Crónicas del subsuelo: Repaso de las horas - Mendoza Post
Lunes 4 May 2020Lunes, 04/05/20 atrás
porMarcelo Padilla

Esas discusiones permanentes entre miles de convalecientes por hacer primar los números que la televisión repite por la mañana y por la noche, cada acontecer de una infección o una nueva despedida en medio de una paranoia estable y controlada; y la multitud que repasamos en las fotos viejas, en los videos viejos, en las militancias amuralladas por la terminación del DNI, bajo la sumisión obligada en terapias alternativas on line, aprovechando esos quinientos metros de ida, varándose en la deriva de una esquina desolada, o el que la calcula y hace doscientos cincuenta de ida y luego vuelve por el mismo sendero ¡Cuánto duran! bajo el sol de un día cualquiera atravesando a la larga fila de hombres y mujeres con barbijos, reclamando un lugar en el mundo de la compasión, en el mundo de la piedad, traen y deslizan un estado de excepción en el espíritu, en un mar quieto de confusiones y silencios.

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Obligados a controlarnos por un bien supremo el convaleciente acusa al desvalido y el sano al antihigiénico. Nuevamente el hedor es señalado, el vecino y la vecina desconfiada y el enfermo, ese anónimo, enfrentado a la amenaza del linchamiento de su propia su identidad, su buen nombre y su mejor apellido, luego de haber deambulado por guardias e inyectables 24 hs, apareciendo decaído, con el temor a su propio nombramiento. De los presos y presas amuchados en las cárceles de la miseria, de los viejos y viejas en los geriátricos, de los padecientes de los psiquiátricos y hospicios para abandonados, sitios de encierros y contención, para que en comunidad estigmatizada salgan únicamente por el pasillo largo, uno por vez, a visitar su propia despedida. Cárceles, geriátricos, psiquiátricos, hogares de abandonados. ¿Qué tiene en común la muerte?

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Son las seis y pico de la tarde de un día de mayo, no importa qué día de mayo. El sol afuera abriga las casas. En el imperio de la ley la ceguera de los ademanes por encontrar el picaporte infectado, con el codo se abre la puerta y con la mano, con una sola mano, dos vueltas a la llave para cerrar un día más en el adentro. Los días son largos, aunque la meteorología diga que por estas costas ha llegado hace rato el otoño y muy pronto vendrá el crudo invierno, la jornada se estira en una sucesión de muertes. Y quizá, por constituir sucesión la muerte, haya quienes estén esperando la muerte del muerto no en el velorio prohibido sino en el escribano y el forense, buscando la carta o la enmienda de los restos heredados. A los sillones y a las camas se les prende fuego en la pira de ropas y almohadones, vestidos y pantalones, joyas no, autorizaciones y poderes otorgados por condición filial. Llueve en el disco. La música suena entre la persistente agua. Afuera hay sol pero en el disco llueve una hora. Es una suave melodía.

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Por temor a la geo localización detiene su marcha, el bulto sigue en movimiento pero no genera más que temor, ¿dónde habrán ido a parar los que no tenían dónde? El hombre que dormía en las puertas del Banco Superville ya no está acostado por la mañana de domingo. ¿Y dónde la mujer harapienta que paraba en la Plazoleta Barraquero que por temor, solo por temor la gente se le corría unos metros al pasar, mirándola de lejos y repentinamente desaparecida de la constelación al oler su hediondez pandémica, ya nos informaba que ella y él eran dos testimonios con signos vitales pero sin vida?

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Nos habían avisado además que las calles reformadas, las obras que lucían en el hormiguero no eran para los de su condición más que saber detectar el sitio de la parada obligada para matar el tiempo muerto. El tiempo ya estaba muerto, tal vez no nos dimos cuenta e hicimos lo que todo humano hace. Seguir adelante, individualmente interpelado, tras la consigna religiosa de todo ciudadano que quiera progresar en la ciudad y bendecir las noticias que mueren a las 22 hs. Hemos participado ya de los legales velorios. De tantos parecidos de iguales que en el encierro hemos de pasar a otros temas. Fumigar la noche y quedarnos a conformidad con ese orgullo de la subalternidad que nos brindan las tecnologías, nos consuelan, sea en la terapia como en la guerra. Dejar morir a los muertos que mató la anterior rapiña, los salvables serán destinados al premio biológico del nuevo canon de resistencia, del que siempre gobernó en el sometimiento. Puro cuerpo adolorido.