Crónicas de subsuelo: La noche sola - Mendoza Post
Lunes 27 Abr 2020Lunes, 27/04/20 atrás
porMarcelo Padilla

Toca la pantalla con el dedo para abrir las fotos que alguna vez sacó para repasar los buenos momentos de la vida y la capsula no está, la imagen de ese navío submarino que pudo tomar a tiempo antes de la tempestad, en pleno mar, ha desparecido del álbum. Es un tacho de basura de lata con tapa donde entra una persona, pero no está en el álbum. El olor a panadería se cuela por las ventanas. El día es oscuro en su parición. Han renegado en el mostrador dos inmigrantes con corbata: al tipo vestido de corredor de bolsa le surten efecto las medicaciones que allí le dan, pero no quedan le dice la voluntaria enfundada con una ametralladora. De aquí se van y no vuelven más, grita un agente de seguridad. El cubano, el otro, tiene unos pantalones de corderoy mugrientos y una campera más grande que su talle, el cubano no habla, nunca pudo hablar y solo se comunica con la mirada vidriosa que en el refugio pueden entender. Ahí es donde comen, les dan algunas ropas y se van hasta el próximo día. En la calle no pueden estar aunque vivan en la calle. No hay camas ni puentes, ni arboles donde protegerse. Los dos se van por caminos distintos, el chicano vestido de corredor de bolsa y el cubano de los ojos vidriosos. De espaldas caminan a la par, sin embargo lentamente se bifurcan. Uno hacia el lago y el otro hacia la torre de tensión que se divisa desde el refugio.

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Monique me cuenta que en Italia ella y su familia están bien, agazapados en un pueblito perdido al sur de Roma, que el perfume del viento huele a cadáveres, la carne quemada ha reemplazado a las pestilencias industriales. Todo es confusión porque el tacho de lata, navío submarino convertido, naufraga mar adentro con un cuerpo. Como en un sacrificio inca han puesto en su interior a un niño embalsamado. Le han entregado al mar un testimonio de la especie. Con suficientes piedras y cadenas el tacho se hunde, esa era la idea me cuentan, para no ser divisado por la guardia marina. Pero la foto no está.

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Los edificios, las torres, están desérticas luego de la inundación, el agua les ha llegado a los pisos más altos y como la cuarentena continua, el film sigue proyectando las imágenes sobre el paredón sur. Es, lo que podríamos llamar, cine al aire libre en cuarentena. Una película sin editar que automáticamente comienza a las 19 cuando la tarde cae, a la hora de las melancolías donde la noche luego queda sola. Lo que sabemos pasa en el día, en la noche abandonada la ciudad es un contagio de sirenas y ambulancias, coches de bomberos y autos policiales. El Estado Benefactor es un antecedente nomás, porque algunos, desesperados por las certezas piensan y esperanzan con el retorno. La señal no está accesible, cada vez funciona con más desparejamiento, viene y va, viene y va. Se corta. Las paredes son gruesas de cemento y ladrillo infranqueables hasta para un atraco de película inglesa, nada de policiales. Los asesinos han salido a las calles a protestar contra un virus que no tiene nombre ni puede verse. Aun así, son miles de miles que bajan de los caracoles. Decididos a sacrificarse en la pira en el kilómetro cero.

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El tren de Andalucía. Ahí agarraron a José Navarrete con sus cómplices en pleno desarrollo del plan fallido. La película sigue sobre la muralla desnuda. La noche sola. Abandonada a la escasez de las sombras de los caminantes. De día bajan, de noche son fuego en la pira. Sin acompañantes naufraga en la calle Vélez Sarsfield, epicentro del infiernillo. El río sigue ahí, brioso erótico apocalíptico, lamiendo las huellas que ha dejado en el canal mugriento. En la cima de la montaña el río es un escándalo, puro derroche, difícil le paren "su" cuesta abajo. En este momento, en Río de Janeiro -Botafogo- el mar no se mueve, tibio y lejano como un cuadro de un William Turner sosegado por la tormenta y la heroína. El mar no ha ganado, simplemente está más quieto para que emerjan los ahogados y ahogadas de las favelas. El río es un escándalo político y el agua una batalla por el destete, una intriga sexual en el palacio, el rumor de un pueblo esculpido por el diablo. El mar y el río que no vemos (no) es agua, envuelta la palabra protegida de su traducción, reposa luego de la lujuria con velas en el ritual imprudente. No hay un alma en la calle Manuela Malasaña en Madrid, tampoco en los Arcos de Lapa en Río ni en La Rua Augusta de San Pablo. La noche sola, malanoche sola, como un Black Out en las ventanas.