Crónicas del Subsuelo: Donde la eternidad se gasta - Mendoza Post
Martes 16 Jul 2019Martes, 16/07/19 atrás
porMarcelo Padilla

La materia de que está hecho el silencio solo podrá comprobarse en las cuerpas y en el ademán del viento a eso de las seis de la tarde, cuando el sol se suicida tras las montañas, aún más, en las hileras de cardones que pueblan los cerros de Tilcara, pegadito a Maimará, en plena Quebrada de Humahuaca. En las cuerpas por el cansino paso del nativo o la chola que, todavía en plena postverdad, dan pasos lentos y anti productivos para la mirada del turista o el empresario ambicioso. Primera ubicación en el mapa, estamos en Tilcara, Provincia de Jujuy, quizá el pueblo más visitado por el turismo junto a Purmamarca, en el corazón andino. De los pueblos cercanos se conoce menos, sin embargo cuando uno sube a Humahuaca la sensación a borrachera se profundiza por los cuatro mil metros de altura, el pérfido sol y el jugueteo diabólico de las nubes que van y vienen. Perdido entre ellos y sin mucho atractivo de consumo está el más silencioso pueblo, Maimará. Allí pinchamos una cubierta de bicicleta luego de andar por la ruta, entre cerros, esquivar camiones y trepar hasta la quemazón de los músculos. El sol habita el grito de la población que baila en el tiempo de su propio juego de la desaparición. No es que no estén, andan por ahí sin darse a notar, sin el pavoneo típico del porteño o del visitante de ciudades grandes. Por suerte allí no viven ciudadanos.

Y uno tiende a preguntarse ¿qué es ser ciudadano en esas alturas donde gobiernan los achachilas (abuelos) picos nevados que sostienen el mito de la creación del mundo? Pues ciudadanos son los que quieren "ser alguien" en las ciudades y allí, en esas lejanías zarandeadas por vientos diablos, la gente nomás "está siendo" contra el ritmo del calendario. El sol y la luna sintetizan esa dualidad ancestral que incluye sin temor a dioses y diablos, al miedo y a la seguridad. Es que en estos pueblos el miedo no se combate, ni mucho menos al diablo, es más, se los asume como parte de la condición existencial para transitar la eternidad que se gasta en la altiplanicie. Para el quechua dios y el diablo son hermanos.

Sí, la eternidad y la vida en la zona andina se gastan, por eso el miedo a la muerte que tenemos quienes vivimos en las ciudades se lamenta, la muerte en la ciudad es lo intolerable. Incómoda. En el altiplano se conjura con rituales y celebraciones. Entre los cerros y quebradas habitan los dioses, en la ciudad se los ha expulsado por el adjetivo y la metáfora.

Guillermo es el bicicletero, el único de Maimará. Al él fuimos a parar con mi compañera luego de realizar consultas en mercados y almacenes, "allá, donde están los álamos pegados a la vía del tren tiene el taller Guillermo, antes lo atendía el padre que ya es finado el pobre, pero golpias y el señor le arregla", me dice una paisana haciendo gestos de ubicación muy lejos de entender por google maps. La dirección clara es hacia los álamos, unos árboles que si bien conocemos en Mendoza, no son iguales, tienen más brazos, pertenecen a una variedad propia de altura que se abren y estiran como gatos por las lluvias. En fin, la bicicletería es un galpón que pertenece al Estado y allí se reparaban máquinas del tren, del tren que desvencijaron en los noventa y hoy solo queda el recuerdo de su desarmadura. Guillermo vive de casero en la construcción del predio pegado a los cerros y además de su trabajo como municipal hace sus extras parchando gomas de bicicleta. Como el tiempo funciona de otra manera, el apuro no existe.

La cubierta pinchada era una, la delantera, tenía dos orificios hechos por unas rosetas, algo que en la ciudad se arregla en veinte minutos como máximo, bueno, el bicicletero se tomó dos horas y media. Nos dio unas sillas para acompañar su trabajo, tomamos mate de coca y charlamos de los carnavales y diabluras, mientras reparaba. Diría que nos hicimos amigos porque entramos a su corazón, lo escuchamos, le preguntamos y Guillermo, que tiene 51 años, habla con el golpecito de su lenguaje puneño sin prisa y sin pausa. Su sueño es conocer junto a su pareja las Cataratas, le brillaban sus ojos imaginando la lluvia sobre su cara, hablar y ser escuchado lo ponía feliz, sostenido por la fantasía.

No pude comprender, o sí, la ofrenda floral del Bloque de Diputados de la UCR jujeña en el monumento a los Héroes de la Independencia en Humahuaca. Con Milagro Sala presa política, el alineamiento nacional al gobierno antipopular, homenajear a quienes lucharon contra los invasores españoles resulta cuanto menos incomprensible. Pero las flores estaban ahí, al piso del fastuoso monumento donde uno puede observar la inmensidad de la Puna y el pulular de turistas sacándose fotos. Humahuaca se percibe sin fronteras, es Argentina pero también es Bolivia. Se respira más la nación andina que las banderas artificiales. Independencia, G. Morales en Jujuy y Evo Morales en Bolivia, pura coincidencia, la unidad de ese pueblo va por abajo en sus prácticas, los gobiernos son una circunstancia en el tiempo que no es igual al tiempo de la ciudad.

Como nos dijo doña Elizabeth Lanata, ya con ochenta y pico, abogada y filósofa, acompañada por varios gatos en su rancho, compañera de Rodolfo Kusch, a quien fuimos a visitar en Maimará una mañana: "la zona andina es la puerta de América".