Crónicas del Subsuelo: "La suspensión del juicio del gusto" - Mendoza Post
Lunes 30 Oct 2017
porMarcelo Padilla

Había problemas en el paraíso. El túnel cerró su última luz como si el fin de la historia volviera a suspenderse en ventricular viento denso, instalándose en la temperatura. Los medios dejaban de anunciar los grados, ahora lo que se informaba permanente en los grafs (ángulo superior izquierdo de su pantalla) era “el fin de la historia”, así… con esa frase o título (deja/vú). Cuando consulté por el pronóstico para los días posteriores decía lo mismo: fin de la historia. No miré más noticias. Todas se repetían, al menos en un sus títulos. Las palabras, para cualquiera de las noticias eran las mismas, usadas por enroque en cada caso para distraer aunque en el cuerpo de la nota se dijera otra cosa. Dejaban ya su histórica labor de peonas del lenguaje para constituirse en torres de un fuerte al que hay que proteger. Las palabras en el lenguaje del periodismo contemporáneo se volvieron celdas totemizadas, especie de “Estado Para/Periodístico/Policial” que revisaba los ojos en su repaso y e inoculaba hasta la ceguera. El peaje: la electricidad hipnótica. En la ciénaga de la tarde apagué la tele y cerré la compu. Salí a regar las plantas a eso de las siete y media de la tarde. Afuera el fin de la historia en las caras. Escuché unos gritos en la vereda y por electricidad hipnótica escaneé la cuadra. Una pareja discutía en la puerta de su casa, las niñas lloraban en silencio sin saber para dónde agarrar. Una de ellas caminó firme, huyendo, con una muñeca abrazada. La tarde moría en esas lágrimas acompañadas por el fin de la historia. Los vecinos asomados, mujeres por lo general y niños, ellas con las manos tapándose sus bocas, ademán de impotencia que impedía a las palabras salir de las celdas. Era así: la pareja discutiendo a los gritos, las niñas con lágrimas en la caída de la tarde y la lluvia de la manguera sobre las plantas, quietas, mojando sin sentido el cemento. Lo que no se dice explota adentro.

Aquí nadie quiere separarse. Al menos eso es lo que se percibe. “Dorrego República Independiente” pensé, alfabeto cirílo y tribalidad desconectada. Son pocos los soberanistas. No tienen bandera, no tienen lenguaje ni mucho menos un capital como para pedir la autonomía. El dote impuesto municipal era de alto vuelo. Todos éramos “El hombre de al lado”. El puesto ambulante de pescado en la esquina lo decía de antemano en un cartelito de cartón: aquí se vende pescado podrido. Había cola, unas treinta personas o más -no sé, tal vez por los niños parecían ser más-, salían con sus bolsitas de pescado podrido. Ni alegres ni tristes, tampoco indiferentes porque la indiferencia no te lleva a comprar pescado podrido, era algo así como una incitación a sostener por electricidad hipnótica ese fin de la historia. Empujar amuchados, lento, con el peso del apretujamiento de la cola de gente que descansaba en los hombros de los de adelante la suspensión de todo juicio del gusto. La gente había renunciado al juicio del gusto, por eso los viernes el exitoso puesto de pescado podrido en la esquina. La recogida de la basura, las calles y sus baches, los cortes, el apunamiento en un escalón mutilado por las raíces de un árbol que se hunde en la tierra y baja de a centímetros como despidiéndose del caos ordenado, la cerrajería que hace originales y no copias, la peluquería que corta a cuchillo tramontina, los almacenes bajo el sol escondido con sus propietarios en la puerta oteando a la pareja que discutía. El pescado podrido. La venas con sangre y barro de la manguera que manchaba las paredes blancas, las plantas verdes en estado de abandono por electricidad hipnótica. El cansancio.

En la subida a la ciudad la bicicleta se la bancaba bien hasta que me crucé con el primer lomo de burro. Ahí se le saltó la cadena y tuve que parar en la puerta de la escuela, poner ruedas para arriba y acomodarla. Fueron no más de cinco minutos hasta que los dientes del disco la encastraron. El patio de los objetos estaba a minutos. La ciudad asqueante de autos bajo el sol del fin de la historia y la gente en plena electricidad hipnótica. En la costanera los autos pasaban como en una carrera con trampas. La competencia, y el odio al volante bajo nubes negras, era un espectáculo gratuito para interpretar cómo una sociedad se convierte en una carrera de emprendedores desesperados por el mango. Todos pueden ser empresarios exitosos. Como siempre, por cuadra, el que llega primero al semáforo es uno solo. El que tiene premio. En estado de electricidad hipnótica el premiado recibía un kilo de pescado podrido. Merluza en estado de descomposición.

En el kiosco me quedo un rato hablando con el marito. Siempre hay alguien que no está comprando, ocupando el lugar del comprador. Charlando nomás. En este caso era un viejo que bebía una cerveza helada a las cinco de la tarde. El tipo ya balbuceaba su ebriedad.

-“Está fresquita”, me dice, para sacarme conversación mientras cargaba mi soda en una doble bolsa de nylon junto a dos paquetes de Rothmans.

-“Y la mía calentita”, le respondo, en estado de electricidad hipnótica.

El viejo rió y brindó a la salud del fin de la historia, y yo por el pescado podrido. Así pasó la tarde, cayéndose sobre los primeros toldos de los negocitos. La pareja discutía, las niñas lloraban, suspendidos en el fin de la historia, cuando el túnel había cerrado su última luz.

-“Buenas noches niña de Tilcara”, dijo alguien que pasó como un fantasma, acariciando la cabeza de la nena que lloraba en silencio con la muñeca abrazada.

Se fue octubre, quedan horas, la pendiente se ahínca y ruedan más rápido los restos del paraíso en estado de electricidad hipnótica. Hay problemas en el paraíso que no se saben. Pescado podrido. Merluza. El miedo a los ríos, los monstruos de los lagos del sur se han comido a un hombre joven, suspendiendo el juicio del gusto, en plena electricidad hipnótica, el agua transparente, a tres metros de profundidad, casi casi en tierra sagrada.