Crónicas del subsuelo: El misterio de los hundimientos de Dig - Mendoza Post
Lunes 18 Ene 2021
porMarcelo Padilla

Los aplausos no fueron para Dig esta vez, sin embargo, en cada golpe de palma, Dig, en el rebote contra los paredones del torrejón de arenilla que se levantan frente al río, en el eco de los panegíricos chicoteando, alucinaba una pizca de reconocimiento de nadador. Por entonces la familia organizaba en el claroscuro El día de la Acción de Gracias con el pavo fresco sobre la mesa larga del camping. Dig, junto a Said, elogiaban los estilos de sus hundimientos. El pozo de agua clara, vertiente vacua descubierta por Said la tarde anterior a la tormenta, burbujeaba con cada gota ingrávida de lluvia. Dig balanceaba la copa de mojito y respiraba hondo el vaho antes de cada hundimiento. Said le alentaba a hacerlo porque La noche de las carmelas en Salto de Las Pircas le había contado su padecer, que no se resignaría a ese silencio monstruoso que habita la zona del embalse y que, por la acción de los vientos sures, embolsa invisible por las laderas arrastrando piedras y cardos rusos que terminan frenándose contra el barco insólito. Dig se hundía y aguantaba la respiración mientras Said tomaba el tiempo. Desde el cielo los electrocardiogramas rosados crujían en las nubes.

-Nunca una tormenta amilanó a Dig-, dijo Said sudando, pensando en voz alta mientras esperaba su aparición con el cofre.

El tiempo pasaba y el récord superado por Dig en este nuevo hundimiento profería la admiración de su amiga Said.

-Borracho Dig puede también-, le dijo Said a Meitina, quien se acercó para avisar que la hora del pavo había llegado.

-Sí, claro- respondió la gringa -pero por la hora del sol, a Dig, no le suele caer bien el celaje que babea sobre las montañas. Y más si ha tomado tantos tragos, pobre Dig, espero que supere lo de aquella noche en Salto de las Pircas- reflexionó con pesar.

-Yo me quedo a esperarlo Mei, ustedes empiecen que apenas reflote lo cargo y vamos a sentarnos en la mesa- le afirmó Said.

Mei dio vuelta la espalda y el sol le tapó la vista inmediata. Tuvo que restregarse para volver a ver con nitidez la falda de la pita que soplaba humo por los agujeritos hechos con clavo hirviendo.

- Ya vamos- apuró Said -ustedes coman-.

-No entiendo por qué a Dig se le pone siempre que venimos al río ese desafío. Además esta vez no vino solo como para dedicarse a eso- exclamó tía Dulis, parada en la punta de la mesa.

La familia esperando la hora, el pavo listo, las moscas sobrevolando las ensaladas que a su abuela Isa ponían nerviosa, en fin, -Dig siempre igual, haciéndonos pasar un mal momento- le dice cuchicheando Mei a Kufi que ya tenía los dedos untados con grasa de perro luego del embalsamiento. -Espero que al menos le guste lo que has hecho con tus manos Kufi, sabemos que a Dig los animales embalsamados son una de sus debilidades. Además con éste ya tendría dieciocho en el patio. No sé qué más busca este muchacho con esos hundimientos-.

Discutimos. Esa noche discutimos sobre los embalsamientos, le dije que no era normal que juntara tantos perros en el patio, que rozaba lo patológico, que fuera a ver a alguien para charlar sobre el tema. Dig se negó siempre a aceptar lo suyo como una patología. Consideraba que la bondad de los animales merecía una eternidad a la estatura de sus sentimientos. Que los animales sirvieron por un tiempo para ahuyentar a la banda de los Castro que andaba por la zona del embalse cometiendo toda clase de fechorías. Y que el ajusticiamiento por aquella noche para uno de los Castro estaba por venir de su mano apretada, en el empuñe del cuchillo que siempre soñó tener para cometerlo, el cuchillo con la leyenda inscrita, el que reza: "el muerto manda", en la hoja que nace luego del mango.

¡Ay si yo le contara a la familia reunida en torno al pavo lo que sintió Dig cuando le contaron lo de aquella noche!

Tal vez lo entenderían, el tema es que Dig no quiso contárselo a nadie pero a mí me lo reveló luego de los mojitos en Salto de la Pircas, donde los pájaros se estrellan contra el ventanal espejado de la casa de piedra inmutable a las bajadas de los ríos secos cuando el agua zarandea al arrabal. Y al contármelo a mí, Dig, al menos, tenía con quien conversar sobre su ocurrencia. Por eso respeté su hidalgo silencio, porque pudo habérselo contado a todo el mundo, y calló, respetando el sigilo del dique que tragaba las cartas de amenazamiento escritas de puño y letra. Menos mal que el agua se tragaba lo que cayera, más allá del efecto del viento embutido, el dique terminó siendo un aliado del silencio de Dig y su secreto. Que como todo silencio y todo secreto esconden una férrea voluntad moral del pacto de la palabra. Y eso es lo que Dig tenía para sí, una enorme capacidad para respetar los pactos. De ahí que los perros embalsamados tuvieran en su ambición ese lugar sagrado en el fondo la casa. Un patio repleto de perros perfumados contra el hedor que ahora no ladran ni corren detrás de bicicletas. Que por alguna época supieron responder a los ataques de los Castro.

¿Y si fue todo una mentira de Tiza para que Dig volviese loco?

Dig quiso probarlo, por eso una mañana le escribió a uno de los Castro, al que fue señalado como el vendedor de lo robado junto a su calaña de amigos.

-¡Guillotina!- me contó Dig que por privado le escribió a Castro. Solo la palabra Guillotina una y otra vez dicha como un mensaje de hielo para Castro que inmediatamente le desmintió todo y le dijo que se estaba equivocando de persona.

-Cuidamelá- le dijo Farirasta al dejarle el niño en los brazos. Refiriéndose a Tiza, quien le había dejado hacía unos días en el abandono. -Tiza es así- respondió Dig apretando los dientes.

A Dig no le gusto el tono ni el contenido de la expresión "cuidamelá". Calló otra vez mirando al piso refunfuñando como siempre lo hizo cuando algo le daba urticaria por los nervios, en esa simulación de propiedad que le espetaba Farirasta. Dig, como les cuento, no dijo nada una vez más. Se dedicó a callar, a respetar el silencio atronador de los detalles del robo, de la supuesta complicidad que el padre de Tiza tenía en trama con uno de los Castro, a espaldas de su esposa y familia.

A la vera del río la camioneta blanca de los Castro estaciona de culata y queda mordiendo el barro. Dos hombres bajan y buscan una bolsa del asiento trasero que luego guardan en un cofre de mediano tamaño, pero que hacía falta la fuerza de dos para bajarlo a río. Desde el piletón donde Dig y Said realizaban los hundimientos no se divisaba con nitidez el trabajo de los Castro. Dig sabía que cada zambullida podía ser la definitiva para encontrar el cofre o el estallido de su corazón. Ese día a Dig algo le movía especialmente, intuía que podía ser el último hundimiento para una definición a puro aguante bajo el agua.

-Cofre o corazón explotado- pensó Dig en soledad, mirando su cara contonearse en el reflejo del agua del pozo.

Desentendida la familia de los vahos de delirio de Dig, todos comieron pavo y luego pastel de algarrobo.

-Siempre fue un delirante- largó tía Dulis, mientras comía pastel de algarrobo a cucharadas.

Meitena ya lavaba los platos junto a Said, porque Said volvió a la reunión y dejó a Dig se batiera a duelo con su ultimo hundimiento. Dig no volvería. El intento del nadador sin aplausos fue el último. Los malos augurios de tía Dulis, los reproches del entorno, de las amigas y amigos amañaron cuando encontraron flotando el cuerpo de Dig abrazado al cofre a la altura del embalse, unos kilómetros más abajo por el río. El nadador que esperó los aplausos, el acusado de justiciero en algún momento, era ya un cuerpo desgarbado a la deriva de los caprichos del agua que bajaba de la montaña. Ahogado el silencio en la pos tormenta, ahogado el cofre, asfixiado el amor de Dig en el último hundimiento en un pozo de vertiente que conecta con la ladera de arenilla donde la luna desvanece en el celaje en su menguante. Dig lo había logrado. Cofre y corazón explotado.

Los electrocardiogramas del cielo anunciaban la tormenta y el aguacero embarazado de silencios dejó los restos de un día de Acción de Gracias particular para la parentela. Dig fue arrastrado por la corriente con su cofre abrazado haciendo el camino líquido desde el pozo de los hundimientos hasta el final de la traza del agua que choca después del avión empotrado contra el paredón del Bermejo. El pecho inflado de Dig, el cofre intacto con sus cartas y las amenazas de los Castro de puño y letra. Dig, ensimismado en la cifra del último verano, sabiendo la combinación del cofre, Dig con el puñal en la mano.


Marcelo Padilla