"Mi hijo está en quinto y apenas sabe leer" - Mendoza Post
Jueves 29 Mar 2018
porAna Montes de Oca
Periodista

R. tiene 10 años. Desde que comenzó el jardín las maestras exigieron a sus padres que “lo medicaran”. En los últimos seis años tuvo al menos cinco diagnósticos distintos. Lo medicaron para todos ellos. Empezó quinto grado y no conoce todas las letras, no sabe sumar, ni escribir en cursiva. 

Cansada de ver cómo su hijo es “odiado” por todos los que deben ayudarlo, Noelia Rivas ya no sabe a quién pedir ayuda. “No quiero que mi hijo siga pasando de grado sin aprender, quiero que alguien lo tome en serio y lo ayude, y no que se lo saquen de encima porque no es correcto para la sociedad”, resumió.

La madre relató que durante el embarazo se enfermó y tuvo que tomar una medicación “que después supe que era contraindicada en el embarazo”. “Cuando nació, durmió todo el tiempo. Las primeras 24 horas de vida R durmió, nunca comió, no le pusieron suero ni le dieron glucosa ni tomó la teta porque estaba dormido. Yo creo que todo eso tiene que ver con lo que le pasa a mi hijo, pero me dicen que no tiene nada. Le hicieron un electroencefalograma dormido y una tomografía y no había nada”.

"Mi hijo nació dormido"

El problema empezó cuando R. Comenzó el jardín. Se portaba mal, se levantaba y salía de la clase, no prestaba atención, no hacía caso. “Así que directamente lo sacaron, en octubre me dijeron que no lo mandara más”.

“Cuando comenzó la sala de cinco, la maestra le decia (al niño) que yo le tenía que dar una pastillita para que se portara bien. Me exigieron que lo hiciera ver así que lo llevé al psicólogo y a un médico particular que le diagnosticó TDAH (Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad) y lo medicó con Ritalina”.

Sin embargo, pese a cumplir con el requisito del tratamiento, Noelia se enteró mucho después que su hijo pasaba la mañana en la dirección en vez de aprendiendo en el aula. “Él me decía que tomaba el té con su amiga, la amiga era la directora”.

Así fue como comenzó el retraso en la educación del nene.

“Primer grado lo pasó porque el primero no se repite. En segundo grado el psiquiatra que lo atendía dijo que no quería medicarlo más. Como en la escuela me decían que necesitaba la medicación porque se portaba mal, lo llevamos al Centro de Salud Infanto Juvenil 1 de Godoy Cruz. Ahí lo atendió el psiquiatra nuevo. No me daba un diagnóstico, me decía que era un niño raro, que podría ser tal o cual cosa, pero lo seguían medicando con Ritalina y Risperidona”. 

Frente a la imposibilidad de darle un diagnóstico certero, el psiquiatra ordenó un tratamiento psicológico para el niño.

“R. estuvo en tratamiento psiquiátrico y psicológico tres años. A nosotros como padres nunca nos dieron ninguna orientación, nunca nos explicaron siquiera cómo diferenciar un berrinche de un problema. Nada”.

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Mientras tanto, el comportamiento del nene no variaba nada. “Sólo estaba más tranquilo porque estaba dormido”, aclaró la mamá.

Y seguía perdiendo clases.

Más que legajo, prontuario

“Yo venía pidiendo cambio de escuela porque ya varios psicólogos me habían dicho que el nene no tenía un problema, que eran las maestras. Pero me lo negaban. Hasta que un día la directora de la escuela me dice que me daban el pase, que la directora de la nueva escuela me estaba esperando, y cuando fui, la directora no tenía idea de nada. Nunca supo. Me hicieron un pase ficticio para sacarnos de encima. Volví a la escuela de donde nos sacaron y me dijeron que no me podían recibir. Mi hijo estuvo 15 días sin educación hasta que amenacé con poner un abogado y apareció el banco”.

En la nueva escuela se hizo muy evidente el atraso escolar de R. Por lo cual la maestra, para no atrasar al resto de los compañeros, en vez de intentar nivelar a R, lo derivó a escuela domiciliaria.

La escuela domiciliaria consistía en que el niño fuera 45 minutos dos veces por semana. Eso iba a ser un mes, pero terminó siendo todo el semestre. “El segundo grado fue un año perdido”, precisó Noelia.

“Para el tercer grado, la maestra domiciliaria me ofreció ser maestra de apoyo de R, pero en la escuela no me lo permitieron y, como mi hijo tenía prontuario en vez de legajo, la maestra le tenía miedo. A pesar de que estaba medicado y yo tonto lo levantaba, tonto lo llevaba a cursar tonto lo retiraba de la escuela y a las nueve de la noche lo tenía que volver a atontar para que sea un niño apto para la sociedad”.

No apto para la sociedad

“Al ser un niño tan rechazado por todos incluyéndome como mamá porque me cansé y no recibí ayuda y no sabía que hacer, y R tenía el rechazo permanente de todos: de sus maestros, de su psiquiatra de los amigos de la familia.... nosotros teníamos vergüenza de él, ahora sabemos que teníamos que apoyarlo”, reconoció la mamá.

En ese contexto, la escuela decidió que el chico fuera sólo una hora por día a clase.

“Una tarde me llaman de la escuela y me dicen que R había roto un inodoro”. Sin testigos, sin nadie que hubiera escuchado golpes, y aunque el niño aseguró que se paró en el sanitario para tirar de la cadena y se rompió, en la escuela aseguraron que él lo había roto a propósito.

El resultado fue que el psiquiatra hizo un nuevo diagnóstico: Trastorno Explosivo Intermitente Severo. (TEI, es una de las más de 100 enfermedades que se sumaron al manual de diagnóstico psiquiátrico DSM-5, publicado en 2013. Uno de los autores del manual renunció y denunció que, con este nuevo manual, todo comportamiento es patológico.)

Con ese diagnóstico, el psiquiatra le sumó dos medicaciones al niño: Olanzapina y Sertralina. Ambos medicamentos son antipsicóticos. La Olanzapina se utiliza para tratar a niños mayores de 13 años y puede provocar depresión, mientras que la Sertralina, si bien es un antidepresivo, alerta sobre la posibilidad de desatar ideas suicidas en niños y adolescentes.

Así, a los 9 años, R tuvo un intento de suicidio. A pesar de estar “contenido” por un psiquiatra y un psicólogo y con 4 medicamentos antipsicóticos.

“No fue, pero aprobó”

Con toda la medicación R dormía todo el día. Y dado el retraso escolar que tenía, los padres decidieron que era mejor que repitiera el grado y que ya no sufriera el rechazo de sus compañeros y docentes, así que decidieron dejar de enviarlo a la escuela.

Pero para su sorpresa, a pesar de haber concurrido sólo 7 días durante el segundo trimestre, el chico trajo una libreta impecable.

Entonces le explicaron a Noelia que R es un “alumno nucleado”, es decir, que pasa aunque no aprenda.

En la DGE no hablan de alumno nucleado sino de “trayectoria difrenciada”. Según explicó Vanina Capelli de la DOAITE, “se trata de darle al niño los conocimientos en base a los objetivos que él pueda llegar a alcanzar”.

La intervención de DOAITE es justamente para ayudar a los niños que tienen problemas en el aprendizaje y ayudarlos a aprender. Sin embargo en el caso de R, la DOAITE no evaluó al niño, sino que se basaron en los informes de la escuela y del psiquiatra que dio varios diagnósticos distintos. “El diagnóstico era de TDAH pero esos diagnósticos fluctúan con el tiempo” indicó Capelli, al aclarar por qué al niño se lo incluyó en una trayectoria diferenciada y aseguró que se lo envió a escuela domicialiaria porque “el niño no podía con las pautas dentro de la escuela”.

También agregó que trabajaron con “sugerencias a los docentes” y que la decisión de que repita o no es de la escuela.

Protección de derechos

A fines del año pasado el OAL intervino en la situación de R. Según les informaron a los padres, el Organismo impuso una “medida de protección” ante la denuncia (no queda claro si de la escuela o de DOAITE) de que el niño había dejado el tratamiento psiquiátrico.

Es verdad, luego de un episodio en que el chico encontró los remedios y tomó tres pastilas en lugar de una, La madre decidió no seguir. Para ese momento el diagnóstico era una “posible bipolaridad infantil”.

“Fuimos al Notti y desde allí llamé al psiquiatra, al psicólogo y a OAL para informar lo que pasaba. Nadie respondió, ni me contestó. Nunca apareció nadie, ni siquiera para decirme si eso era una picardía u otro intento de suicidio”, explicó Noelia.

Así las cosas, la madre dejó de darle la medicación a R y ya no lo llevó ni al psiquiatra ni al psicólogo.

Psiquiatra y psicólogo lo atendieron sin diagnóstico certero

“En OAL me dijeron que yo tenía que cumplir con el tratamiento y además, me dijeron que yo tenía que ir también al psicólogo. A R. lo vio un profesional de Dinaf que dijo que creía que era un caso de Ásperger”, precisó la madre. Este era el quinto diagnóstico que recibía su hijo.

A fines de febrero los padres de R tuvieron una nueva cita en OAL donde les dijeron que no iban a renovar la medida de protección porque desde el Infanto Juvenil (donde era tratado por psiquiatra y psicólogo) nunca les enviaron el diagnóstico.

“Mi hijo estuvo tres años en tratamiento ahí y no tuvo ninguna mejoría, al contrario, sólo se atrasó en la escuela cada vez más. Tampoco me dieron nunca un diagnóstico certero pero me lo medicaron para todo. Yo seguí las instrucciones del médico porque confiaba en él. Ya no confío. Yo pido que alguien de DGE intervenga para que le dé una solución y que pueda aprender como es su derecho, si tiene que repetir que repita, pero que no siga pasando de grado sin aprender, es todo lo que pido”.

Desde que su madre dejó de medicarlo, R está mucho mejor, más concentrado y tranquilo “es como si me hubieran cambiado el hijo, parece otro”, dijo Noelia aliviada después de casi cinco años.

El niño comenzó el quinto grado sin problemas con los compañeros o las maestras. Pero sigue sin saber las tablas, ni dividir, ni escribir en cursiva. 

Nota: Noelia Rivas brindó al Post el nombre de todas las personas involucradas (maestras, directoras, psiquiatras, médicos, personal de OAl, DOAITE, etc), pero pidió que no se revelaran porque no quiere hacer una denuncia, sólo espera que alguien de la DGE la ayude a que su hijo no siga atrasándose y tenga la educación que tienen todos los niños.