Sin concursos públicos, el nepotismo sobrevive en tiempos de Macri - Mendoza Post
Martes 15 Nov 2016Martes, 15/11/16 atrás
porAleardo F. Laría (*)

La palabra nepotismo se utiliza para designar la preferencia que algunos dan a sus parientes para la designación en empleos públicos. La expresión proviene del italiano, donde 'nepote' significa sobrino y deriva de la antigua costumbre papal de adjudicar la sucesión al "sobrino" que solía ser, además de secretario privado, el hijo no reconocido del Papa.

La designación de familiares en los cargos públicos supone eludir los sistemas de selección objetiva y constituye una variante más de la corrupción.

La preferencia por la designación de parientes, amigos, colegas o conocidos es un rasgo de la naturaleza humana. Son personas que nos inspiran confianza por los lazos familiares y con las que hay una obligación recíproca de solidaridad.

Según los antropólogos, en las primitivas sociedades de cazadores, matar animales grandes exigía la colaboración entre varios hombres, generalmente provenientes del mismo grupo tribal. De modo que, entre ellos, se creaban lazos de solidaridad recíproca. Como resultado de aquellas costumbres milenarias, según lo enseña la biología evolutiva, los parientes son altruistas entre sí en proporción al número de genes que comparten. Según esta teoría, los padres, que comparten la mitad de los genes con los hijos, son más altruistas con ellos que con los sobrinos, con los que sólo comparten una cuarta parte de sus genes. Con el resto de familiares, los genes compartidos son menores pero existen lazos afectivos y de cercanía que reemplazan a los determinantes genéticos.

En la Argentina, la tradición heredada de los italianos del sur, ha hecho que la designación de parientes en los puestos públicos sea una costumbre nacional. Sin embargo, en las sociedades modernas, se ha comprobado que la eficiencia del Estado está directamente vinculada con la presencia de funcionarios profesionales, designados por sistemas objetivos de selección. De este modo, al establecer sistemas de concursos abiertos para la incorporación de los agentes de la Administración Pública, se ha querido disminuir la injerencia de la política partidaria y asegurar la mayor imparcialidad de los que deciden.

Por consiguiente, la designación de familiares (nepotismo) y lo asignación de cargos públicos a los correligionarios políticos (clientelismo) son prácticas despreciables, que no solo vulneran principios éticos sino que provocan gran ineficiencia y afectan la calidad y la transparencia en la gestión pública.

Todos los Estados avanzados del mundo han terminado con esas prácticas anacrónicas, estableciendo regulaciones que garantizan la profesionalidad e imparcialidad de los funcionarios públicos.

La Argentina no ha podido aún conseguir acabar con las prácticas clientelares y el hábito de incorporar a familiares en la función pública. Un gobierno que proclamó el "cambio", como el de Mauricio Macri, tampoco ha actuado con energía para terminar con esas costumbres decimonónicas.

La crónica periodística registra la incorporación a la Administración de numerosos familiares, que podrán ser personas preparadas, pero que llevan el estigma de no haber sido designados siguientes procedimientos objetivos de selección, quebrando así la norma de igualdad en el acceso.

Algunos de los funcionarios que han nombrado parientes en este gobierno han dado todo tipo de explicaciones y pretextos para justificar esas designaciones. Alguno ha llegado a afirmar que desconocía la designación de su esposa. Son todos argumentos estúpidos, indignos de gente seria.

Si realmente se busca promover un cambio cultural, el presidente Macri debería impartir claras directivas prohibiendo absolutamente este tipo de contrataciones y estableciendo que, de aquí en más, todas, absolutamente todas las contrataciones de personal del Estado se deben hacer mediante concursos públicos, abiertos y transparentes. Como dice el refrán popular, para hacer una tortilla hace falta romper algunos huevos.

(*) Especial para Mendoza Post