Aprender de #Los44 - Mendoza Post
Viernes 24 Nov 2017
porRicardo Montacuto
Director Periodístico

Conmueven la dureza, la bronca, el llanto, los gritos de los familiares, aun acostumbrados a vivir en la incertidumbre y las oraciones con cada inmersión. Coqueteando permanentemente con la fatalidad, mantuvieron la esperanza cuanto les fue posible. Hasta ayer a las 11 de la mañana, cuando en un desprolijo operativo en la base naval de Mar del Plata, intentaron explicarles que todos murieron, pero sin decírselos.

Conmueven las olas gigantes sacudiendo el mar adentro en Comodoro Rivadavia, y empapando las calles al estallar contra los murallones del puerto, ante periodistas porteños sorprendidos por la furia de la marea. Algo a lo que los nacidos en la Patagonia estamos acostumbrados. Cada tanto hay que reconstruir algún muelle por las intensas tormentas.

Conmueve el mensaje de Jessica Gopar, la mendocina esposa de Fernando Santilli, uno de los operadores de timón del submarino, mendocino y palmirense con un niño de un año de edad que apenas aprendía a decir papá. “Adiós, mi amor” escribió en Twitter para sublimar algo de ese dolor inmenso, como el mar que sepultó a su esposo.

Conmueven las fotos de los 44 tripulantes y sus historias. Aprieta en el alma el saber –ahora sí - que se murieron por causa de una tragedia horrible. De una fatalidad, a la que no se podría llamar “accidente”, porque no sabemos exactamente lo que pasó. Sólo que hubo una enorme cadena de negligencias en toda la línea de mando de la Armada. Pero sí sabemos, porque los argentinos lo hemos vivido con dolor en los últimos “veintipico” de años, es que si el submarino explotó y se hundió llevándose a los 44 al fondo del mar, es porque muy probablemente el ARA San Juan -como dijo Itatí Leguizamón, la esposa dolida y furiosa del radarista santafesino y cabo primero de la Armada, Germán Oscar Suárez- la nave ha estado “atada con alambre”, como hacemos con casi todo. “¡Los mandaron a navegar en una mierda…!” dijo a los gritos la abogada, mientras en Buenos Aires el Capitán de Navío Enrique Balbi daba la “noticia” de la explosión.

Itatí con su esposo Germán, el 2 de noviembre, y ayer ante los medios.

La corrupción, el robo y la desidia matan. Hemos aprendido esa lección con sangre y con muchísimas vidas.

El desfinanciamiento de las FFAA

Días atrás, el coronel (RE) Carlos Pissolito, un ex militar experto en cuestiones de paz, de defensa y de seguridad que ha sido miembro de misiones internacionales argentinas, nos contó en el programa “Te Digo lo que Pienso”, cómo era el desfinanciamiento que habían sufrido las Fuerzas Armadas. Habló de un “Cromañón militar” en una entrevista extensa y útil.

Los datos que nos dio Pissolito se confirman al analizar en el sitio web del Banco Mundial, cuánto invierte cada país en presupuesto militar respecto de su Producto Bruto Interno, es decir, de la riqueza que genera. Hay un “estándar” aceptado por las Naciones Unidas, del 1,5 % del PBI en modernización, equipamiento, e inversión, armamento e incluso desarme y transformación de las FFAA para la defensa o para la paz. De acuerdo a cifras del Yearbook del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), por sus siglas en inglés, la Argentina invertía en la década del sesenta un 1,2 % de su PBI en cuestiones de defensa. El año pasado, la inversión fue sólo fue el 1 % del PBI, de las más bajas de la región.

El rezo por los marinos desaparecidos.

El presupuesto militar argentino en función del PBI es pobre comparando con otros países. Bolivia invierte el 1,7 %; Brasil, el 1,3 % (3 % en la década del 60), Chile el 1,9 % (2,9 % en los 60); Colombia el 3,4 %; Ecuador el 2,2 %; Estados Unidos el 3,3 % (8,4 % en los 60). Por continente, América Latina es el que menos invierte.

Argentina y Chile

Las cifras, frías, dejan ver la realidad. El porcentaje que invierte la Argentina en defensa es de un PBI de crecimiento casi nulo en los últimos años, y bajo en el pasado reciente. Tomamos dos países vecinos con gobiernos de dictaduras y a punto de ingresar a una guerra en 1978, como Argentina y Chile. Nuestro país gastó en defensa el 3,5 % de su PBI de 2.200 dólares por habitante aquella vez, en el medio de la tensión por el Canal de Beagle y las islas Picton, Lennox y Nueva. Es decir, 77 dólares de PBI por cabeza fueron a presupuesto militar. Chile, en el mismo año, con el mismo tipo de gobierno y en el mismo conflicto, invirtió en defensa el 6,5 % de su PBI, que por habitante era de 1462 dólares. Es decir, poco más de 95 dólares de su PBI, por cada habitante. Desde aquellos momentos de pre guerra Chile creció 10 veces y la Argentina poco más de cinco, de acuerdo a cifras del Banco Mundial. Es decir, crecimos la mitad que Chile. Sufrimos en el medio la dictadura (igual que Chile), la guerra de Malvinas, la pobreza, la hiperinflación, la crisis del 2001, las tasas chinas primero de desempleo y después de crecimiento, y luego las políticas de cerrazón económica del kirchnerismo. Hoy, nuestros vecinos al otro lado de la cordillera gastan en defensa 262 dólares de su PBI por habitante (ejecutado 2016) y Argentina gasta menos de la mitad, 124 dólares de PBI por habitante.

Impresionante despliegue extranjero en Comodoro.

Además, Chile utiliza cerca de un 40 % de ese presupuesto en salarios, y Argentina casi un 90 % de acuerdo al coronel Pissolito. No podríamos comprar una “gomera” para cada soldado. Menos mal que las piedras, son gratis.

No hay que andar mucho para ver el contraste. Alcanza con asomarse a cualquiera de los regimientos militares mendocinos, para ver vehículos vetustos, instalaciones antiguas, armamento obsoleto. Tenemos unas FFAA de la pobreza. Esta semana, en Comodoro Rivadavia, los empleados del puerto se sacaban fotos “selfies” con oficiales de otros países que llegaron a nuestro país para colaborar en la búsqueda del ARA San Juan, con equipamiento militar abundante y sofisticado, que haría empalidecer a cualquiera. Todo esto representa el verdadero desfinanciamiento de las FFAA, que fueron reducidas a la nada misma en los 12 años de kirchnerismo, por razones ideológicas. Ni siquiera, por modernización, reconversión, o motivaciones estratégicas. El gesto de bajar el cuadro de los dictadores del Colegio Militar puede haber estado bien. A la vez, desarmaron las fuerzas de defensa del país. “Lo ataron con alambre” dijo Itatí Leguizamón, respecto del submarino perdido.

La lección

La Argentina es un país pendular, ciclotímico y bipolar que se mueve a impulsos. En 1994, el soldado conscripto Omar Carrasco fue asesinado por militares en el cuartel del Ejército Argentino en Zapala, provincia de Neuquén. La investigación se llevó puesto el servicio militar obligatorio, muy probablemente para siempre.

Antes, en 1990, el asesinato de María Soledad Morales acabó con una casta política corrupta en la empobrecida Catamarca de los Saadi, y cambió para siempre la forma en la que el público se involucra con las historias. Aquel fue el primer juicio oral por TV, cuyo primer intento terminó en un escándalo.

La muerte de 194 personas en la disco Cromañón el 30 de diciembre de 2004 acabó con el gobierno de Aníbal Ibarra, destituido un año y medio más tarde. Y cambió la percepción de la seguridad en los lugares de diversión, aunque siguieron ocurriendo muertes en recitales y boliches. Homenaje a la corrupción municipal y a la falta de control.

La tragedia de Once (51 muertos) despertó conciencia sobre los trenes obsoletos, y sobre la corrupción que mata gente. Algo similar había ocurrido años antes con la tragedia aérea de LAPA. El hilo conductor es la falta de control del Estado, la desinversión, cuando no la corrupción. En el caso de Once hubo que agregar la dolorosa indiferencia del gobierno de entonces. Cristina fue pendular. Ignoró a aquellas víctimas, la mayoría laburantes, y se conmovió y embarró con los inundados de La Plata, aunque ocultaron la cifra de muertes. Utilizó la “desaparición” de Maldonado hasta el día mismo de las elecciones, pero ella y la mayor parte del kirchnerismo hicieron un estruendoso silencio respecto del ARA San Juan.

La tragedia de Once.

Las muertes en incidentes de tránsito parecen ser la única lección que no aprendemos. Se suceden por miles, con tragedias enormes, como las ocurridas con dos colectivos de pasajeros en Mendoza. La última fue en junio de este año en la Cuesta de los Terneros, con 16 muertos. Antes, en febrero, murieron 19 en la tragedia de Horcones. Pero un colectivo sin habilitar volcó en San Rafael el último fin se semana. Hubo 29 heridos. Seguimos manejando al límite de poner en peligro nuestras vidas y las de los demás. No hay leyes, ni controles que alcancen.

La pregunta es qué aprenderemos de la tragedia del ARA San Juan. Y de #Los44 que murieron en una explosión a unos 200 metros de profundidad. Una desgracia violenta, letal, rápida. Un arco voltaico que provocó una onda expansiva a probablemente causa del hidrógeno, que se habría producido por que las baterías entraron en contacto con el agua, según las teorías más firmes.

Tardaremos años en saber exactamente qué pasó, en el país donde no sabemos mucho respecto de casi nada de lo ocurrido. Tuvo que morir un fiscal asesinado, Alberto Nisman, cuya muerte fue indagada por la investigación más chapucera que hayamos visto jamás; para que el Caso Maldonado tuviese un desenlace creíble, coherente con los hechos. Santiago Maldonado estaba ahogado en el río. Ni en Chile, ni escondido, ni secuestrado o torturado ni desaparecido por la Gendarmería.

El misterio rondará la tragedia del ARA San Juan hasta que se halle la nave, se hagan los peritajes, y avance una investigación internacional independiente. Mientras tanto, lo que existe, es la furia de los familiares, la indignación, y la desazón y la tristeza de un pueblo que mayoritariamente sintió empatía por los 44 marinos muertos, porque la gente sabe que fueron víctimas o de la desidia, o de la falta de control, o de la corrupción, o de la negligencia y la inoperancia. Aun, y será motivo de la investigación, cuando alguna falla humana haya intervenido en la fatalidad del submarino.

Una lectora de siempre y oyente del programa Te Digo lo Que Pienso, cuyo nombre mantenemos en reserva, aporta un testimonio valioso: “Yo estuve viviendo en Baterías de la Base Belgrano y veía como descargaban cajas y cajas de pollo y carne, y los marineros comían tarta de zapallitos todos los días y cuando les daban arroz con pollo… eran pellejos y huesos (…) Talaron un bosque hermoso cerca de las baterías históricas, y toda la madera desapareció, arreglaron una Toyota y los repuestos sumaron cinco veces el valor de la camioneta nueva, y así con todo, se robaron todo…” contó. Las Fuerzas Armadas Argentinas no son necesariamente un club de héroes. Hay de todo, como en cualquier actividad.

El manejo ocultista de la información, el equipamiento pobre de la Argentina para el rastreo, el depender de agencias y organismos internacionales para detectar el submarino, las desinteligencias entre el gobierno nacional y la cúpula de la Armada, serán anécdotas, aunque en horas Macri los eche a todos, como parece ser que ocurrirá. Lo que importará, al final, es que 44 personas murieron en un submarino obsoleto, de un Armada empobrecida, de un país que casi no crece desde hace muchos años, y que invierte migajas en su defensa -especialmente en salarios- y cuyas FFAA han sido desarmadas y debilitadas en su operatividad, por prejuicios ideológicos. Sacrificadas en el altar de la grieta y el relato.

Si eso no cambia de verdad, las muertes de #Los44 no habrán servido para nada.

Por más que lloremos, o tiremos flores al mar.