Crónicas del Subsuelo: "Astrofísica espiritual" - Mendoza Post
Crónicas del Subsuelo: "Astrofísica espiritual"

Crónicas del Subsuelo: "Astrofísica espiritual"

Lunes 22 Ene 2018
porMarcelo Padilla

Trafica el ardor la ciudad sostenida por sus cables en la tenue paleta de sus climas. Sube. Las tardes recortadas dan al cielo, distintas en cada rincón de patio, frío en la cacería más baja excepto en las copas de los morros. El sol dura más en esas lejanías de altura y bosques de tierras tomadas. Valparaíso no cuenta más de lo que muestra: consagrada la pobreza y alistado su patrimonio para el visitante voyeur que mira a través de cámaras garúa el puerto de franceses. El viejo vecino sale a trabajar con 70 años iguales luego de jubilarse. El viejo arregla ascensores desde los años de ñaupa. “Es que la jubilación aquí es un tercio o menos de lo que uno ganaba”, me cuenta mientras bajamos las escaleras rumbo al precipicio. De su escondite lo despide su esposa parada en la puerta. Pasan gringos. Pasan japoneses. Pasan alemanes y suizos. Todos esperan que huya el viejo pronto al norte de sus párpados nublados, para sacar fotos de murales. El viejo estorba. Su esposa también y se hunde en el balcón imaginario que sostiene a su guarida de chapa. En la puerta su hija pega apretones a su pololo. También estorban. El precio del desprecio turístico es no hablar con su gente. El turismo consagra la pobreza en fotos exquisitas, latas y maderas, vidrios y plásticos, gatos y gatas. Eso: el turismo.

Eva no sabe hablar español. Ha llegado hace dos días desde Bélgica huyendo de sus 19 años, rumbear para el sur de Chile en una aventura de 7 meses. Solo sabemos que cuando vuelva en setiembre empezará a estudiar psicología, nos contó, pero en inglés. Richard la asiste con el idioma y sus traducciones. El noble Richard es de Santiago y para aquí en Valpo por estudio junto a su compañero Leo. Un cursito de verano que han tomado para sus especializaciones en la Universidad en Santiago: Astrofísica. Richard tiene 22 años y en donde paramos (un hostal metido en un cerro de Valparaíso) hace astrofísica espiritual dibujando atlas con la conectividad que dan los fotones a los que habitan la ciudad. Eva tiene un toque de temor permanente, se apichona en el patiecito largo del hostal y casi no habla, pero participa y sonríe con su no mirar belgicano. Hace unos días ha pasado el Papa por Chile y en Valpo no se nota. O sí. En la prensa anarquista y en las paredes lo rechazan. La gente aquí no está ni ahí con la iglesia. O las iglesias. En todo caso la iglesia por excelencia, el sostén material del imaginario diverso del porteño, es el propio Valparaíso que trepa, tal vez huyendo del puerto, que luego baja dándole la espalda al mar. Neruda es un viejo choto hecho estatua. Neruda está muerto de verdad porque tiene museos y plazas y calles con su nombre.

La señora que atiende el kiosquito de la esquina está desde las diez de la mañana hasta las diez de la noche parada en un rectángulo de dos por siete. Por momentos sentada en un banquito a la altura de la cara de los clientes. La ciudad es también su cansancio. Y el cansancio vitalidad en el vientre de lo que signifique -todo lo que pueda significar- la expresión “vida cotidiana”. Suena a cansancio y a la vez a vitalidad, y a miles de monstruos que pueblan la existencia. A una ciudad como Valparaíso se la sostiene básicamente porque se la camina y se la toma. Se la usa y ensucia. Luego se la limpia, se la usa y ensucia. Las ciudades limpias son las que prohíben su uso.

En el asadito a la chilena nos juntamos: Richard, Eva, Valeriano, Dog (así le llamo porque no me acuerdo el nombre del neozelandés experto en drogas de diseño y en la cultura maorí) y Emanuel, nacido en Santiago y residente hace diez años en Albany, capital de New York. Fue el que se acercó con un pedazo de carne y una bolsa de carbón para participar de la ronda rectangular. Hablamos casi toda la noche con Dog sobre Nueva Zelanda y su Estado de Bienestar que tiene entre sus pobladores casi al 20 % de maoríes nativos. Muchos en las ciudades desparramados de su cultura. “Guerreros. Peleadores de la calle”, cuenta Dog entre trago y trago de vino tinto. Dog habla muy bien el español por su madre chilena. Dog tiene 26 años pero vivió 40. Dog bebe. La noche es un patio rectangular. Hay algunas estrellas. Astrofísica Richard no habla de estrellas. Toca en la guitarra temas de Bob Dylan.