El "aguantadero" más peligroso de Mendoza - Mendoza Post
Viernes 20 Abr 2018
porChristian Sanz
Secretario Gral. de Redacción (click en autor)

Bartolomé Mitre es una avenida extraña, casi sin atractivos. No hay allí lugares rimbombantes para comer ni centros de esparcimiento populares, donde la gente se aglutine. Apenas sí bordea el emblemático Parque Central de la Ciudad de Mendoza. No es poco.

Allí mismo, cerca de esa enorme planicie verde, hay una humilde casa, descascarada, color crema. Sus ventanas ostentan rejas y aún pueden apreciarse los restos de papeletas de alguna antigua clausura. Se encuentra a pocos metros de un conocido pelotero llamado “Universo Encantado”.

Detrás de esas paredes, se esconde una realidad que inquieta a los vecinos. Una situación que los ha puesto en alarma en los últimos meses. Tiene que ver con la ola de inseguridad que se ha desatado en la zona, repentina y creciente.

La zona del Parque Central se volvió insegura

No se trata de hechos cometidos durante la madrugada, de manera subrepticia, sino de situaciones que se dan a cualquier hora del día. Siempre en la periferia.

¿Y qué tiene que ver esa desvencijada vivienda con lo aquí relatado? Resulta que, según los vecinos, se trata del “aguantadero” de los cacos, el refugio donde buscan resguardarse aquellos que minutos antes le han arrebatado todo a alguna pobre víctima.

Ver además: El impune aguantadero de la Cuarta Sección

“Siempre son los mismos, no se puede salir a ninguna hora ya”, me dice Horacio, quien junto a su mujer Sofía viven en la misma cuadra,  casi llegando a Coronel Plaza. “A nosotros no nos robaron, pero sí a casi todos los demás vecinos y los negocios”, agrega la mujer, con una sinceridad que apabulla.

Algo similar me dirá Alicia, quien vive en un complejo justo a la vuelta del “aguantadero”, también en Coronel Plaza. Al lado de un negocio que alquila elementos para hacer turismo.

Los ocupantes del "aguantadero" prepotearon al fotógrafo del Post cuando fue a sacar una foto del lugar

“A mi hijo le robaron dos veces, la última vez fue hace poco, en España y Coronel Plaza, a un par de cuadras de acá. Por suerte, los preventores agarraron a los chorros, pero fue pura suerte. Salió en todos los diarios”, contó con enojo la mujer.

No se trata solo de la periferia más cercana, el accionar de los malvivientes llega hasta varias cuadras alrededor y se enfoca particularmente en el Parque Central.

Uno de los hechos que involucró a los cacos ocurrió el 3 de enero de este año en ese preciso lugar, siempre según los vecinos. Fue a las 20.40 de ese día, cuando una chica de 20 años se encontraba en la esquina de Pellegrini y Perú, y fue sorprendida por un hombre que intentó robarle la mochila. Se salvó solo porque se le ocurrió ponerse a gritar.

“Salen, roban y se meten en la casa, donde nadie los toca. A veces caen presos, pero los largan a las pocas horas”, insiste Alicia. Y me recuerda un hecho ocurrido en 2017, cuando robaron un local de ropa que aún hoy se deja ver en Patricias Mendocinas y Barcala.

“Si te fijás, vas a ver que todos los vecinos y comerciantes están empezando a poner rejas para que no les roben”, avanza la mujer. El dato es fácilmente contrastable con la postal que regalan esas ingratas cuadras, donde la preocupación llega incluso hasta la geografía del colegio Norbridge.

Desde la Municipalidad aseguraron a este diario que están al tanto de la existencia del “aguantadero” y que tienen todas y cada una de las quejas de los vecinos registradas en su base de datos.

“Dependemos en general de los jueces de Faltas, que se toman todo su tiempo para actuar”, me asevera el funcionario en cuestión.

Todo indica que ello es real. El Post vivió todo ese derrotero cuando denunció la existencia de un lugar similar en las calles Rioja y Alberdi, en la Cuarta Sección.

El otro aguantadero, en la Cuarta Sección, hoy clausurado

Una y otra vez, ese lugar fue clausurado por la municipalidad, y siempre ha vuelto a funcionar. Debió intervenir la Justicia y “tabicar” la puerta con cemento para que ello no vuelva a ocurrir.

En este caso debería ocurrir lo mismo: algún fiscal tendría que intervenir para que los habitantes de ese lugar no puedan volver a las andadas. No es poco.