¿Cuánta violencia soportan los hombres? - Mendoza Post
Lunes 11 Dic 2017
porAna Montes de Oca
Periodista

Mi novio me sacó tarjeta amarilla. Con toda la razón del mundo, después de una discusión en la que reclamé cosas sin sentido, me mostró todas las faltas que había cometido en los últimos días.

Y me espanté.

Pedí perdón y acepté, avergonzada, que tenía razón. Pero al mismo tiempo sentía que yo en su lugar hubiera sacado la roja hace tiempo.

Necesitaba arreglar el enchastre, compensar para aliviar la infladura de gónadas que había provocado en la persona que realmente amo. No sabía cómo.

Ojo con el masculino...

Entonces hablé con otros hombres y todos me dijeron lo mismo: que no me preocupara tanto, que ellos estaban acostumbrados, que todas las mujeres somos rompebolas y que el enojo se les pasaba. Que era importante reconocer cuando ellos tenían razón. Que con eso bastaba.

Me espanté más.

Me dio la sensación de que las mujeres somos como los estatales de las relaciones. Que tenemos un mar de privilegios sólo por el género. Que se nos permiten arranques ridículos sólo por tener hormonas distintas, que somos beneficiarias de una paciencia que nosotras no tenemos ni por nuestros hijos en sus mejores momentos, que podemos hacer y deshacer planes en la vida del otro porque somos naturalmente mandonas y nos gusta que el otro haga lo que le decimos.

Mi hermano me recomendó escuchar el segmento “Gordos con chorizo” (no me animé a averiguar el por qué de ese nombre) del programa que hace Sebastián Wainraich en la radio.

Diez minutos escuché. Hombres contando cómo sus mujeres los hacían pasar cinco horas mirando invitaciones de casamiento, o quejándose (y maltratarlos) porque se sentaron a tomar un mate después de terminar de pintar una habitación entera con techo y todo. Uno contaba que se había ido un finde a la costa a pasar un par de días románticos y la novia lo hizo cortar el pasto y limpiar la casa, otro relaaba cómo su mujer le había impuesto los testigos de casamiento (que eran parientes de ella). Cuando escuché a uno que dijo “me reta por cosas que todavía no hago pero que está segura de que lo voy a hacer mal” no pude más.

Me espantaron tanto las historias como el hecho de que se lo tomaran con gracia. Nosotras, privilegiadas, tenemos una ley que contempla todo eso como violencia psicológica. Y hasta podemos mandarlos presos por eso.

¿Cuántos de ellos responderían que sí?

Soy feminista, defiendo la igualdad de derechos.

Y no me parece bien que tengamos el privilegio de que nos llamen “rompebolas” por cosas que, si hicieran ellos, serían tildados de “violentos”.

Si queremos igualdad, hagámonos cargo.