Difícil panorama para un Macri abrumado por el corto plazo - Mendoza Post
Domingo 27 Nov 2016Domingo, 27/11/16 atrás
porHugo E. Grimaldi (*)

No se puede decir que "sin Fidel Castro, el mundo ya no es lo que era" porque ya no lo "era" desde hace bastante tiempo. Hoy, la humanidad está cruzada por nuevas realidades, sobre todo por la invasión tecnológica y por los padeceres socioeconómicos de grandes masas de población a nivel global, irrupciones que han marcado las políticas de otros líderes que copan la escena y que ya se verá cómo afectan a la Argentina de los próximos años.

Al interrogante que presenta el rol futuro de Donald Trump en los Estados Unidos, la vocación imperial de la Rusia de Vladimir Putin y la seguridad que tiene el paso redoblado de China, con marca de inevitable, más el aggiornamiento que le imprimió a la Iglesia el papa Francisco, se le suma el capítulo doméstico, a estas alturas un poroto al lado de todo lo demás, pero imprescindible para avizorar el futuro que le puede aguardar a los argentinos, si el país se sabe enancar en el mundo que viene.

La muerte del controvertido líder cubano dispara varias referencias a otras realidades actuales, que tienen también su correlato en la Argentina. Hablar de las utopías de los dirigentes a esta altura del siglo XXI es referirse de modo romántico a procesos que fueron ahogados por el poder y por su correlato forzoso, el dinero. La degradación se ha mostrado inevitable cuando las nuevas burguesías se van transformando en castas que se auto elogian como insuperables y que, como creen disponer de las vidas y haciendas de todos, pretenden eternizarse para que nunca nadie juzgue sus tropelías.

El populismo, que ha sido abrazado por grandes capas de la población a las que el sistema termina empobreciendo aún más en todo sentido, ha sido un ingrato ejemplo de la Argentina de los últimos años, un proceso que parece terminar aquí con la licuación del kirchnerismo que, ahora, se ha convertido apenas en una facción del PJ, situación que se acelera precisamente en estos días por las patéticas intervenciones de Cristina Fernández y de sus acólitos más fieles.

Sin dejar de lado la realidad de todos los días, que va dejando pista sobre pista a la hora de marcar los realineamientos políticos que se están dando prácticamente a diario en el país, es interesante ver que, a veces, Mauricio Macri trabaja con la mirada puesta más para adelante. A este periodista le consta que hay equipos en el Gobierno que están planificando cómo deberá ser la inserción argentina en el mundo post Trump.

Quizás esta situación ha sido una buena excusa para aunar esfuerzos entre la Cancillería y el ministerio de la Producción y para dejar de lado espacios de poder que los han mantenido ocupados en otros menesteres durante casi un año. Si bien esta interna no ha tenido los decibeles de las irrupciones de Elisa Carrió contra los amigos del Presidente o de los últimos palos que pegó el titular de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, hacia quienes no desean tener peronistas dentro del Gobierno, lo cierto es que la inexistencia de un área coherente de Relaciones Económicas Internacionales ha maniatado hasta ahora muchas decisiones de integración.

Más allá de esta interesante novedad, hay una duda crucial que la dirigencia argentina, ávida a la hora de integrar mesas de diálogo de cortísimo horizonte y sin vocación por entender los beneficios que entraña disponer de una mirada de mayor alcance, parece no querer formularse, al menos públicamente: más allá de lo importante que significa el ordenamiento instrumental ¿entiende Macri el rol que le cabe a la Argentina en esta realidad global que cambia todos los días? Pero, hay más: ¿los líderes de la oposición se habrán percatado de lo que pasa a nivel global o sólo están en el chicaneo de las próximas elecciones o pendientes del marketing de la televisión para primerear con una ley que le gane de mano al Gobierno y lo obligue a negociar, como en Ganancias o para negarle al Presidente una reforma política que busca terminar desde la boleta electrónica con aquellas castas que se eternizan a partir de la manipulación de la voluntad de los ciudadanos? Finalmente, todos las grandes incertidumbres se funden en una sola que tiene que ver con aquello que desvela a los inversores: ¿habrá hacia adelante alguna sintonía para armar planes en conjunto entre todos, políticas de Estado que duren tantos años como dure el actual escenario? Y de allí, se deriva otro problema: ¿existe la persona con patriotismo, conocimiento, voluntad y espaldas políticas para sostener un armado así en éste y en otros temas? 

Este mismo planteo habría que llevarlo a la hora de describir las Mesas de Diálogo de pura coyuntura que parece que sólo se han armado para contentar al Papa. Mesas que se agotan en sí mismas, porque ni siquiera a su alrededor hay legisladores que ayuden a avanzar políticamente con diferentes miradas en la instrumentación de aquello que se pudiere necesitar.

Si la respuesta es sí a la primera de todas las preguntas, entonces en el balance final quizás el actual Presidente podrá subirse alguna vez al podio de los mandatarios que cabalgaron las olas poniendo la proa del navío hacia el mundo de sus tiempos: Arturo Frondizi, Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Néstor Kirchner.

Cada uno de esos presidentes supo interpretar el momento y jugó sus fichas en función de la realidad internacional: el primero, involucrándose en el desafío energético que se planteaba por entonces en la recuperación de la postguerra; el segundo, a partir del aire que supieron encontrar las democracias de la región, tras las oscuras noches que significaron los regímenes autoritarios prohijados por Washington en los '70; el tercero, tras advertir el giro neoliberal que pegaba el mundo con Ronald Reagan y Margaret Thatcher a la cabeza y el cuarto, para aprovechar el auge de los precios internacionales de las materias primas. Sin entrar en el análisis fino de cada período, hay una constante en todos ellos ya que, probablemente porque la coyuntura de cada uno de esos procesos también predominó sobre la mirada estratégica, todos terminaron mal por errores de navegación y no de objetivos. El de Frondizi por los planteos militares; los tiempos de Alfonsín porque el Presidente se dejó ganar por la tradición de su propio partido; el de Menem, porque el riojano se cebó con el endeudamiento y su gobierno quebró moralmente y el cuarto, el de Kirchner, simplemente porque el líder murió.

Si a todos esos tropiezos que marca la historia, germen de muchas frustraciones de la sociedad, se le agrega el desapego institucional de los argentinos, la creencia de que el Estado todo lo puede y todo lo da, aún sin considerar que las diferentes quiebras del país (inflación, deuda, educación, pobreza, narcotráfico) han sido justamente por ese facilismo y por la poca valentía de los políticos para desarraigar esos desatinos, el cóctel negativo que se ha encontrado el actual gobierno ha sido monumental. Compuesto también por argentinos, tampoco el periodismo masivo ha sido muy fiel a la hora de explicarle a la sociedad cómo hace el resto del mundo que progresa a la hora de cumplir con las reglas que marcan la Constitución y las leyes. Más bien, por demostrar que se pone del lado de los débiles, los medios, en especial la televisión, termina poniéndose siempre del lado de aquellos que defienden el statu quo.

Puede ser que por todo esto mismo o porque nunca tomó conciencia del paquete complejo que recibía o quizás por la timidez que le aportó su falta de experiencia, el gobierno de Macri ha estado también demasiado apegado al cortoplacismo en este casi año que lleva de gestión y empieza a salir del cascarón con la inserción internacional. Este aspecto lo ha sabido manejar desde muy temprano con mejor talante, pagándole a los holdouts y reinsertándose en las finanzas del mundo tras ese hito, que cumplió junto a la remoción de las trabas operativas en el mercado de divisas y en el comercio.

Sin embargo, hubo algunas asignaturas que le costó aprender y que le siguen generando palos por derecha y por izquierda hasta llegar al ahogo que padeció durante los últimos días, algunos de ellos bastante injustos, como compararlo con la dictadura militar o acusarlo a la vez, tal como plantea el kirchnerismo, de hacer un "ajuste salvaje" y criticarlo porque se está endeudando hasta los tuétanos, peligroso camino éste con riesgo de "colapso" que el Presidente ha elegido tomar justamente para no ajustar.

Entonces, por un lado, los opositores aprietan al Gobierno porque no tiene número legislativo para desmarcarse solo y como esas negociaciones le cuestan bastante dinero de los contribuyentes se amplía el déficit, por lo que no puede hacer una reforma tributaria sana y productiva. Finalmente, esas distorsiones lo tienen entrampado a Macri porque con una situación fiscal tan débil no hay inversiones a la vista ni "brotes verdes" que permitan avizorar el repunte económico, al menos en los tiempos en que él los necesitaba.

Sólo un dato estadístico le aportó al Ejecutivo algo de aire fresco, en una semana en que el resto de las mediciones públicas y privadas (nivel de actividad, comercio exterior, confianza de los consumidores, consumo, etc.) y la presión opositora en el Congreso lo tuvo a maltraer. Según el INDEC, la tasa de desocupación durante el tercer trimestre en 8,5 por ciento, con una disminución de 0,8 puntos porcentuales, lo que representa la creación de 110 mil empleos.

En materia política, entonces, todo indica que el Gobierno ha comenzado a templar su muñeca, con acercamientos y traiciones hacia la oposición y con una serie de tomas y dacas que mostraron cómo ha aprendido a negociar para obtener lo que necesita, aun a costa de concesiones que involucran generalmente plata de los contribuyentes. Este es su punto flaco todavía, porque la economía tiene rumbo pero el casco de la nave está muy deteriorado y hay que tapar agujeros a cada rato.

La imagen del Gobierno es hoy como aquella del joven chino que se paró frente al tanque en la plaza de Tiananmén. Se le viene el problema encima, lo esquiva por un mínimo tiempo, se le pone delante otra vez y resiste una y otra embestida. Apenas gana unos centímetros cuando la realidad de la situación se lo concede, pero finalmente la saturación y el poder del contrincante de ir siempre para adelante termina condicionando su valentía.

Esta es la otra gran duda que le quita el sueño a los inversores y depende de Macri & Cia. salir del encierro manteniendo en vigencia los sueños de cambio de la gente. Hasta ahora, lo hizo huyendo hacia adelante para comprar tiempo, pero antes de sacrificar más credibilidad necesita pasar a una ofensiva no tan cortoplacista y de mayor volumen, aunque la campaña de 2017 ya esté en marcha.

(*) Especial para Mendoza Post