Los sindicatos doblegaron a Macri - Mendoza Post
Domingo 23 Oct 2016
porAna Montes de Oca
Periodista

Son poco más de una docena de hombres. Fueron "elegidos" hace 20, 25 ó 15 años y aunque juntos representan a una gran parte de la población, por separado, defienden cada uno a un puñado. Sin embargo, manejan las políticas de la Argentina a su antojo y piacere y nadie parece ser capaz de quitarles ese poder.

Son los sindicalistas “fuertes”. Los apretadores que, valiéndose de un derecho de los trabajadores como son la huelga y la manifestación, amenazan con parar un país entero cada vez que "negocian" algo. Como si fuera poco, provocan aquello que ellos mismos erigen como enemigo: pobreza, falta de trabajo, despidos y trabajo informal.

A medida que los sindicatos presionan para obtener más ganancias (una importantísima parte de lo conseguido en paritarias es para ellos mismos y otra, para cada empleado), en un momento de recesión como el que atraviesa el país, sus logros terminan redundando en más ajuste e inequidad.

Además, el poder real de los sindicatos está en que maneja la plata de las obras sociales sin ninguna clase de control estatal, es una impresionante cantidad de dinero que aportan empleado y empleador que se supone va a la salud pero no se puede asegurar.  

A ellos se suman los grupos de choque cuyas declaraciones patinan en el borde de lo legal: esta semana, el líder de Barrios de Pie, Daniel Menéndez, le dijo en la cara a la ministra de Desarrollo, Carolina Stanley, “no nos obliguen a ir a los hipermercados”. Es obvio que no se refería a ir a pedir trabajo sino a los lamentablemente ya esperados saqueos de fin de año.

Algunos ganan, todos pierden

Un ejemplo clarísimo de las pérdidas que deja detrás cada ganancia sindical lo da el famoso “bono de fin de año”. Además de obligar al Estado a endeudarse más, lo llevó a tomar medidas tan poco equitativas como otorgar el bono a los beneficiarios de Asignación Universal pero por “grupo familiar”, dejar a muchos necesitados sin ningún bono y, para colmo, obligar a los más pobres a bancar el pago extra de los estatales.

Como esos caballos que en las exhibiciones se van arrodillando de a poco, el gobierno comenzó erguido y ahora está hinchado sobre la rodilla izquierda frente al emperador CGT.

Primero bajó la cabeza y cedió al bono para los más necesitados, beneficiarios de AUH y jubilados con la mínima, pero en vez de los 2 mil que querían los sindicatos, otorgaron mil y no por hijo (que son los beneficiarios de la AUH) sino por grupo familiar. Es decir que un niño que tiene 4 hermanos recibe $200 pero el que es hijo único recibe $1000. Algo inédito y absolutamente políticamente incorrecto. La familia más pobre recibe menos.

Luego bajó el cuello, y ahora acordaron “revisar” ampliar el bono a las AUH y otorgarlo también a quienes tienen pensiones por invalidez, que en un principio quedaron afuera dadas las sospechas recientes sobre cada certificado otorgado durante el gobierno anterior.

La pata derecha se adelantó y el caballo empezó a agacharse cuando anunciaron bonificación también para los empleados privados y, en ese momento, el gobierno “de CEOS” que la oposición asegura gobierna “para los ricos”, le tiró al comercio, a la producción y a la industria la pelota del ajuste. (Eso sí, les dan facilidades de pago) 

Ver también: "Empresarios podrían pagar el bono en cuotas"

Las empresas no van a rescindir ganancias, mucho menos en épocas de recesión, por lo tanto, para mantener un nivel aceptable de las mismas cortan por lo sano: reducen personal. ¿Cuántos puestos de trabajo costará en cada empresa el bono de fin de año?

Esos empleos, para los sindicalistas, ¿serán bajas razonables?

Y finalmente, la rótula cedió y el equino cayó sobre ella: los estatales, que en un principio no iban a tener ni caja de navidad con sidra y pan dulce, ahora también tendrán su “ajuste inflacionario 2016”.

Entonces, el empleado del kiosco que trabaja 14 horas en negro por dos mangos, la empleada doméstica con tres hijos que va a cobrar $300 por hijo, la jubilada que gana $1100 más que la mínima y el puestero que no tiene ni trabajo ni beneficios ni jubilación, tendrán que pagar con el IVA del pan y la leche, el bono de los empleados estatales que están en blanco y ganan un sueldo promedio de 14 mil pesos.

Porque mientras el caballo se arrodilló, se olvidaron de que ese animal no es el Gobierno: es el Estado. Y el Estado somos todos.

Menos los sindicalistas, que son los que tienen las riendas.

¿Diálogo?