Crónica de las 72 horas en las que tuve tres diagnósticos de coronavirus - Mendoza Post
Viernes 17 Jul 2020Viernes, 17/07/20 atrás
porFlorencia Silva
Editora Post

Después de tres meses en los cuales sobran los dedos de una mano para contar las veces que vi a mi familia y amigos y en los que mi vida se transformó en un manual sanitario, este domingo, amanecí con fiebre.

No era muy alta, era febrícula. Tenía tos seca y dolor de garganta. Combo Covid a precio de fábrica. En ese momento no me preocupé porque no hay invierno en que no me enferme. Sin embargo, me di cuenta que el olfato me fallaba y se prendió el alerta. Este síntoma es casi determinante.

Hay un marca de jabón de tocador que siempre compro porque me gusta el perfume. Esa mañana, no lo sentía. Me lavé las manos varias veces y no había caso, el aroma había desaparecido. Fui a la cocina, me hice un café y ocurrió lo mismo, no sentía ni el gusto ni el olor. Tomé una botella de lavandina, abrí la tapa y metí la nariz. Nada. La lavandina olía igual que el agua.

El día del diagnóstico positivo se registraron en Mendoza 44 casos, la cifra más alta desde el inicio de la pandemia.

Inmediatamente le mando un Whatsapp a una médica que trabaja en un hospital de provincia de Buenos Aires que ha visto coronavirus de todos los colores. Le cuento lo que me pasa y me dice: avisá.

Llamó al 0800 COVID y me atiende un operador. Me pregunta los síntomas, los datos, mi profesión, cuándo empecé a sentirme así, con quién estuve y si tuve contacto con un paciente positivo o si estuve en una zona de circulación viral. Luego me pasa con una médica que me hace las mismas preguntas. Le digo que no he viajado a ningún lado y que no he tenido contacto con ningún positivo, al menos que yo sepa. Me dice que sin estos parámetros no puede tomar mi caso como sospechoso.

La respuesta no me convence. ¿Cómo saber si estuve con un positivo? ¿Acaso la gente tiene un rotulador en la frente que dice Covid? Aviso en mi trabajo y por gestión de la empresa consigo que me hisopen a mí y a mi pareja, aunque él no tenía síntomas. Si hubiese sido una vecina cualquiera de los suburbios mendocinos, nadie me habría asistido.

Ver: El "golpe" de los 44 casos, y el posible regreso de restricciones en Mendoza

El lunes a la diez de la mañana llegó a casa una unidad centinela. La bioquímica traía una caja de telgopor, tipo conservadora, del tamaño de un baúl. Mientras se preparaba con todo el protocolo de seguridad, nos explicó el procedimiento. Hablaba con la calidez de una maestra jardinera, sin caer en la cuenta de que estaba interactuando con una posible paciente con coronavirus que podría contagiarla. Además aún tenía en agenda a varios casos sospechosos que debía hisopar. En ese momento pensé que el personal de Salud debería estar en la punta de la pirámide del reconocimiento social y salarial.

Me pidió que me bajara el barbijo descubriendo solo la nariz y colocara la cabeza en un ángulo de 45 grados. El hisopo llegó a los límites más recónditos de mi tabique, pero no dolió. Duró un par de segundos y me causó ardor, ganas de estornudar y de llorar. Todo junto.

En las últimas horas los contagios en Mendoza se dispararon.

Luego de tomar la muestra, comenzó a sacarse, despacio y con movimientos estudiados, la ropa y elementos de protección, los cuales fueron depositados en una bolsa roja que indica que es un residuo de alta peligrosidad. Dijo que ella debía encargarse luego de desechar el material.

Había llegado el momento de esperar el resultado. Yo estaba aislada desde el sábado, pero me preocupaba mucho haber contagiado a alguien. A mi pareja y a mí nos dijeron que nos iban a llamar después de las 18, pero eso no ocurrió. Una vez más, por gestión particular nos enteramos que los hisopados habían dado negativo. Así se lo informó el ministerio de Salud al director del diario.

El martes me despierto agitada. Me faltaba el aire cuando hablaba. Recibo una llamada de seguimiento por parte Epidemiología y les digo que por momentos me costaba respirar. A mi compañero nunca lo llamaron.

Hubo tres llamadas más a lo largo de la mañana y decidieron activar el protocolo e internarme. Media hora más tarde, cerca de la 15, una ambulancia paró en la puerta de mi casa. Yo rogaba que no hubiera nadie en la calle, sin embargo había al menos tres vecinas mirando con los ojos como platos cómo el chofer del rodado sanitario, vestido como un astronauta, me llenaba las manos de alcohol y me indicaba que subiera.

En el hospital me enteré que mi resultado no había sido negativo sino "no concluyente" y justo cuando comenzaba a angustiarme se me apagó el teléfono. Fiel a mi estilo, ningún enchufe en todo el gigante centro sanitario servía para el cargador de mi celular. Estaba sola, asustada e incomunicada.

Ver: Covid: quedan muestras sin procesar en los laboratorios de Mendoza

Cerca de las 22, luego de una revisión clínica y una tomografía de tórax un enfermero me llevó al área Covid ubicada en el quinto piso, con estricto acceso restringido. Los pasillos del hospital que llevan a ese sector estaban desiertos, hacía frío y lo único que quería era estar en mi casa, viendo tele con mi perra. Para colmo no tenía forma de volver a encender mi celular.

Me asignaron la habitación 507. Era grande. La cama estaba pegada a la ventana, en el extremo opuesto a la puerta para mantener la mayor distancia posible con el personal sanitario. En una mesita había un termómetro digital, un tensiómetro digital y oxímetro que mide la saturación de oxígeno. Esos elementos estaban acompañados de un instructivo que explicaba cómo debía medirme esos valores, ya que las enfermeras no entraban, me preguntaban detrás de la puerta y tomaban nota.

Luego del aumento de casos, el gobierno anunció nuevas restricciones.

Ya instalada, sola y sin teléfono, me revisó nuevamente un médico. Me dijo que me iban a hacer un segundo hisopado y salió. A los pocos minutos volvió, me pidió detrás de la puerta que me pusiera el barbijo y me acercara. Cuando quise abrir me frenó y me pidió que no lo hiciera. "Diste positivo. El hisopado fue reprocesado y dio positivo. Vas a estar internada diez días y después 14 días más aislada en tu casa". Le rogué que me ayudara a conseguir un cargador porque tenía que avisar en mi casa que estaba internada, pero me dijo que nada podía estar en contacto conmigo o con mis cosas. Sin embargo, tuvo el gesto de llamar a mi novio, que estaba aislado y él organizó una logística hasta que finalmente pude prender el maldito teléfono.

En las horas en que dejé de atender llamadas y mensajes se tejió todo tipo de conjeturas en mi familia y amigos. Yo sabía que iba a estar bien. Tengo 34 años y ninguna comorbilidad pero es imposible que lo entienda la familia, que recibió la noticia con mucha angustia. La saturación informativa que hay en torno a la pandemia de coronavirus ha calado en lo más profundo de la sociedad.

Esa noche no dormí absolutamente nada. Estaba aislada en una cama de hospital, tenía la cabeza a dos mil revoluciones y no lograba entender por qué, si me había cuidado tanto, me había contagiado.

Ya en las primeras horas del miércoles, la noticia había llegado a todas las redacciones de los principales medios de Mendoza.

Elegí hablar porque me parecía fundamental comunicar la importancia de no subestimar los síntomas. En medio de esa vorágine, entró un médico a la habitación y me dijo que hubo un error, que el laboratorio envió mal mi resultado, que seguía siendo "no determinante" y que había que hisopar otra vez.

En ese momento me ganaron la furia y el enojo. Llevaba casi 24 horas internada en una unidad Covid y ahora resultaba que no sabían cuál era mi diagnóstico, después de todo el estrés por el que había pasado.

Después de las 16 volvieron a hisoparme. Esta vez dolió y ardió mucho más que la primera vez. Pasaban las horas y estaba inmersa en la ansiedad y la incertidumbre. Se hizo de noche y el resultado no llegó.

El jueves cerca de las 10 de la mañana recibo un Whatsapp de un médico que me dicen que me daban el alta, que el segundo hisopado salió negativo. Un rato después, otra doctora me dio un papel con una serie de normas sanitarias que debía cumplir durante el estricto aislamiento de 14 días en mi casa, entre los cuales destaca que tengo terminantemente prohibido salir, excepto para buscar ayuda sanitaria. Le pregunté si me iba directamente por mis propios medios y me dijo que si. Salí caminando y me tomé un taxi.

Dentro de catorce días, cuando finalice el aislamiento, debo volver al hospital para que me hagan un estudio de anticuerpos, que determinará si tuve el virus.

Fue una odisea personal, de más de 72 horas en la que tuve los tres diagnósticos de la enfermedad del momento. Me quedó la sensación de que no hay grandes certezas respecto a la gestión de la pandemia, muchas dudas sobre la fiabilidad de los test y la incertidumbre de no saber si tuve coronavirus.