La otra verdad a dos años de la muerte de Alberto Nisman - Mendoza Post
Miércoles 18 Ene 2017
porChristian Sanz
Secretario Gral. de Redacción (click en autor)

A dos años de la muerte de Alberto Nisman sigue la bruma, la imposibilidad de determinar si se mató o lo mataron. 

Hay fanáticos, claro, de ambos lados. Unos dicen una cosa, otros juran lo contrario.

Sin embargo, hasta el día de hoy nada está probado y solo persisten las dudas. Son las mismas que sostuve el mismo día que apareció inerte el cuerpo del fiscal especial del caso AMIA. Esto escribí entonces:

Si el kirchnerismo mandó a matar a Alberto Nisman, tiene menos inteligencia que un adoquín. La reacción que generaría esa muerta era clara y previsible: nadie miraría a otro lugar que no fuera la Casa de Gobierno.

¿Cómo hacerlo si el fiscal especial de la causa AMIA estaba a punto de complicar (supuestamente) a altos funcionarios del Ejecutivo, empezando por Cristina Kirchner?

En ese contexto, ¿es dable creer que el propio gobierno haya decidido el asesinato de Nisman? ¿No era obvia la reacción que esto iba a generar posteriormente?

Ciertamente, en caso de que hubiera sido mandado a matar, sería más creíble que el crimen lo hubieran llevado a cabo aquellos que supieron recalar en la Secretaría de Inteligencia y que fueron desplazados en diciembre pasado. ¿No sería la mejor venganza contra el mismo gobierno que los hizo a un lado?

Es imposible defender al kirchnerismo, en el contexto de la hipérbole de corrupción que capitanea desde hace más de una década. Sin embargo, suena ingenuo imaginar a Cristina Kichner dando la orden de asesinar a un fiscal que había admitido que no tenía elementos concluyentes para complicarla.

Y en ese contexto, ¿dónde están las supuestas grabaciones contra la presidenta que tenía el fiscal en su poder? ¿Por qué nadie de su equipo escuchó jamás las conversaciones subrepticias que él juraba poseer?

¿Es posible que alguien le haya llenado la cabeza para que avance en su denuncia, prometiéndole audios que luego nunca aportó? ¿Es casual, en ese mismo contexto, que el ex agente Antonio Stiuso haya dejado el país repentinamente el fin de semana?

Nisman dijo que tenía en su poder cientos de grabaciones que complicaban a Cristina pero no hizo pública ni una sola de ellas, aún cuando aseveraba temer por su vida.

Como sea, mientras se discute la posibilidad de que haya sido asesinado o se haya suicidado, hay otras cuestiones que deben discutirse.

Por caso, ¿por qué el kirchnerismo permitió que la Secretaría de Inteligencia manejara el expediente AMIA? ¿Por qué el gobierno dio tanto poder a Stiuso, a quien años más tarde terminó denostando?

Detrás del parate que ostenta esa causa judicial, se encuentran esas y otras desacertadas elecciones oficiales.

En las próximas horas, el gobierno intentará con todas sus fuerzas desvincularse de lo sucedido con Nisman, pero nadie les creerá.

Ellos mismos han alimentado la desconfianza, no solo por el poder que dieron siempre a los espías vernáculos, sino además por la gran cantidad de muertes dudosas que dejaron a su paso. Una tras otra.

Ahora, aunque nada tuvieran que ver, la ciudadanía jamás les creerá. Es como el cuento del pastorcito mentiroso. Así de simple.

Luego de escribir esa columna, recibí durísimas críticas, solo por plantear cuestiones de sentido común. Entonces contraataqué con otro escrito:

Jamás pensé que alguna vez tendría que escribir una nota como la que escribo ahora, teniendo que ostentar mi “carnet” de periodista independiente.

De pronto, toda una trayectoria se fue al bombo porque osé decir que, a mi entender, la muerte de Alberto Nisman había sido un suicidio. Posiblemente inducido, pero suicidio al fin.

¿Soy juez? ¿Soy fiscal? ¿Tengo la última palabra? ¿Soy infalible? No, todas esas preguntas se responden con un rotundo “no”.

Sin embargo, he recibido las más increíbles e imperdonables injurias por parte de anónimos foristas, tuiteros y demás habitantes del micromundo web.

Que soy funcional al kirchnerismo, que me paga Cristina Kirchner, que me vendí al mejor postor. Esas son las acusaciones menos graves. ¿Se puede ser tan imbécil?

Soy el periodista más querellado penalmente por el kirchnerismo; a su vez, soy el que más denuncias ha hecho contra los funcionarios de primera línea del gobierno, no solo a nivel periodístico, sino también a nivel judicial.

¿Todo ello de repente se derrumba porque opino que un tipo pudo haberse suicidado, quienquiera que sea? ¿Eso me transforma automáticamente el kirchnerista, sin escalas?

Jamás he planteado que Cristina sea inocente de nada, al contrario. No solo no descarto la posibilidad de que la presidenta tenga que ver con la muerte de Nisman —algo que aún necesita sustentarse en evidencia fáctica—, sino que además la culpo por haber creado y sostenido, junto a su marido, el sistema perverso de espionaje en el cual quedó enredado el fallecido fiscal. Eso le confiere responsabilidad, en mayor o menor medida, de lo que le ocurrió a Nisman.

No obstante, eso no alcanza. Los idiotas de siempre, los que resuelven todos los crímenes a través de las redes sociales —sin pruebas, obviamente— pretenden que diga a los cuatro vientos que “Cristina es la asesina de Nisman”. Como si ello legitimara sus sospechas, como si confirmara que ellos tienen razón.

Lamento decir a todos ellos que esto no ocurrirá. Por más que yo diga que la presidenta mató al fiscal —o lo mandó a matar—, no alcanzará para que la justicia se convenza de ello. Solo será la opinión de un periodista.

Desde que empezó este caso, me puse a investigar como pocos. Leí todo lo que ha salido en los medios, hablé con fuentes judiciales, policiales y hasta con los peritos criminalísticos más prestigiosos del país. Pedí incluso ver el expediente judicial, lo cual aún no he logrado.

Gracias a ello, pude anticipar algunos de los tópicos que luego refrendaron los investigadores judiciales, lo cual tampoco alcanza. ¿Por qué? Porque todo lleva a la hipótesis del suicidio, al menos hasta hoy.

Ahora…. ¿descarto acaso que Nisman pudiera haber sido asesinado? Jamás, sería absurdo hacerlo. ¿Tengo evidencia para sostenerlo? No. No al menos por ahora.

Soy periodista y tengo una severa responsabilidad como tal, sobre todo porque soy formador de opinión, al igual que mis colegas. Jamás podría ser tan insensato de decir algo que no puedo sostener en los hechos. Sí lo haré, sin dudar, en el exacto momento que tenga un elemento para hacerlo.

En el marco de una cuestión tan conmocionante como la muerte de un fiscal especial —que a su vez estaba por denunciar al gobierno—, debe primar la mesura. Lo más fácil siempre es ser efectista y rimbombante, pero no es lo más conveniente.

Ya lo dijo alguna vez Ángel Ganivet: “El carácter humano es como una balanza: en un platillo está la mesura, y en el otro la audacia. El mesurado tímido y el audaz indiscreto son balanzas con un brazo, trastos inútiles.”