Madres de desnutridos le explican a Capitanich... (Y lo mandan al carajo) - Mendoza Post
Jueves 19 Feb 2015Jueves, 19/02/15 atrás
porAna Montes de Oca
Periodista

“Logramos hundir el corcho” exclama Abel Albino cada vez que habla de la desnutrición en Argentina. Para él, que haya casos de hambre en este país es tan imposible como hundir un corcho. Hay que hacer fuerza.

Tal vez el fiscal Di Lello también pensó que había que hacer fuerza y por eso imputó al jefe de gabinete, Jorge Capitanich y a los ministros de salud y de desarrollo, Juan Manzur y Alicia Kirchner por la muerte de Néstor Femenía, el niño Qom que murió por una severa desnutrición en el Chaco.

Y aunque en aquel momento Capitanich dijo que el niño Néstor “era un caso aislado”, los datos de la realidad muestran que el fondo del dique Potrerillos podría estar lleno de corchos. Sólo en el hospitalito de Las Heras, en los últimos 20 años, en Conin se dieron de alta más de mil niños que habían ingresado con cuadros más o menos severos de desnutrición. 

No se les murió ni uno. Ni un "caso" aislado como el que explicó Capitanich:

El micro hospital de Conin tiene capacidad para 20 niños internados con sus madres pero, en este momento, hay 22. 

El promedio de internación es de 35 días y hasta ahora siempre ha estado al tope de su capacidad.

El doctor Albino insiste en que la desnutrición es un problema multifactorial, no deviene sólo de una extrema pobreza, sino de una serie de carencias que terminan en pobreza. Falta de educación, falta de modelos y normas, falta de medios de transporte, muchas cosas influyen en que un chico termine desnutrido.

Abel Albino.

“La desnutrición es un descuido”

Además de los internados, hay otra gran cantidad de niños con tratamiento ambulatorio o internación de día. En esos casos las mamás pasan varias horas en el hospitalito pero no transcurren la noche allí.

Yamila pasó por las dos experiencias. Hace 10 años estuvo tres meses internada con su hijo al borde de la muerte por desnutrición, y ahora, estuvo con el tratamiento ambulatorio.

“Hace diez años, la primera vez que estuve acá, el nene tenía un año y unos meses, era muy flaquito y un día empezó con una terrible diarrea. Lo llevé al Notti, me lo atendieron y a los días me lo derivaron a Conin”, recuerda Yamila ya aliviada de haber superado todo eso.

El centro de recuperación de Conin.

“Cuando llegué me dijeron que mi hijo estaba desnutrido y deshidratado, y que se podía morir. Yo nunca me imaginé que pudiera estar tan grave, la doctora me hablaba de la posibilidad de que mi nene muriera y yo no podía parar de llorar”.

Yamila no lloraba sólo por el miedo de perder a su hijo: también lloraba de culpa.

“Yo sé que fui responsable, me dejé estar. El pediatra particular al que iba me decía que no me preocupara de que el nene fuera flaquito, que a los 7 años iba a empezar a engordar. Y yo también era un poco vaga. A veces como no me daban ganas de cocinar le daba la teta y listo. Una cree que con la teta ya están alimentados... La desnutrición es descuido y falta de educación”.

Yamila se hace cargo de ese descuido sin echar culpas afuera, sin vergüenza pero con dolor, sabe que descuidó a su hijo porque, primero, se descuidó a sí misma. Siendo muy jovencita ya era madre y esposa golpeada. “Yo tenía la autoestima muy baja, sentía que no servía para nada y que hacía todo mal”.

Pero llegó a Conin con su hijo. Y ahí sufrió, pero también aprendió. “Lo primero que aprendés acá es la importancia del orden y del horario. Cuando ya te hiciste la rutina te sentís más segura, porque ya no te equivocás. Al principio es muy fuerte porque tenés que darle de comer a tu hijo por sonda y no es algo fácil de ver, pero eso te va como despertando, vas tomando conciencia de cosas que antes no habías visto”.

Y así, entre charlas nutricionales, recetas para economizar, talleres de cerámica y de tejido, algunas peleas con otras madres “porque puterío hay en todos lados, viste” y un enfrentamiento crudo con la realidad, Yamila cambió.

En esos tres meses que estuvo internada con su hijo, no sólo aprendió las bases de una correcta alimentación, también aprendió a hacerse responsable y, al ver que podía, su amor propio fue creciendo.

“Yo antes no pensaba que fuera a ser capaz de estudiar, pero después me puse como meta terminar el secundario y lo terminé, y hasta cursé dos años de psicología en la universidad. Eso me cambió mucho, yo sé que no soy la misma, que tengo más armas para manejarme. Estudiar me dio otra perspectiva de vida”.

Nueve años después Yamila trae a Conin a su otra hija, de un año y medio. “Yo la veía que no engordaba nada y esta vez no esperé y la traje. Con mi nena estuve un mes con internación de día. Estoy feliz porque ahí nomás empezó a ganar peso y ahora está muy bien”.

Néstor murió de hambre a los 7 años. Imputaron a tres ministros de Cristina.


La desnutrición por falta de medios

Elizabeth es otra de las mamás de Conin. Su primera hija la tuvo a los 16 años y ahora, 20 años después tiene mellizas de meses. Conoció el hospitalito hace años, cuando la nena mayor tuvo problemas de peso, y ahora está dentro de uno de los programas de prevención de desnutrición.

“Empecé a venir porque en el centro de salud (del Barrio Dorrego de Las Heras) no daban leche. Hace dos meses que no entregan y yo no puedo comprar. Tampoco me puedo ir a otro centro de salud porque a mi hija más grande no le dieron el abono en la escuela y no me alcanza para tomar más colectivos. En Conin me recibieron y me dan la leche y además mercadería. Yo tengo que venir a los talleres y traigo a las nenas a control. No voy a dejar que se enfermen”.

Nadie le explicó por qué no hay leche en el centro de salud, ni por qué no hay pediatra hace cuatro meses, ni por qué la escuela Gregorio de Las Heras no da abonos. “Pasa que en estos barrios nadie sabe reclamar, el nivel de educación es muy bajo, los chicos salen del primario y no saben leer. Entonces si no te dan la leche te vas a tu casa sin saber qué hacer y así terminan los chicos desnutridos. Acá en Conin no te fallan nunca. Incluso cuando hay feriados te dan el doble de mercadería para que no te falte”.

“Es muy duro saber que tus hijos no están bien alimentados. Hay que ser muy fuerte para enfrentarse a algo así, a veces las doctoras te tratan mal, pero yo creo que es para que una reaccione. Yo tengo mis momentos donde aflojo: a la noche, cuando los chicos duermen, escribo. Escribo todo lo que pienso, todo lo que siento, todo lo que no puedo comprender. Y lloro. Lloro todo lo que necesite antes de irme a dormir porque después, al otro día, tengo que estar bien para mis hijas”.

Que se vaya al carajo

Cuando me despedí de Yamila y Elizabeth que se fueron en una movilidad de Conin que las acercó a sus casas, se me acercó otra mamá, adolescente, flaquísima.

“¿Usted es periodista?”, me preguntó, “¿Está haciendo nota sobre Conin?”

Le expliqué que no, que estaba haciendo una nota sobre los desnutridos. Le comenté que un alto funcionario del gobierno que se llama Capitanich, hace un tiempo, cuando un nene murió de hambre, dijo que era un caso aislado y que yo iba a contar algunos de esos casos aislados.

La joven huesuda me miró sin decir nada un rato largo. Luego dijo: “ese Capitanich se puede ir al carajo, qué mierda sabrá él. Bueno, suerte con la nota”. Y se fue.