Historias de vida en la Peatonal mendocina - Mendoza Post
Jueves 9 Abr 2015
porAna Montes de Oca
Periodista

Aunque al municipio capitalino no le guste aceptarlo, la Peatonal mendocina se convierte cada fin de semana en un shopping a cielo abierto. Basta con sentarse a tomar un café para recibir una variada oferta de cuchillos, linternas, medias de toda clase, perfumes, sahumerios, agujas e hilo, pulseras y relojes en plata y oro, anteojos de sol, cobertores y mantas, orégano y nueces.

La cantidad de vendedores ambulantes que trabaja en la peatonal crece durante los fines de semana largos porque, ellos bien saben, “cuando hay turistas, se vende seguro”.

Algunos ya podrían escribir un libro sobre esas tres cuadras del centro de la Ciudad, como Alejandro, que hace 27 años que trabaja vendiendo de a pie en los cafecitos del centro.

“Acá lo más lindo que me pasó fue que llegué a conocer gente que nunca me hubiera imaginado tener acceso. Es muy lindo porque cuando estás hace tanto tiempo te vas haciendo tu clientela, y esos clientes te van conociendo y, a veces, hasta te tratan como un amigo”, dijo satisfecho.

Alejandro, el perfumero

Contó que entre esa clientela conoció muchos diputados y senadores que le abrieron sus despachos y orejas para escucharlo cuando tenía algún problema, y también algunos empresarios que se portaron “como verdaderos señores” con él.

Desde hace varios años, Alejandro vende perfumes de imitación “y muchas veces ves que te compran aunque no tengan necesidad, porque sabés que pueden comprar los originales, pero te das cuenta que igual te piden para darte una mano y eso es invalorable”.

Según el perfumero, la peor época fue durante la intendencia de Raúl Cicchitti: “por esos años, encima que había terrible crisis, no nos dejaban hacer nada, nos decomisaban todo y volver a juntar mercadería era casi imposible”.

Sin embargo, aseguró que en los últimos años la relación con los inspectores ya no es tan tirante y que sólo algunas veces les piden que se vayan “porque anda algún jefe dando vueltas”.

También deslizó que “este año no coimean”.

La otra policía

Los vendedores del centro son relativamente pocos, cerca de unos 20. “Acá los que llevamos años no solo nos conocemos entre todos, también tenemos claro quiénes son los pungas y chorros que vienen a afanar acá”, puntualizó el perfumero.

Añadió que siempre han trabajado con los mozos y los dueños de los cafés alertando sobre esta gente: “Uno cuida la zona porque es su lugar de trabajo y no queremos que se vuelva problemática, es importante para nosotros cuidar a los turistas, les avisamos que no dejen los celulares en la mesa, o las cámaras de fotos y siempre avisamos a los mozos cuando vemos a alguno rondar por algún bar”, explicó Alejandro.

En la peatonal hay clientes hasta tarde.

“Yo hace unos años me lo crucé al gobernador Jaque y le ofrecí marcarle a cada uno de los chorros. Le pedí 200 pesos porque tampoco me la iba a jugar gratis, pero no me dio bola”, confesó.

Patear hasta morir

Antonio tiene cincuenta y pico de años, es morocho, grandote, de pelo largo atado en una colita. Es de esos tipos que Kevin Costner contrataría para trabajar en una película de indios. Tiene aspecto fuerte y meditabundo. Y es gay.

El morocho grandote lleva 24 años en pareja y hace tres años se casó legalmente con Juan, que le lleva veintidós años. Antonio le dice cariñosamente “mi viejo”.

Jura que sólo por él sale cada mañana de su casa en el barrio Espejo de Las Heras, a patear las calles del centro intentando vender sus paquetitos de sahumerios “para pagar la comida del día”.

En sus ojos hay una mezcla de tristeza profunda, amor incondicional y bronca.

“Yo hace años que voto en blanco, no tiene ningún sentido ir a votar. Vos los ves a los políticos que prometen y prometen y después cuando asumen, sea del partido que sea, empezás a ver cómo roban y roban, me dan asco”, exclamó.

La Peatonal como medio de vida.

Y agregó: “Yo la veo a la Cristina cuando habla por la tele y dice que hace tanto por los pobres, que les dio tanto en diez años, y yo veo que todos mis vecinos siguen pobres y algunos somos más pobres que antes”.

La bronca de sus ojos desapareció y asomaron algunas lágrimas: “A mi viejo le tuvieron que cortar los dedos de los dos pies, porque es diabético ¿viste? Y él es jubilado con la mínima. Imaginate, apenas nos alcanza para pagar el alquiler, por eso yo tengo que salir sí o sí. Él me dijo de casarnos para que a mi me quedara su jubilación, pero yo ahora ando con bastón, me tengo que operar de los pies y de la cadera pero no tengo plata y no puedo dejar de vender porque no puedo dejar de atenderlo. Tengo certificado de discapacidad pero fijate que no me dan el subsidio porque estoy casado con un jubilado”.

Contó que a su casamiento invitó a todo el mundo: “policías, inspectores municipales, clientes, a todos invité. Algunos fueron”.

“A mí los inspectores nunca me discriminaron, ni nadie, yo nunca oculté nada porque aunque la vida haya sido durísima encontré el amor de mi vida y eso me hace levantar cada día. Yo ya le dije a Juan que cuando él se muera, no importa cuál sea el hospital, yo me subo a la terraza y me tiro. No tiene ningún sentido seguir viviendo si él no está, ahora hago todo por él y voy a seguir pateando las calles hasta morir”, concluyó.

La organización senegalesa

Andan por el centro de a dos o tres, mostrando brillantes cadenitas, pulseras y relojes de plata y oro. Son casi una atracción y ellos lo saben y sacan provecho de eso. Son tan negros que es imposible no mirarlos.

La gente los llama a veces para comprarles y a veces para charlar con ellos y sacarse la curiosidad, pero hablan poco.

Me acerqué a uno y le pregunté si podía charlar con él y me dijo “hablá con el señor Paco, que es mi jefe”.

Uno de los senegaleses de la Peatonal.

Es que estos senegaleses tienen una organización internacional de la que poco sabemos.

Los primeros que llegaron a Buenos Aires la montaron y desde hace varios años, van reclutando jóvenes que traen de África y los mandan a distintas provincias a vender la joyería que, según dicen ellos, traen de Brasil.

Paco llegó hace dos años, con uno de sus hermanos. Tiene 25 años y aunque entiende bien el castellano, apenas habla, no permite que le saquen fotos y a todo responde “bien”.

Dijo que acá está “bien”, que su vida en Senegal era “bien”, que sus padres quedaron allá y están “bien” y aclaró: “es que nosotros somos así, todo bien”.

Señaló que sus padres se dedican al comercio de electrónicos en su país de origen pero que él les envía dinero todos los meses.

Un grupo de señoras mayores lo retuvo en su mesa por más de una hora, probándose cadenitas, aros y relojes, algunas le compraron, lo trataron muy bien, le dijeron que “le hable bien a la periodista de Argentina y de las abuelas de Mendoza” y luego me alertaron: “mirá que son inteligentes, ¿eh?”, casi sorprendidas.

La mayoría de los “buscas” de la peatonal sabe que no es fácil entrarle al mendocino: “Mantenerse acá es un orgullo- puntualizó Alejandro el perfumero- no sólo porque los que trabajamos en estas calles somos decentes y hemos optado una vida honesta antes que salir a robar, porque acá todo el tiempo te están tentando con propuestas poco santas, desde robar, hasta vender dólares falsos, pero cuando llegaste a mantenerte casi 30 años de esto, es porque siempre has cuidado tu presencia, has mejorado tu lenguaje y te has comportado siempre con respeto. Hay mucha gente que apenas te mira, pero cada tanto alguien te escucha, te pregunta, como vos, quién sos, y te sentís alguien de nuevo”.

Antonio lo resume: “yo quisiera un gobierno que eduque mejor a la gente, para que no discrimine tanto a la pobreza, yo veo acá gente que se lleva las sobras de la comida de las mesas, que se toman la bebida que quedó, y de las otras mesas los miran con asco Yo muchas veces tengo hambre, pero me aguanto”.

La ley despareja

En la ciudad de Mendoza, la venta ambulante está prohibida. Por esa razón, hace unos días, las mujeres que hacían trueques y venta de ropa usada en la Plaza Independencia, se encontraron rodeadas de policías e inspectores y a algunas les quitaron los bolsos que llevaban.

Les dijeron claramente que la ordenanza les prohibía vender o trocar (porque también se considera venta ambulante el trueque) aunque no exhibieran nada, y les sacaron su única fuente de ingreso.

Los vendedores de la peatonal han tenido un poco más de suerte a fuerza de constancia y de permanencia, aunque también hay días en los que les dicen que se vayan.

Mientras tanto, los arbolitos siguen de pie, ofreciendo dólares y pesos chilenos a viva voz, sin que nadie, ni inspectores ni policías, les diga que eso que hacen es ilegal.

En la ciudad es más fácil cometer un delito federal que infringir una ordenanza.