Crónicas del subsuelo: Etnografía de paso - Mendoza Post
Lunes 15 Jun 2020Lunes, 15/06/20 atrás
porMarcelo Padilla

A la señora se le ha pasado el colectivo que iba a Ugarteche y ha quedado sola en esa parada perdida en el sur junto a su hijo pequeño. Detrás, el Cordón del Plata y el Tupungatito a pleno de nieve, el sol calienta la espera y lejos de enojarse -solo ha soltado un ¡Pucha! al aire- sigue ahí, con las manos metidas en los bolsillos. En esa nada de las conversaciones de la espera me ha contado que el hijo tiene unos guantes parecidos a los que llevo, unos mitones negros agujereados que resisten al menos siete años ya; el del hijo, dice, tiene el dedo gordo cortado, también negros pero solo con un dedo cortado porque así puede manipular el celular. Hacia el sur la destilería del fósforo y la montaña imponente. Los bondis de la pobreza demoran más, sobre todo en las zonas alejadas del Gran Mendoza, eso se sabe, al menos lo saben los que esperan en la paciencia de todo despojo. Sin embargo llegan, entonces entre charla y charla el tiempo pasa, el sol se inclina y la sombra quiebra la figura de la señora y la del niño, nosotros ahí, los tres, en esa estación. ¿A quién le importará todo esto tan insignificante? me pregunto, mientras viajo en uno que a la hora de espera supo llegar. Es un largo viaje de postas de colectivos para el arribo a la ciudad. La señora y el niño del guante cortado en el dedo gordo han subido al bondi que los llevará a Ugarteche. En la hora de espera solo hablamos del frío, del tiempo, pero también del choque de su auto hace un tiempo, de la falta de calor, de la paciencia de toda espera mientras uno charla. Así, con cualquier persona que uno pueda encontrarse en la calle en un punto del mapa sin medir intereses ni necesidades. Solo charlar, "que mal no le hace a nadie", me dice, al despedirse.

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El bondi recorre barrios profundos de un Luján de los bordes, donde la luz no es la luz de los barrios coquetos. El contraste en el recorrido se entiende solo si pensamos que en esas paradas de soledad suben quienes limpiarán las casas de quienes viven en los últimos. El recorrido garantiza el trabajo y también la estructura de desigualdad de todo viaje. Donde el charco es pintura de acordeón y el césped paisaje de descanso de pudientes. Es un día de sol y ha salido para todo al menos por unas horas. Tal vez el único espacio de tiempo donde se produce una verdadera socialización de esa energía. Luego caerá la tarde y el frío del que hablábamos con la señora en la parada del sur tal vez ahora sí tenga sentido como tema dentro de toda su insignificancia. "Si tuviera una salamandra sería feliz", dijo en un pliegue de adagio que el viento helado esparcía por la zona. El frío en la etnografía de los márgenes.

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A todo esto seguimos en plena pandemia, han pasado tres meses y aquí, en la provincia que le va bien con los números de muertes y contagios la vida social se flexibiliza, pero lo que importa es que la gente en la Arístides no se contagie, ni que Portezuelo pierda la posibilidad como obra, más allá de la medida del pliego que beneficia a una sola empresa que en su historial para acceder a ganar la licitación deba tener al menos tres diques construidos. Noticias. Análisis y operaciones que cubren los diarios. Que no entendamos, eso, la idea es que no entendamos nada y todo transcurra así, en esas paradas de soledad, perdiendo bondis, perdiendo como siempre pierden los que no tienen tiempo acumulado ni tan siquiera una salamandra para calentarse.