Crónica del subsuelo: Carnaval y vendimia de la cascada - Mendoza Post
Lunes 24 Feb 2020
porMarcelo Padilla

Vino el carnaval en un febrero bisiesto. Carnaval: expresión comunitaria donde la idea de individuo se diluye en la masa. Por su carácter anónimo el pueblo se enmascara, utiliza el velo del disfraz para dar vuelta, sin identificación individual, el orden establecido. Al menos así el carnaval fue concebido cuando las monarquías europeas dejaban que en la plaza pública el siervo de la gleba se expresara satirizando al poder, poniéndolo patas para arriba. Eso ya se sabe, y responde a la tradición medieval de dominación pero también de rebeldía por unas horas. La máscara y la comunidad constituyen la alianza contra-hegemónica para la burla popular hacia el poder establecido. Reviste el "carácter de fiesta" por el exceso, el barroquismo de los colores y los atuendos, el bochinchero carrete que se permite la comunidad para decir las cosas de otra manera en otro pliegue del discurso y de la estética. Todo lo que sucede en un carnaval estaría permitido en tanto el poder protege por encorsetamiento una expresión que en la diaria generaría un caos social.

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El carnaval por tanto establece un nuevo orden a partir de subvertir el establecido. Aún efímero, "quitar la carne", el derroche de energía en un acto colectivo y catártico, desafiando al poder desde la sátira y la picaresca. Prohibido en dictadura y recién restablecido en 2011 para la errancia de dos días. Sin embargo el clima no es justamente el de fiesta. El proceso de angustia le antecede y luego de las cenizas regresa, porque el orden subvertido ha quedado allí depositado en ese tramo de tiempo. Igual se festeja, pero bajo el control del ánimo social. La escases no condice con el derroche, pero tampoco hay derroche, menos aquí en Mendoza donde el cuaquerismo espiritual que gobierna el sentido común le pone límite al espíritu. La fiesta de carnaval en dos días se entremezcla con otras fiestas. Una seguidilla de actos institucionales por departamentos ensalza el camino hacia la denominada Fiesta Mayor de los mendocinos: "La Vendimia", farsas y comparsas. La vendimia es a cara descubierta porque lo que prima es la idea de belleza en la cosificación de la mujer que pugna por la corona, mientras en simultáneo en el carnaval lo que se obtura es la posibilidad del reinado, en todo caso, en tono de sátira, la corona y sus atuendos pasan al pueblo que ironiza con la máscara a la corona que saquea.

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En la vendimia no. Acostumbrados a una realeza de suburbios, las reinas tienen que poner su rostro y su cuerpo para que un conjunto de votantes decidan quién es la que obtiene el podio de la belleza. Una belleza definida por patrones culturales que sigue alimentada por el poder político, los medios de comunicación y el aspiracional deseo de los vecinos para ejercer una especie de movilidad social simbólica, (tener una reina en un departamento luego del decante en los distritos) para que finalmente se resuelva la coronación definitiva por un año a la más votada. Eventos, cenas de gala, bendiciones de los frutos, la intromisión permanente de la iglesia subsidiada por el estado en todas sus facetas: educación, constitución, salud y cultura. En el carnaval la máscara "vence" porque representa, en el supuesto anonimato, el triunfo popular de la comunidad. Triunfo efímero frente al poder sin ser conscientes de ese triunfo simbólico. Encorsetado. Una puesta en escena de la quita de la carne en la previa la cuaresma.

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Si la vendimia y sus fiestas departamentales representan "el ser provincial", construcción identitaria desde principios del siglo XX, cuando se instala un nuevo orden mundial y la argentina jugaba en el mapa geopolítico un rol complementario por su primarización de la economía, rol que nos atribuye el capitalismo central a los países periféricos que abastecían de productos primarios a aquellos, sin manufactura, el carnaval se impuso por el derroche, el gasto y la alegría en sí misma. Sin coronaciones. El carnaval entonces viene a oponerse a La Fiesta de la Vendimia por el entramado de intereses que esta contiene, atravesada por un "mito sin base". La base del mito es "el ritual" que lo sostiene con sus prácticas, y digo "mito sin base" porque el trabajador y la trabajadora de la viña que hoy cobra 20 pesos el tacho no están representados más que en la foto promocional para el turismo. La imagen de la explotación y la desigualdad en gigantografías, mujeres de barrio disputando una corona, almuerzo de las fuerzas vivas (empresarios y casta política) y la consabida reunión en San Isidro para besar el anillo del patrón que tiene su lago y cascada propios. En los cerros el pueblo, que en esta edición de la fiesta central será custodiado y prevenido del enemigo interno que hoy instalan los medios y la real politik local: los guardianes del agua. Las hidroreinas, el arte de los drones en lucha de clases en el aire, el miedo del gobernador y sus parientes vigilando. Escapa a la memoria por desinformación la reinstauración de los carnavales en el 2011 por un gobierno popular. De eso nadie habla en las fuerzas vivas. La cascada viene de los cerros y los cerros son de nadie en particular, como el dicho de antaño, ese de "la vereda es pública". La vendimia se opone a la máscara y se acerca más a la careta de plástico, la máscara es para el trabajador y trabajadora de la viña, y también el pañuelo bajo el sombrero, bajo el sol encapuchados. La careta en el palco. El libreto y el guión políticamente correctos. La vendimia con vallas y operativo de seguridad, como si fuera un clásico de futbol con hipótesis de conflicto. Prohibido fumar y protestar. Carnaval bisiesto, la conjura.