Crónicas del Subsuelo: Matemática de la indolencia - Mendoza Post
Lunes 13 Nov 2017
porMarcelo Padilla

Según Stephen Hawking a la tierra le quedan 600 años y el planeta por ese entonces será inhabitable. Calentamiento global, ausencia de agua, una especie de “pachakuti” pos fáctico donde el hombre termina loco matándose como especie. Seiscientos años suena demasiado… pero lo dice Hawking, a pesar de este apuro textual inconexo con la ciencia, y eso se respeta. El estado de extinción es largo. Creímos por momentos que esto duraría mucho menos pero ya lo ven: aquí estamos en este noviembre agrio. Habrá que seguir habitando el planeta. Rumiando nuestras propias necedades aun habiendo clasificando la basura en tachos verdes, naranjas y negros. Caminando por senderos verdes, modositos, donde se promueve el lema subyacente: los perros valen más que la gente. Stalkeando veredas alfombradas con hojas de jacarandá, el árbol que muestra su color en las fotos en blanco y negro. Seiscientos años más de incertidumbre de los sentidos o seiscientos sentidos anuales desplegados por las ciudades controlados por la BIG DATA. Como quedan tantos años habrá que “seguir la corriente del universo” (Jim Jarmsuch) O empezar por ponerle nombre a las cosas de nuevo, partiendo… en estado cero. Si no quedan parientes que visitar la condición humana en modo guerrera caerá los domingos por la tarde a encerrarse en cápsulas anfibias. Somos periferia y perfidia.

El dolor de cabeza es tremendo solamente por los gestos. Es tan solo una subjetivísima percepción de ciencia cero, metafísica tal vez, no sé. Uno cree que al otro le duele la cabeza por los gestos… y no. Lo que duele es natural como una propaganda de packs de frutos secos, natural. El dolor se ha hecho tan natural que prácticamente ya no duele. Sí, “el dolor no duele”. Ni el propio ni el ajeno. La consigna “La Patria es el Otro” marcha presa al penal de las consignas y dichos, discursos y prácticas emancipatorias. En síntesis, hay una cárcel para los pensamientos emancipatorios. Y es mental. Ahí radica toda su materialidad. Una cárcel mental donde “el dolor no duele”. Todo bien, algo cambió profundamente, y a la mitad le encanta… pero a la otra mitad NO. Una mitad tiene quien la represente hoy desde un proyecto de país concreto, hecho de concreto. Duro: el de la venganza hecha reallity. Por televisión y también por las redes sociales. Hay un Macri bueno y un Macri malo. Es decir, tenemos un gobierno bipolar en términos comunicacionales. Efectivo técnicamente hablando, inaugura una nueva y más fría etapa en la construcción de la política. La fórmula de la neurociencia del poder sería más o menos así: Gramsci+algoritmos = macrismo. La virtualidad es el subsuelo mismo. La fantasía adictiva tiene en la BIG DATA el centro neurálgico del poder. Y también aquella cárcel mental para los pensamientos emancipatorios. Sí, aquí no se elimina a nadie. Se lo guarda, se lo esconde, se lo inventa…pero aquí hay lugar para todos y todas. El estado se ha vuelto subsuelo virtual y vive en rezongo lento. En nuestra distracción se colaron los gatos por la ventana.

Son las once de la noche y por la ventana entra un gato chico, un machito parece. Revisa los cuartos, olfatea los rincones. El gato se queda. No mea. Le tiro un alita de pollo fría y se la devora. El gato toma confianza. Al rato, cuando todo es oscuridad, escucho una pelea entre dos gatos enormes debajo de la mesa. La casa ha sido tomada por tres gatos. Es música de fondo. Dejo que todo siga como está, siguiendo a “la corriente del universo”. Ya está en cartelera Paterson. El colectivero de Jarmusch que en los ratos libres escribe poesías. Así cuentan. Sigo viendo “La buena vida”, película chilena de Andrés Wood, director de la aclamada “Machuca”. La buena vida sigue ahí rodando en la compu. Por segunda vez la miro escudriñando la trama de cuatro historias entrelazadas en un Chile complejo y más verosímil que el de las noticias y las fotos de cualquier vacación en sus costas. El gato chico acompaña en los pies de la cama. La buena vida es una película. La Felicidad de Sísifo una novela de mi amigo Fernando Timoner que me regaló anillada, un legado quizá tirado al vacío de las ediciones culturales no editadas en esta pro-vincia. Voy por el capítulo 24… y Gómez ya es un personaje entrañable. Quedan 600 años y gatos de a miles por los techos. Las estrellas no se caen hasta no verlas caer.