Crónicas del subsuelo: Pandemia emocional - Mendoza Post
Domingo 22 Mar 2020
porMarcelo Padilla

La M empieza a fallar en el teclado, dejo el dedo apretándola, no escribe, pruebo con una palabra entera que empiece con M y sale fallada, inentendible, porque tampoco la S funciona y así con otras letras que se le prenden. Empiezo con el golpeteo tecla por tecla y tampoco. El teclado es viejo, la computadora también, tiene siete años y medio, la edad de mi hija, hace unos meses comenzó a fallar con frecuencia, la M es la más resentida, después le sigue la S y algunos días en las pruebas de escritura son más y más letras del teclado que no responden, como una pandemia de ausencia no puedo escribir lo que deseo, o lo que sale de las manos, guiadas por no sé qué orden neurotransmisor. Así he pasado una temporada, intentando, decirte con las letras que no escriben, "te he extrañado mucho".

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Apelo a la correspondencia, a esas viejas formas de la distancia, las cartas, que salen y viajan por un circuito administrativo luego de dejarlas en el correo.

A: ............................................. (Nombre y Apellido, dirección, CP)

Remitente: ............................. (Nombre y Apellido, dirección, CP)

En la carta despunto el olvido y la perversidad de la distancia es lo que hace efectiva la correspondencia. Sin embargo de un momento a otro la M aparece escrita y así, la unión con otras letras que forman la palabra, y por efecto contagio funcionan las otras. Se puede volver a escribir en el encierro. Otra cosa no sé hacer. Con las manos soy bastante inútil, y ya, a mi edad, no creo recomponer ni aprender lo que alguna vez pude o supe hacer con las manos, excepto acariciarte, escribir. No tengo ambiciones, si alguna vez las tuve, eso ocurrió hace tiempo. No puedo tenerlas, mucho menos en el acuarentamiento que sabe a tiempo elástico sin fecha de vencimiento aunque digan que el uno de abril volverá todo a la normalidad. A esa normalidad no quiero volver, eso lo sé, si por normalidad entendemos lo que nos ha llevado a estar en estas condiciones.

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En la calle no hay un alma y el espíritu pierde el temple, cómo sobrevivir en espacios pequeños, me pregunto, en un edificio de once pisos, pegado a cinco torres más de once pisos cada una, cuatrocientos departamentos ocupados y al menos mil personas habitando la cuarentena de manera absoluta. Pienso en positivo y me digo: al menos tengo un lugar para vivir, una heladera vieja que hay que golpear con una patadita para que cierre, y congela. Lavo a mano, pero tengo manos, es como con las teclas, valoro cuando la M y la S y otras letras vuelven a aparecer.

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Estoy solo con mi hija, ella ordena juguetitos chicos en una casita que le regaló la hija de un amigo, es una casita de madera de buen porte donde tiene sus objetos, su fantasía de orden, su propio orden donde duermen muñequitos y gatos, una colección de pets que le regaló su hermana mayor. El orden de la casita de mi hija es un orden mutante, a veces estricto. El tiempo elástico, la brisa que entra por la ventana en un día diáfano a la intemperie. Hemos hablado mucho de la intemperie, puedo mirar la ciudad a la intemperie por la ventana del sexto, los pájaros, algunas lagartijas que aparecen, palomas visitantes que picotean en las cornisas, cucarachitas testimonio de todo apocalipsis, el verde de los árboles de una ciudad baja sumergida en un pozo luego de años de fogoneo y superpoblación de autos y personas.

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Hoy bajé a comprar papas y zanahorias, zapallo y algunas frutas. Hago esperar a mi hija en el sexto para no exponerla. Me cruzo con una mujer en el ascensor con cara de cansancio y fatiga corporal. "Buenas", le digo. Ella mira el piso y resopla, "buenas", responde. En lo que dura el viaje de seis pisos me cuenta que trabaja en un geriátrico y hoy tiene franco, que es persona asignada en su familia para hacer las compras, "he bajado tres veces" me dice sin animo. Empieza a bajar la moral de la gente y eso también contagia. Las redes sociales en su épica finisecular largan la diaria minuto a minuto sin advertir que pronto podría colapsar la matrix. Unos se cansan de otros y se pelean por nimiedades, hay quienes promueven la denuncia contra los que violan la cuarentena, acusan, empiezan los escraches a quienes vinieron de viaje y no dijeron nada, sean conocidos o amigos o parásitos virtuales. También los videítos de dirigentes políticos que no quieren perder presencia, porque otra no saben hacer, estar como sea sin perder presencia. Uniformados con el mismo discursito y los mismos logos. Se dan likes entre ellos, tal vez ya nadie les crea, porque pertenecen al pasado de sus prácticas, aunque lo hagan de buena leche.

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Por el momento este texto no traduce la falla del teclado. Puedo seguir hasta que se terminen las letras, desaparezcan y las páginas queden en blanco. La situación de aislamiento es como una lenta ceguera, no vemos más allá de las ventanas, lo que la vista alcanza.

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Empezamos a desarrollar implosiones habitacionales, vecinos que pelean entre sí en un departamento y no poder soportarlo. Subo el volumen de la música para que mi hija no escuche. Pasa un rato, una media hora, y vuelve la calma, aparentemente nadie ha muerto, igual no lo sé, en cada uno de los departamentos se vive como se puede. Ya van dos noches, se repite, organiza, una mujer toca el botón del portero a las 20:50 departamento por departamento con la consigna:

"a las 21 salgan por las ventanas a aplaudir a los médicos"

El pueblo intenta subir la moral en el encierro, sale a reconocer al personal sanitario batiendo las manos, pero también habla, grita, se da aliento, "no levanten la cuarentena, no salgan de sus casas".