Todos los niños violados estamos menos aterrorizados desde ayer - Mendoza Post
Martes 26 Nov 2019Martes, 26/11/19 atrás
porAna Montes de Oca
Periodista

La condena a los curas pederastas del Instituto Próvolo no sólo significó justicia para las víctimas de esos monstruos. También fue significativo para todas las víctimas de abuso sexual infantil.

Tal vez por la trascendencia del caso, tal vez porque es la mayor condena que recibió un sacerdote pederasta, tal vez porque la cantidad de pruebas fue aplastante, tal vez porque por primera vez se escuchó a quienes no se suele escuchar.

El abuso sexual en la niñez provoca secuelas de por vida. Son tan profundas que, no importa cuántos años pase entre la vejación y el momento en que se puede hablar, que cualquier Cámara Gesell las descubre.

Hay estudios neurológicos que dan cuenta de que, en la mayoría de los casos, los abusos dejan marcas a nivel cerebral. Marcas que se pueden ver y medir en una resonancia magnética.

Las víctimas de abuso sexual infantil estamos recogiendo nuestros pedazos constantemente, pero así como nuestros quiebres no se ven, nuestros gritos no se escuchan.

Así como alguien que perdió un ojo se convierte en tuerto, o alguien que perdió un brazo se convierte en manco, uno se convierte en un "niño violado". No hay nada que lo cure, así como nada puede hacer crecer nuevamente un ojo o un brazo.

El dolor físico dura poco, el dolor del alma, por supuesto, tarda más en aliviarse, pero lo que no se va nunca es el terror. El terror que produce ese ataque monstruoso y totalmente inesperado para un niño es indescriptible e insuperable.

Pero ahora los monstruos están enjaulados.

Y el terror, por un rato, mientras se leía esa sentencia, desapareció.