Crónicas del subsuelo: Las violencias espasmódicas - Mendoza Post
Martes 3 Dic 2019Martes, 03/12/19 atrás
porMarcelo Padilla

La marea ha bajado unos minutos, sin embargo el golpeteo de los latigazos insiste en despertar a la población de este páramo donde amarrado a un árbol viejo he quedado. Observo el agua a la altura de mis hombros, el fantasmal ahogo que amenaza bajo una tormenta que descarga toda su violencia sobre los caseríos. Nadie se asoma por las ventanas. Las chapas y las puertas en el vaivén del lamento, los perros en el dintel, en la celebración de la autopsia de la que no participan deudos y familiares. En lo alto hay banquete de pordioseros. La escritura deleble comienza a desaparecer. Lentes, peines, juguetes y jeringas navegan en plena calle San Juan. Han tapiado la arteria principal y, el bajo, es más oceánico: las santerías desiertas de toda credulidad elaboran el letánico menester de sus santos y vírgenes.

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Es el ocaso de las religiones estables, lo que observo desde el Ante/Purgatorio es la celebración de la pluralidad como síntoma. Eso de antojarse con la elasticidad de la democracia vacua para ejercer el perdón de los neofascismos contemporáneos se ha hecho costumbre, se ha naturalizado, el campo de batalla de una forma de establecernos reglas y normativas, implícitas, además de las estatutarias, pequeños contratos sociales, códigos de convivencia y connivencia, el metro cuadrado que un ciudadano tiene para ejercer su derecho a decidir, en fin, no se me ocurre otra analogía, o metáfora si se quiere, con lo elástico del síntoma de la pluralidad. Corrido a la derecha el síntoma no hace otra cosa que ampliar el juego hacia las violencias espasmódicas, una parte del inconsciente de la sociedad gobierna. Las instituciones implosionan con su silencio pero quedan allí con el discurso de su arquitectura: grises de cemento, locales vacíos, unidades básicas, puntos de encuentro equidistantes. El colaboracionismo es la táctica nueva de una estrategia general que se surte de la elasticidad hasta que se corte. El corte no llega, entonces sigue tensando.

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La pluralidad hacia los guardianes de la república, los abusos policiales, la violencia institucional sobre jóvenes y viejos, trabajadores y mendigos, se celebra en lo alto con el silencio de los comunicados oficiales. Es el corrimiento de las placas, la democracia en sí misma estaría permitiendo ese deslizamiento, aprobado y legitimado por las prácticas más que por los discursos. Hoy las posiciones políticas funcionan como susurros de verdad, como si fuera un nuevo dispositivo de confesión para luego salir a gobernar el neopanoptismo democrático. Entonces, ante la pregunta hecha hace unas semanas, diría que sí, que se puede ser fascista en democracia, que está permitido por las normas de convivencia que deja instalado el régimen que confunde con su retirada. Nosotros ganamos las elecciones y ellos el sentido común, por ahí anda la discusión que venimos desde hace un tiempo charlando. Un desgajamiento en la intemperie. Otras formas de negar las detenciones arbitrarias, olvidar la vida del Seba Moro para suplantarla por su muerte. Hoy Quino es una forma de fascismo licuado que sirve institucionalmente para que Mafalda sea violada una vez más sin que nadie diga absolutamente nada. Quino y su aparente e inofensiva piedad surten efecto en el juego articulatorio al que es sometido el responsable de la tira que más ha representado a las clases medias.

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La ventana es diminuta pero al menos alcanza para ver un toquecito de luz, sirve para el fresco en los veranos, por diminuta y por su altura en la tapia, cumple una función, llega la luz pero la salida es imposible, son tres metros para llegar y asomarse. Escaleras no hay, muebles tampoco, es un desolado paisaje en la oscuridad. No obstante se duerme bien cuando el cuerpo vence.

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Se aprende a bailar con el tiempo.