La mujer que oficia milagros en un lugar de Mendoza olvidado por Dios - Mendoza Post
Viernes 31 Jul 2020Viernes, 31/07/20 atrás
porChristian Sanz
Secretario Gral. de Redacción (click en autor)

Yamila sonríe. Siempre sonríe. Es imposible entender por qué sonríe, pero lo hace. Y no deja de hacerlo.

A pesar de vivir en un lugar imposible, donde Dios parece no haber reparado jamás. Pero ella cree en Dios, y lo nombra todo el tiempo.

"Gracias a Dios no nos falta la comida", me dice. De reojo mira a sus hijos, que están allí, atentos a cada una de sus palabras. Son seis, pero ahora mismo solo hay cinco, porque el más grande fue a ver a su novia.

"Los días miércoles hago tres ollas de comida para llevar a la gente", me cuenta, sin dejar de sonreír. Porque, cuando agradece a Dios por la comida, no se refiere a la que consume ella, o su marido, o sus hijos. No.

Se refiere a los alimentos que le donan para poder ayudar a gente necesitada. Que son muchos. Y cada vez son más. "La pobreza crece en el día a día. A una persona que antes ya no tenía para comer, ahora se le suma un hijo, otro hijo", me cuenta.  

Yamila sonríe 

La miseria no necesita descripción, porque se ve alrededor. Por doquier. Es parte de este lugar imposible, conocido como la Villa 25 de Noviembre, pero que los lugareños han rebautizado como "El Ceibo". A metros de la zona más "paqueta" de Tunuyán.

"¿Por qué se te ocurrió cocinar para los demás?", le pregunto a Yamila, con genuina curiosidad. Su respuesta me deja mudo: "Porque veo las necesidades que tienen los niños. Vos ves la necesidad, no les alcanza para llegar a fin de mes a las familias. Por eso siempre quise poner un merendero".

Yamila habla como si a ella misma le sobraran los recursos. Pero no. Su pobreza es tan o más grande que aquella que aqueja a quienes la rodean ahí mismo. En ese lugar imposible.

Barrio "El Ceibo" por dentro

"Por suerte, Dios no nos ha abandonado frente a la pandemia", insiste. Y sonríe.

Y yo no atino a decir nada. Porque no hay nada que decir. Porque la palabra "Dios" no encaja con ese lugar, donde no hay nada de nada. Ni siquiera lo más elemental: el agua.

Pero Yamila sonríe igual. Y me mira. Y yo la miro, en mi persistente silencio. Y algo mágico sucede entonces, porque no necesitamos hablar, y aún así nos entendemos.

Hasta que se me ocurre otra inquietud, repentina: "¿Qué piensa tu familia sobre la ayuda que brindás? ¿Y tus hijos?".

Un lugar olvidado por Dios

"Mi marido trabaja. Pero le gusta lo que hago. De hecho, cuando está en la casa también lo hace, ayuda", me cuenta. Y de pronto, vuelve con el tema del merendero, que, según me han contado los lugareños, es todo un éxito.

"Tengo 63 chicos y 16 adolescentes", describe Yamila. Por eso el nombre que le ha puesto al merendero, Sueños Cumplidos. Porque es su sueño, ciertamente. Y se ha cumplido. Y se ha sumado a todo lo otro, el darle de comer a los marginados de la sociedad.

No le falta ayuda, por suerte (¿gracias a Dios?): "Mucha gente me manda alitas de pollo, lentejas, arroz, carne molida, y otras cosas", asevera Yamila. Alguien la interrumpe, solo para contar que a veces ella misma compra la comida que regala. "Cuando tengo que hacer, lo hago. No me sobra, pero lo hago", confirma. Y sonríe.

Luego me contará que empezó a hacer lo que hace a través de Cáritas. Y que no solo da de comer en su casa, sino que, cuando le sobra comida, la lleva a necesitados que viven allende las fronteras de "El Ceibo".

Sin palabras

"Les llevamos alimentos a los acompañantes del hospital y a gente en situación de calle, como los que viven debajo de los puentes. Empezó con un café, ahora hacemos viandas", me cuenta.

De pronto recuerdo que le pregunté qué pensaban sus hijos sobre todo esto, y que nunca me respondió. Entonces le repregunto. Y me cuenta que algunos de ellos quieren salir a repartir viandas. Me señala a uno de sus pequeños y me cuenta una anécdota: "Un día me acompañó y me dijo apenado '¿viste aquel nenito? No tiene zapatillas'."

Otra vez Yamila me ha dejado sin palabras. Y de pronto me encuentro intentando contener el impacto emocional que me producen sus conceptos. Descubro entonces que es hora de volver a mi casa, no sin antes prometerle que escribiré esta crónica, porque el mundo está obligado a saber que ella existe.

Porque tal vez Dios no exista. O sí. Pero si hay una certeza es que Yamila sí es real, y hace lo que pocos se animan a hacer. Y es de carne y hueso.

La postal de la miseria 

Nos despedimos, fríamente, con el codo. Por culpa del coronavirus. Me gustaría abrazarla. Saludarla como corresponde. Pero no se puede.

Me encantaría decirle un millón de cosas, pero no sabría expresarlas con claridad ahora mismo. Entonces parto, en silencio. La saludo con la mano, a lo lejos, con un dejo de melancolía.

Yamila hace lo mismo, me saluda, con una de sus niñas en brazo. Y sonríe. Siempre sonríe.