Crónicas del subsuelo: Agua Amarga y la extinción lenta - Mendoza Post
Lunes 10 Feb 2020
porMarcelo Padilla

Armo el escritorito en una pieza que no tiene, por el momento, una función específica. Es solo una pieza de un departamento en un sexto piso abarrotada de trastos: cama desarmada, cajonera de madera, bloques de cemento para armar una biblioteca algún día, un colchón y dos bicicletas en desuso. Estoy, como conté en otro escrito, en Alemania del Este. Aquí no ha caído el muro, sigue intacto. Sin embargo las gentes de los departamentos habitados comunican en una jerga particular desarrollada con los retazos del lenguaje que aprendieron fuera de los muros, oblicuamente incorporados en un desvío aleatorio. Palabras y oraciones yuxtapuestas e intercaladas con otras que no figuran en ningún diccionario ni son reconocidas como "habla" formalmente legítima.

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Es un idioma o argot propio de un claustro metido en la ciudad. Algo así -me hace recordar- al papiamento, el lenguaje de la isla caribeña de Aruba que fuera colonia holandesa hasta su independencia, al pasar a quienes les corresponde. Por el mapa es venezolana. Cerquita de Surinam (Guyana Holandesa) Aruba forma parte del islario de las colonizaciones habitadas por poblaciones que no le importan a nadie, al menos en las noticias no le importan a nadie como sucede con los residentes de La Franja de Gaza imaginaria que constituye la Calle San Martín. Si falta el agua en la Quinta Sección es un problema social, si sucede en el lado B de la ciudad no importa tanto, "el agua se aprende por la sed", dice en un poema Emily Dickinson. El papiamento es una mixtura de castellano, portugués y holandés. Una rareza que escuché una vez en un tren viajando a la ciudad de Utrecht, en Holanda, desde Ámsterdam. Una chica con su hijo en un asiento del tren parlamentaban en un idioma incomprensible. "Se llama papiamento", me dijeron, cuando pregunté al escucharles algunas palabras en español. En fin, lenguajes de triples fronteras y colonias que se apropian de una manera particular y según sus necesidades de comunicación. Lenguajes imperiales reciclados. Vuelvo a nuestra Alemania del Este, aquí, en "Mar de las Torres", en la ciudad sustentable a cielo abierto donde reinan las plazas pitucas. El tema siempre fue el playón. Ahora inundado por la lluvia de febrero.

Por ahora soy un extranjero.

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Extranjero. Forastero en un pago donde uno se las tiene que arreglar para "ser alguien" bajo la imposición de la ciudad por "ser alguien" y diluirse en la manada que deambula por las zonas viejas, sospechosamente desfavorecidas para que en su impacto visual generen desconfianza para las inversiones municipales. De calle San Martín hacia el Este, de calle San Juan hacia el Cacique. Ahí quiero llegar. Al canal más largo de nuestra cuenca incaica. Donde uno puede sentir ese "Río Imaginario" que nos canta Sergio Taglia en su obra poética. Un canto de Maldoror americano.

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La tormenta me agarra en la zona de Agua Amarga (Tunuyán) donde se disuelve la frontera mientras se trepa por la pre cordillera. Una lluvia tenebrosa que a los lugareños les da miedo por la falta de costumbre y los antecedentes de desbordes en los ríos secos, no menos imaginarios para la especie que habita la ciudad. El miedo rural -no a la oscuridad ni al desamparo, tampoco miedo a los animales que aparecen por las noches, mucho menos a los bichos-, a la lluvia tenebrosa que vuela techos y destroza la siembra cuando la piedra del cielo compite con la de la montaña en una lucha por la prima de la monstruosidad al pie de extensos viñedos extranjerizados. Si en la pampa las vaquitas son ajenas, aquí en el valle, las tierras y la uva, son extranjeras. Mendoza es el escenario de esa ficción de identidad que nos comunican por tableros Led. Bien podríamos denominar de otra manera a la que nos tienen acostumbrados en las promociones de Mendoza, "por los caminos de los viñedos europeos", porque esa uva se procesa y luego viaja por otros senderos hacia mercados del exterior. Producción vitivinícola que emplea escasa mano de obra, tecnologías de riego precisas y agua, mucha agua de las nacientes que luego faltan en otros lugares menos prósperos. El agua no es para todos, nos une, desigualmente. Irrigación, departamento general donde se esconden los mapas de la distribución. Ahí vamos, a por los mapas que ya se están construyendo.

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La siesta de ayer desvaneció en una sesión de gritos. Por la ventana puede observarse la canchita de una escuela donde juegan pibes una final del mundo. En cada grito de gol pego un salto de la cama, en el sueño Alemania del Este, medio Berlín en el despojo, la lluvia persistente y el aire fresco por las ventanas de los pisos altos. "Viva la delincuencia, muerte a la yuta", gritaron un par de guachos. No sé por qué lo decían. Inscripto en el imaginario de los pibes, la consigna puede entenderse si uno la vincula a las persecuciones permanentes hacia la juventud que realiza la policía local, policía ambiental y policía minera, que controla su propio orden multiplicado en cuadrículas de oración a cristos fugados de las cruz, junto a los dos delincuentes que lo acompañaban, según las difusas crónicas anticristianas. "El anarquismo es un estado de reacción", pensé, luego de esos gritos, "pero también de organización", recuerdo afirmó el Negro Osorio en la charla en Agua Amarga junto al Balicha que explicaba cómo fue la pueblada desde San Carlos hacia la ciudad, en ese peregrinar, uniendo pueblos en las ruta 40, la que atraviesa la argentina por la mitad. El dron y la multiplicación de las imágenes, el cruce del puente de San Carlos, los llantos previos de las gentes al enterarse de todo lo que venía por aquellos días de diciembre. También me lo contó el Juani, en un café de Tucson, una mañana que bajé de Agua Amarga. "La organización vence al tiempo", también pensé, y la distribución desigual a los chacareros pobres. Pueblos acostumbrados a caminar y cruzar la cordillera, los que entran en la Gran Historia sin liderazgos y ponen en jaque a los analistas de la crueldad desesperados por identificar con quién se habla en estos casos. Luego vino la tormenta y la carne. La noche cerrada, custodiada por el Volcán Tupungato. Una maroma de conversaciones en la oscuridad. Sin miedo, pero con respeto a las señales de la extinción lenta.