Un cierre de año turbulento que genera nuevos desafíos - Mendoza Post
Lunes 25 Dic 2017
porEmiliano Rodríguez (*)

El gobierno de Mauricio Macri logró sortear finalmente con éxito la turbulencia más severa por la que debió transitar desde que el ex alcalde de la ciudad de Buenos Aires asumió la Presidencia de la Nación a fines de 2015.

El oficialismo consiguió salir airoso de una situación a todas luces compleja, con la aprobación de la reforma previsional en la cámara de Diputados, aunque terminó magullado e incluso alborotado puertas adentro a causa de los salvajes incidentes ocurridos en la Plaza del Congreso tanto el jueves 14 como el lunes 18 de diciembre pasado sobre todo.

Antes de las Fiestas de fines de año, el macrismo tuvo que lidiar con una semana que prácticamente no le dejaba margen para el error y pese a sus reiterados desaciertos en material comunicacional, supo terminar en una pieza e incluso se las ingenió para obtener dividendos políticos de los disturbios ocasionados frente al Parlamento.

En este sentido, los sectores más radicalizados de la izquierda, incluyendo al "rastafari tumbero" aún prófugo de la Justicia, junto a grupos anarquistas y a simpatizantes del kirchnerismo que generaron escenas de caos y destrozos al por mayor en las inmediaciones del Congreso terminaron siendo funcionales al Gobierno.

¿Por qué? Porque los incidentes que provocaron al atacar brutalmente a los agentes de la Policía de la Ciudad que conformaban el operativo de seguridad acapararon, como no podía ser de otra manera, la atención pública y eclipsaron la masiva movilización que se estaba desarrollando en contra de la reforma jubilatoria cuando empezaron a volar las primeras piedras.

Luego, ya todo se desmadró

Los considerados "anti-sistema", entre quienes se comprobó que figuraba un sargento de la Policía Bonaerense con problemas psiquiátricos que ya fue desplazado de la Fuerza, no solo estropearon esa multitudinaria manifestación, sino que además, permitieron al Gobierno desentenderse casi por completo del reclamo popular y enfocar su discurso en los desmanes y en los revoltosos que los causaron.

Es más, aunque parezca insólito, legisladores de izquierda e incluso del kirchnerismo justificaron los incidentes y hasta se podría decir que los arengaron, al forjar una alianza política para machacar sobre el presunto "robo" que el Gobierno pretendía llevar adelante con los jubilados y el creciente descontento que esta iniciativa provocaba en la gente.

Un sabor agridulce

El revuelo desatado en torno de la reforma previsional, con disturbios afuera y escándalo dentro de la cámara de Diputados, forzó a la gestión macrista a completar un segundo año de mandato con sabor agridulce, ya que el Gobierno logró alzarse con una significativa victoria en las elecciones de medio término, pero finaliza a los tumbos 2017.

Apenas dos meses después de aquella algarabía generada por el resultado de los comicios, en los que Cambiemos recibió el apoyo en las urnas de cuatro de cada 10 votantes e incluso se anotó un empalagoso triunfo sobre la ex presidenta Cristina Kirchner en la provincia de Buenos Aires, el oficialismo no supo evitar que la oposición instalara la idea de que con el cambio de fórmula se les estaba "robando el dinero a los abuelos (y abuelas)".

No consiguió desactivar esa bomba de tiempo que se estaba gestando y que finalmente le explotó en las manos a un Gobierno que continúa fallando en su estrategia comunicacional: porque si efectivamente esta reforma termina beneficiando a los jubilados en el mediano plazo, como asegura el macrismo, el 60 por ciento de los argentinos cree lo contrario. Así lo indica un sondeo de opinión divulgado recientemente.

Los más pragmáticos dentro de la gestión de Cambiemos dirán que, en definitiva, se trata del mismo porcentaje de la población que el 22 de octubre pasado brindó su respaldo al oficialismo y "pintó de amarillo" gran parte del país el que ahora confía en la palabra del presidente Macri cuando sale al cruce de la oposición e insiste en defender la iniciativa.

Pero en política, cuando es la credibilidad de un Gobierno la que termina quedando bajo escrutinio, la ecuación no resulta ser tan simple, tan lineal; y en la Argentina, en donde jamás en las últimas siete décadas un Jefe de Estado no peronista elegido democráticamente consiguió finalizar su mandato, menos...

Aquí, credibilidad y gobernabilidad son hermanas siamesas.

Y en este contexto, si llegaran a tener razón aquellos que cuestionan la reforma previsional, al sostener que dañará a los jubilados (al menos en el corto plazo), la oposición indudablemente se encargará en los próximos meses de propagar la idea de que "Macri mintió".

Se trata ni más ni menos que de la misma estrategia que el kirchnerismo comenzó a desplegar en los últimos días, aunque por ahora tímidamente, bajando líneas a su militancia con un discurso en el que se pone en duda la legitimidad de la victoria de Cambiemos en los comicios pasados porque el Gobierno se abstuvo de blanquear antes de las elecciones -e incluso lo llegó a negar- el paquete de reformas que enviaría al Congreso.

Desafíos para un año de transición

Las cacerolas volvieron a tronar en las calles del país después de otra medida aparentemente impopular del Gobierno -o al menos ésa fue la sensación que quedó instalada-, como había ocurrido a mediados del año pasado cuando la clase de media, en su mayoría, también salió a protestar por el salto dispuesto para las tarifas de servicios públicos.

Si bien hasta 2015 eran los "caceroludos", ahora el kirchnerismo, en su incómodo rol de oposición, se hizo eco lógicamente del reclamo y lo alentó, esgrimiendo que "el pueblo" salió a manifestarse porque Macri pretende llevar adelante -según dicen ellos- un brutal ajuste en perjuicio de los sectores más vulnerables de la sociedad.

Vaya paradoja, son los mismos dirigentes que dejaron un déficit fiscal equivalente al 5,5% del tamaño de la economía cuando abandonaron el Poder a fines de 2015 tras 12 años de mandato, de igual modo que deudas en organismos de la administración nacional por 207.000 millones de pesos.

Con el recuerdo aún fresco de los incidentes de diciembre comenzará dentro de unos pocos días 2018, un año de transición para la política argentina, pero que de todas manera supone nuevos desafíos tanto para el Gobierno como para la oposición, con un massismo a la deriva y un peronismo no kirchnerista cada vez más perfilado hacia la centro-derecha, pero que aún se esfuerza por rediseñarse.

La gestión macrista deberá afinar el lápiz en materia comunicacional y aprender de la traumática experiencia que vivió después de haber considerado que sellar un pacto con gobernadores alcanzaba para aprobar sin grandes sobresaltos la reforma previsional luego de haber conseguido "al trotecito" su media sanción en la cámara de Senadores.

Reanudar las mesas de diálogo que ensayó en algún momento de la gestión podría ser un buen comienzo, convocando incluso a los sectores más díscolos.

Sobre todo viendo que el kirchnerismo parece interesado en dominar las calles y quizá por ese motivo concretó una alianza imprevisible con la izquierda trotskista que lideran dentro del Parlamento nacional el anti-parlamentario Nicolás Del Caño y sus aliados.

Reducir el déficit fiscal, bajar la inflación y espolear la reactivación económica son objetivos de mínima para el Gobierno, que sigue adelante con su riesgoso plan de contraer deuda -hasta septiembre pasado llevaba emitidas en 2017 nuevas obligaciones de pago por 21.700 millones de dólares- a fin de solventar gastos corrientes, realizar obras públicas y afrontar vencimientos financieros, entre otras cuestiones.

¿Y de máxima? Quebrar una inercia de cuatro décadas y lograr que finalmente crezca el ingreso per cápita en la Argentina sería una extraordinaria meta.

Por último, para los opositores, líderes o no, si pretenden construir un proyecto alternativo de gobierno con vistas a 2019, su primer paso debería ser dejar de subestimar a Macri y a su presunto "partido vecinal", hoy convertido en la principal fuerza política del país.

En tanto, para el justicialismo y en especial para el kirchnerismo, sería saludable que tomaran 2018 como otro año de aprendizaje, asumiendo como reto ejercer una oposición con perfil constructivo y permitirse que una gestión no peronista finalice su mandato por primera vez desde 1945 en la Argentina.

(*) NA, especial para Mendoza Post