Crónicas del Subsuelo: Moscas - Mendoza Post
Lunes 6 Nov 2017
porMarcelo Padilla

Ariel maneja zombi, por inercia, cruza los semáforos en verde, zombi. El auto que usa para laburar y trasladar pasajeros se viene abajo. “La rótula, es la rótula, tengo que pararlo pero no puedo, sino hago la diaria no como ni puedo pagar las expensas del departamento, debo tres meses y no doy más”, dice Ariel zombi en el trayecto. “Cuando se terminen las clases se me viene el laburo abajo porque se me terminan los clientes fijos”. Ariel zombi tiene los párpados caídos, y su mirada se ubica al sur de los párpados. Llegamos a destino, el auto se queja en la frenada. Lo despido sin saber cuándo.

La cruzada ha intensificado su misión. El show televisivo, las alertas, las fotos y los videítos. Los me gusta de los que sintiendo impotencia por no recibir la alegría prometida celebran el circo cotidiano. Hoy la alegría es esperar, antes dijeron que llegaría rápido, ahora parece que hay que apurar a Godot para que venga de una buena vez y romper el mito del absurdo. Mientras tanto, el cáncer avanza en los cuerpos. INRI. No puedo contestarle al provocador, a la provocadora. A esa profesora de historia de la secundaria del Colegio Normal que ha prohibido hablar de Santiago Maldonado en un curso donde se le ha preguntado sencillamente “por qué no hablamos qué pasó con Santiago Maldonado”. Persecución a una niña de apenas 15 años que pregunta en el contexto de una clase de HISTORIA, no de matemáticas. Después el hostigamiento y esas charlas en la sala de profesores estigmatizándola y azuzando fantasmas de su vida privada. Una joven de 15 años está en la lista negra de la profe de Historia y de la de Lengua que con desparpajo y lampazo en mano sueltan sus chismes para ahondar la distancia con los que preguntan. Aquí nomás, en el Colegio Normal, público, donde se supone según la currícula, en una clase de Historia los derechos humanos son un tema que los docentes están obligados a tratar.

Los días son más largos. Estamos en los finales del cuarto semestre y el niño no nace. Tal vez sea un embarazo psicológico o, cuando lo escupan, sea un monstruo de doce patas, siete ojos, y cuatro piernas. Deforme. Mediático, callejero, inclasificable. Ese monstruo está en el estado seminal de todo nacimiento. Epigráfico, o en el estar de un prolegómeno. No se sabe cuándo ni dónde será vaciado para ensuciar paredes con jugo de placenta. Ese monstruo no tiene nombre ni fe ni religión. Al nombre se lo ponemos nosotros o se lo ponen los de la civilización. Y cuando digo nosotros me refiero a las negras y negros que hacen comida para vender y parar la olla en la casa. A los dueños de la palabra también hay que combatirlos. Si ellos tienen audiencia nosotros tenemos paredes. Y lo que habla una pared cuando vas en el bondi… te queda. ¿Las paredes presas?

Escucho el soundtrack de la película El asesinato de Jesse James por el cobarde Ford, música compuesta por Nick Cave y Warren Ellis. Es una música de lejanías. De horizontes de nieve y soledad. De refugio de bandidos. Pero también de traiciones. Época de atracos a los trenes en unos Estados Desunidos de América hasta que llegó el orden de la Confederación. De ahí al imperio. La esperanza de vida no estaba entre sus cosas. Daniel Melero va armado a cantarle al oído a los árboles muertos, a los indios… Amor difícil.

Cada uno, al menos acá en Dorrego, tiene su cuadro de cielo. En este laberinto de calles y pasajes que se angostan, cambian de mano, topan y siguen detrás de las casas; o de los loteos descampados semi cerrados por sus paredes originales de adobe del infiernillo epocal –la ancestralidad o el alma de un lugar es esa historia de la que todos hablan y muestran– los patiecitos tienen su cuadro de cielo. Un privilegio del subsuelo que la sufre, de esa franja de trabajadores de baja calificación laboral con que mide las tareas el capitalismo errático de los textos académicos de cualquier ideología; cuenta-propistas chicos, medianos, y también la resaca que todo sitio tiene para sí: mirarse al espejo. En Dorrego ese espejo es el pedacito de cielo que tiene un recorte particular: la arquitectura de los cierres de los techos, muy parecidos, modificados, hechos mierda por el abandono, o la nada. Descampados donde el cielo es un cuadro más grande, una manzana completa. El cielo de los pordioseros que deambulan por la zona es más grande que el que tiene situación de casa. Por miedo vaya a saber a quién nadie se mira a las caras.