ama a tu enemigo como a tí mismo, le dijo a U luego de beber la litrona en la plaza principal. Es en la plaza principal la ejecución y las promociones oficiales ofrecen el servicio gratuito online.

Ni una gota de agua sale de la canilla y de la mochila del baño no baja ni chorrito. La plasta está ahí, diluyéndose, lentamente. Será el verano, pensó, luego de bailar sobre la cama que se mecía para uno y otro lado. En pleno naufragio en el sexto piso tomó las riendas y se fumó un porro de hojas. Es que él quería bailar al menos en un movimiento involuntario como en esas películas donde va la cama flotando en la inundación. Ese cliché de los directores de cines que de la cama han hecho un culto aparentemente pasionario. Como si en la cama se bailara. Bah, en el culto está la supuesta idiosincrasia, otra palabra que entró con taladro desde niños. La idiosincrasia. O el SER, que tanto han escrito literatos desesperados por no ver películas con camas pasionarias, digo, porque la preocupación intelectual surge de una desesperación encubierta. Aparentemente de la calma del pensar como pose, en el fondo desesperadamente ambiciosa. Luego viene Peter con sus teorías relativistas, su progresismo fetal que cultivó desde la secundaria en un colegio ateo y la cama deja de moverse. Ancestral son los que no están, que no me la vengan a contar ahora con el pelo atado y un poncho. Peter triunfa porque acciona desde el exterior, viene de doctorarse de Birmingham, la segunda ciudad inglesa en progreso y desarrollo capitalista que bien le valió una serie de moda en la que las boinas de los bandoleros tenían yilets y usaban como arma de combate calleja.

Ah, las boinas

Es enero, es verano, ha ocurrido nuevamente. Como en el 85, no a tal punto aquí en Desierto Folk pero en modo fantasmal apareció el enero del 85 cuando a la vieji se les resbalaron las chancletas por los vidrios de la estantería que explotaron y armaron una alfombra. La viejita se resbaló en el intenso movimiento y quedó en el piso sobre ese naufragio. Después le pusieron un clavo en la pata y bue... que se le hizo un agujero negro y la medicación del momento no cuajaba y las noches de aquella noche en una sola como ingreso a un tren fantasma poblado de conocidos. Las carpas al borde del canal y el barrio una noche entera. Fue ahí que el hugüito le pasó la réplica, tenía 16 años, y andaba con una 45 simulada en la cintura. Los de más arriba llevaban 38 y 22, pero esos disparaban de verdad, por eso, al bajarse del bondi aquella noche, los que iban caminando atrás apurándolo para que les diera los puchos, unos particulares 30 que tenía en el bolsillo de su camisa; no sacó la réplica del hugüito. Sabía que perdería. Como un guerrero oriental metió sus dedos al bolsillo de su camisa y atenazó el paquete de particulares, se dio vuelta y les dijo: -acá tienen muchachos- sin dejarse llevar por lo que de afuera podría verse como una situación complicada. Actuó como si no pasara más que eso, tomándose de las palabras de los chabones que le pedían cigarrillos, y luego, tuvieron de toque. Y el arma donde tenía que estar. ¿Para qué llevaba esa arma?

El agujero se solucionó a pura pomada de tarros. En cama de naufragio en esa casa que ya no es, la viejita pudo restablecerse y en su paciencia ancestral de sabiduría de provincia manejó el tiempo a su antojo, por lo que le contó de ese momento es que pasaron meses y ella estaba caminando de nuevo por la casa para preparar el mate de la mañana. De los naufragios sin película se ríen los cínicos que viven apoltronados en sus angustias de tarjeteo para una vida más confortable, escapándole a la incomodidad que es en definitiva condición para la vida. ¿O no? tal vez no. Las grietas verdaderas se han mostrado nuevamente como anticipo o desazón. Con algo de desgano ya no generan esas empatías porque en medio de una pandemia pandemónium ¿qué va? Las prioridades se desacomodan y la subjetivación de Peter ha calado lo suficiente como para hacer un focus group. Eso que lo haga el tipo de las tendencias. Que no son las del setenta, las de ahora: la guerrilla a puro avatar de cama de película pasionaria.

La noche

El viernes 25 de enero de 1985 salí de la casa de madre a tardecita hacia el centro a encontrarme con Charly. La idea era dar vueltas, teníamos 16 y 18 años y, como siempre, andábamos sin un mango en el bolsillo, igual se caminaba a pata firme hacia el paraíso juvenil, donde pocas cosas importaban si tenías ganas de algo que cautivara el deseo. El centro. Caminar por el centro dando vueltas por los cafés, por las plazas, a la deriva. La vida a la deriva como constante. Se imaginarán, no había celulares ni complejas tecnologías de distanciamiento como hoy, y no toda casa tenia teléfono fijo. La casa como refugio de alimento y colchón, la calle como experiencia de conocimiento y relacionamiento. Los libros no eran lo que nos aquietaba. Porque tampoco libros habían, ni en la mía ni en la del Charly. Solo en las casas donde vivían profesionales o militantes con profesión, que no era nuestro caso. Los libros estaban enterrados o eran parte del aire por el fuego. La calle, -el callejear- eran los libros y la ciudad su biblioteca abierta. Gobernaba la provincia el viejo Llaver, un radical corajudo por ese entonces que vino con la oleada alfonsinista en el retorno a la democracia. La democracia no tenía retorno- pienso ahora. La idea de retorno, confusa para las mayorías, alumbraba la posibilidad de un nuevo horizonte de libertades y de la esperada reconstrucción económica. Porque de la dictadura, además de los desparecidos, torturados y encarcelados, quedamos en la pobreza. El resultado del plan para el exterminio siempre fue un comunicado por televisión con la adusta solemnidad del miedo.

Miedo. El miedo no era el mismo miedo que hoy experimentamos. Tenía otro espesor. Era un miedo que no avisaba ni por un mensaje ni se daba por televisión. El miedo aparecía en una esquina cuando la policía pasaba con las sirenas, como ahora sucede en la ciudad y los barrios, pero por otros motivos y espesores. -Chau abuela, me voy al centro-, era lo que se decía. Hasta volverle a ver la cara cuando entraba a la casa. Al Charly le pasaba lo mismo, porque su abuela italiana era amiga y vecina de mi abuela sanjuanina. Una hablaba cocoliche y la otra en sus cantos. Tomaban mate y se entendían en una calma de provincia soporífera. ¿Vacaciones? La siesta, la tarde, la noche y su boca de angustia esperando aplacara el calor. El miedo era volver y no verlas. La muerte aparecía sin anuncios porque la verdad que la gente humilde vivía prácticamente hasta morir. Las dolencias sí, al central o al laggo, y nada más. Y leer el diario. Leer el diario a los 16.

En fin, estábamos con Charly esa noche de viernes en la Galería Independencia, en un bar del fondo que vendía licuados. Charlábamos con un grupo de chicos y chicas de San Luis que estaban de vacaciones y nos hicimos amigos por esas cuestiones de la caradurez y adrenalina de relacionarse.

-¿Conocen la Plaza Independencia?

-No-

-Es una plaza grande, la principal en la Ciudad de Mendoza, tiene arboles altísimos y hay bancos, ¿quieren conocerla?

-¡claro!-

-Entonces vamos.

A la plaza llegamos por Espejo y Patricias, por esa esquina precisa entramos. Eran las doce de la noche y unos minutos, no sé, ahora me entero que fue a las doce de la noche con ocho minutos.

A las doce de la noche con ocho minutos del sábado 26 de enero, ahora lo sé precisamente, la plaza empezó a zarandearse, los arboles a chicotear, los pinos, la desaparición de la luz, los bondis saltando en su propia desesperación, repletos.

Primer apocalipsis a dos años del retorno

-¡Bum, bum, bum, bum, bum!- y así, bombas debajo de la tierra.

¿Y Charly? ¿Y los chicos y chicas de San Luis?

Al Charly me lo cruzo en el pasto corriendo de frente a mí luego de los pinos. Nos abrazamos. Tiritábamos. Volvimos caminando hasta nuestras casas hacia Godoy cruz, el departamento más afectado. Cerca del Hospital del Carmen al cual se le cayó gran parte del techo y paredes. Había enfermos. Y familias humildes acumuladas cerca del matadero. En el matadero de Godoy Cruz, se vivía, luego de las faenas. Como naipes las casitas. De la Villa Hipódromo y de la Villa Marini. En el retorno confuso a la democracia, aun en indigencias, con una mitigada esperanza de los mayores. A dos años de ese retorno, Mendoza se cae.

Marcelo Padilla