La historia de Natalia, la niña que a veces cree en Dios - Mendoza Post
Miércoles 29 Ago 2018
porJorge Fernández Rojas
Periodista/Analista

Esta es una pequeña historia escrita en un celular por una viajera mendocina. Ella es Florencia Dibattista y ya lleva muchos kilómetros recorridos por el planeta.

Escribió este texto para demostrar cómo sobrevive la niñez tanto en Mendoza como en la India o como en este caso, en Bogotá, Colombia.

Su nombre es Natalia.. no, en realidad no es Natalia, solo que porque cuestiones de seguridad no puedo decir su verdadera identidad. Así es que cuando pregunte cómo quería llamarse, Me dijo "¡Natalia!"

Ella es una niña de 12 años, pero sin la niñez que debería tener, ha vivido tantas situaciones extremas que pareciera que fuera mayor!

Conocí a Natalia trabajando como voluntaria para World life experience en la fundacion Niños de los Andes en Colombia. 

Una niña morena, con ojos tristes pero fuertes. Me llamó el primer día a la hora del almuerzo para que me siente a su lado y desde ahí no nos separamos. 

Le pregunté hace cuánto estaba allí. "No hace mucho que estoy acá, y pronto sé que me voy a ir a casa"

Quise ahondar un poco más para saber cuál era el motivo. "He estado en diferentes centros de chicos seis veces, por escaparme de casa, otra vez por comportamiento, una porque el novio de mi mamá quiso abusar de mí, a veces por consumo (de drogas) y ahora porque el novio de mi mamá me violó. Encima supe que mi mama se casó con él hace un mes"

Es muy difícil encontrar alguna respuesta a eso, y más cuando la niña lo cuenta como si hablara de algo súper normal.

Le pregunte que de dónde sacaba tantas fuerzas, que en que creía.

Me dijo que a veces creía en Dios, a veces no, y a veces creía que solo ella podía sacarse así misma de todo eso.

Los sábados es el día de visitas... cuando llegué, estaba con parte de su familia, pero me vio y corrió a abrazarme. Estaba feliz porque su papá, su abuela y su hermana habían ido a verla. Me los presento, su papá me miraba con los ojos llenos de lágrimas, como si me dijera gracias pero al mismo tiempo con indignación porque no puede verla crecer día a día.

Su papá es albañil, está haciendo todo lo posible por sacarla, pero al mismo tiempo no sabe si le puede dar la vida que otros quisieron robarle. Una mezcla de tristeza, esperanza y resignación era lo que contenían esas lágrimas.

Natalia solo es una niña buscando amor, buscando gente que la escuche y que le diga que la vida no es eso que ella vivió, que la vida es otra cosa, que su vida está en sus manos, no en las manos de su padrastro que abuso de ella, no en los ojos que la juzgaron por verla consumir drogas, no en la gente que la condenó porque se escapaba de su casa, o porque su comportamiento no era el apropiado.

Natalia, así como un número infinito de niños (sólo en el centro bogotano hay 60 chicos y chicas como ella) a los que los adultos les arrebataron su niñez alrededor del mundo, están para decirnos, (como dice "Papá Jaime", el fundador de la organización) "No se escandalicen conmigo ni me condenen, pues yo soy el resultado de lo que ustedes me dieron, y mucho más de lo que ustedes me han quitado".

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