Crónicas del subsuelo: corchazos en la navidad de los burros - Mendoza Post
Domingo 24 Dic 2017
porMarcelo Padilla

Eran otros tiempos. No sé, tal vez por un deja vú en estado infante, las navidades antes unían. La familia atravesada siempre por sus silencios, oscuridades, negaciones, omisiones, “llamadas permanentes al orden”.

Parte del juego social. Reglas, normas implícitas e inconscientes que vigilaban a sus miembros desde interpelaciones que no daban lugar al hiato. Discursos panópticos que integraban. Las sorpresas. Los parientes cercanos, lejanos, los que venían de otras partes. Tiempo de gitanos en mesas largas para el festejo. Esperanza. Un acontecimiento.

Casi todas las navidades iguales, como casitas de barrio de un plan de viviendas. Las casitas envejecieron y las familias se desmoronaron. No es nostalgia del pasado. Es solo un recuerdo del aflojamiento, o tal vez una postal de un tipo de control suave, bajo el cual, participábamos todos. 

¿Cuándo fue eso? No sé, quizá en alguna huella imaginaria de la memoria sin fecha específica, sin año, en la navidad burbuja, haya ocurrido. Todo aquello se aflojó y hoy sigue un curso incierto, donde cae el agua se hacen hilos, mapas sobre la tierra, cartografías fútiles que el sol luego seca dejando jeroglíficos. Las familias desmoronadas y en venta, en alquiler, otros órdenes posibles para pensar que el mitodel nacimiento de Jesús tiene mil y una noches para contarlo. Es ésta navidad, éste diciembre, estas noches deshabitadas las que se retuercen bajo los controles exteriores. Una navidad gendarme. La navidad del miedo buscado.

Cuando las sociedades están un poquito mejor empiezan los histeriqueos. Los síntomas. Forzadamente, muchos estas noche brindaran y otros no tendrán motivo para hacerlo. Éste diciembre es probable que ni Jesús esté en el pesebre. Jesús es tan solo un muñequito de yeso. El pino de plástico, las lucecitas de colores en las puertas de las casas, la simulación de una festividad. La navidad simulada, controlada, amenazada por drones que no tiran desde el aire regalos. Tiran fotos. En los barrios habrá una noche, la última. Y los corchos apuntarán contra los que no quieran festejar el año del monstruo. 

Bajo el autoritarismo reinante, sin titubeos, los corchazos dejan agujeros con sangre. Corchazos a jubilados, mujeres, niños, fotógrafos. El niñito de yeso ha escapado gateando por efecto de los gases y los burros tomarán la posta. El periodismo ataca desde la retaguardia de las fuerzas especiales. Por momentos hay recambio y los que están ahí en el frente de batalla, tirando y tirando a la manada, son los periodistas. He visto a muchos “periodistas objetivos”. 

He visto a muchos “periodistas independientes”. Flojitos de convicción pero con el manual del camaleón bajo el brazo. Como los diputados con miedo que se pasan de bando por nada, solo por miedo y algunas migajas. He visto a muchos periodistas escribir para sus patrones. En la mesa de navidad habrá drones con regalos para las familias periodísticas que hayan pasado su CBU (el martes podrán ir al cajero a ver cuánto les toca y cuánto valió su trabajo) Como los diputados oficialistas, palmeados por cada nota de servicio a la comunidad desorganizada.

Voceros que compiten por la bandera. Hoy el periodismo está con los ricos pero solo por Skype (no se equivoquen, no son invitados al banquete) Si la familia controlaba las actuaciones en aquel deja vú, hoy los que controlan son los periodistas y gendarmería. Y si nos guiamos por el Prime Time, a los 44 tripulantes del ARA San Juan los desaparecieron también los periodistas. Gobierno, periodistas y fuerzas especiales: la nueva familia que controla las navidades de los pobres y de los que pensamos distinto.