Publicó una carta el padre de uno de los rugbiers acusados de abuso sexual - Mendoza Post
Por: Mendoza PostMiércoles 22 Feb 2017

El caso de los rugbiers acusados de violación, más allá del proceso judicial, lleva adelante una batalla mediática, en la cual tanto la víctima como los imputados han hecho sus descargos a través de cartas.

En este caso, hoy se dio a conocer la carta de Pablo Filizzola, padre de Maximiliano, uno de los acusados. Tanto su hijo, como Ezequiel Pelaia, fueron los dos últimos en ser imputados en la causa.

Casualmente, ayer se publicó una carta de la joven denunciante, la cual recibió nefastos comentarios tanto en las redes sociales, como en los medios digitales.

Ver: El contraataque de la joven que denunció a los rugbiers por abuso sexual

 Carta de un padre con el nombre manchado

Quienes me conocen pueden dar fe de un perfil bajo, una vida sin lujos ni ostentaciones; simplemente porque no tengo bienes materiales que andar exhibiendo. No vivo en un barrio privado, ni realizo viajes en avión. No milito ni tengo cercanías con la política, ni siquiera trabajé alguna vez para el Estado. Mis amigos son muy pocos y ninguno es “influyente”; y aunque conozco mucha gente, no soy de pedir favores. Me cuesta, un poco por parco y otro poco porque tampoco me gusta deberle nada a nadie. Trabajo en la finca de mi viejo, bien temprano cada mañana, y aunque hace tiempo la cosa en el campo viene mala, seguimos. Por nosotros y por muchas familias que dependen de nosotros.

Maximiliano Filizzola.

Me llamo Pablo Filizzola y desde enero de este año el nombre de mi familia quedó ensuciado para siempre. El mío, el de mis hijos, el de mi esposa, padres, hermanos, todos relacionados con un caso de abuso a una mujer que a pesar de “no acordarse de nada” denunció a mi hijo Maxi de algo que la justicia comprobó que no era cierto.

Acá no hubo privilegios, solo justicia. No soy poderoso, ni adinerado y menos influyente; soy uno más que paga sus impuestos y cumple sus deberes. El abogado que defendió a Maxi, cuyos hijos juegan al rugby con los míos, ofreció sus servicios sin cobrar un centavo, y tampoco puse (ni tengo) el dinero para cubrir la fianza que oportunamente requirió la justicia. Basta de fantasías y suposiciones.

Maximiliano Filizzola está acusado por desfigurar a un  joven en un boliche

Seguramente ahora hablarán de victimización. Me tiene sin cuidado. Solo sé que si hubo un damnificado, ese fue mi hijo y nuestra familia, cuyo daño no tiene solución posible, aún cuando el propio abogado que realizó la denuncia, Lucas Lecour, reconoció que la acusación sobre mi hijo fue “un poco traída de los pelos” (mdzol.com, 17/02/2017)

Nuestra vida cambió para siempre. Para mal. Todos sufrimos un escarnio público en cadena nacional, 24 horas al día. Cada mañana era leer notas en los diarios, en medios electrónicos, redes sociales o escuchar el nombre y ver la foto de mi hijo en cada reunión de más de dos personas con una sentencia emitida: culpable. Culpable de violación, de abuso, de ser un “nene bien”, de familia acomodada, y aunque nada era cierto, la sociedad instaló esa fantasía imposible de borrar.

Los imputados.

A mi hijo le arruinaron la vida. En su cénit deportivo, después de defender a su país jugando al rugby, su nombre quedó ligado a un delito aberrante. Ya nada será igual para él cuando entre a una cancha, cuando tenga que salir a pedir trabajo, cuando quiera formar una familia, cuando cualquier persona en el mundo ponga su nombre en Google. Ahí estarán todas las mentiras que sobre él se dijeron, y aunque la justicia demostró lo contrario, eso ocupará mucho menos espacio porque la verdad no “vende”, no mide en el rating televisivo, ni suma clicks en los portales de Internet.

Nosotros nos unimos más que nunca. Le pedí a cada uno que se acercó para solidarizarse que hiciera silencio y dejara actuar a la justicia. Somos gente simple. Tenemos nuestros “piojos” y podemos discutir como buenos gringos que somos, pero no reconocemos enemigos. Aún en estos casos. Me enseñaron que el rencor y la venganza no son buena compañía.

Muchos me vinieron a contar secretos a voces de la denunciante o de los periodistas que injuriaron a mi hijo. Pero no se paga con la misma moneda, sería hacer lo mismo que hoy critico. Eso no está bien.

Yo no le deseo el mal a nadie, pero creo que los errores se deben pagar. Creo en los valores. Cada uno tiene los suyos y así te va en la vida. No es justo que la difamación sea moneda corriente, que alguien invente un delito para limpiar su nombre y excusar sus actos, aunque eso implique arruinar el honor de una familia de bien. Eso no está bien.

¿Quién responde por las atrocidades que se inventaron sobre mi hijo?, ¿dónde está la marcha para él?, ¿dónde están los minutos y debates en televisión?, ¿los centímetros en los diarios?, ¿los comentarios en los foros?. ¿Saben qué?, se los regalo, no los quiero ni los necesito.

Lo que necesitamos como sociedad es madurar y ser responsables. Necesitamos que cada uno, desde su lugar, desde su actividad, antes de emitir un comentario o señalar con el dedo, se haga cargo de lo que va a hacer o decir. Todos. Civiles, comunicadores, hombres, mujeres. Sin distinción de credo, elección política, sexual, estrato social, educativo. Todos.

Filizzola y Pelaia, los últimos imputados.

A propósito del rugby

No quiero olvidar que también el rugby padeció algo similar a lo que sufrió mi familia. Un deporte que ayudó en mi formación y en la de mis hijos, como lo hicieron mis viejos en casa y mis maestros en la escuela.

Culpar al rugby y los rugbiers por el solo hecho de compartir una actividad deportiva es una falacia desde su concepto.

Es muy lamentable ver a tanta gente caer en ese prejuicio. La historia nos ha dado muestras de sobra de lo que ocurre con ese tipo de odio. Es el mismo prejuicio que sufrieron y sufren diferentes grupos de distinta índole cuando son merecedores de un odio infundado, por el solo hecho de tener un grupo de pertenencia.

Lo sufrieron los judíos por ser judíos, los homosexuales por ser homosexuales, las personas de color, los obesos, los musulmanes. Ejemplos sobran. Es la raíz de la intolerancia. Es estigmatizar al otro por encasillarlo en un grupo donde “todos son iguales” sin fundamento alguno.

Yo, para el rugby no tengo más que palabras de agradecimiento. Desde siempre, a través de mi club (Marista) con entrenadores y compañeros aprendimos que hay reglas, que se respetan, que quien las imparte siempre tiene la razón. Que el sacrificio y trabajo en equipo pueden más que el individualismo. Después, hay buena gente y mala gente, como en todos lados, pero que uno debe preocuparse por hacer lo suyo bien, para que nos beneficiemos todos.

Ojalá todo esto sirva para algo. Cada uno sabe lo que hizo y lo que dijo, como también sabe cuál fue la verdad hallada por la justicia. Yo seguiré yendo a trabajar con mi viejo a la finca, mirando a la gente a la cara, sin deudas ni favores pendientes, con la conciencia limpia.

Ver: Así se defiende uno de los rugbiers