El niño - Mendoza Post
Viernes 14 Jun 2019Viernes, 14/06/19 atrás
porJorge Rozen (*)

No supe su nombre. Sí sabía que tenía nueve meses, ocupaba uno de los boxes vidriados que estaban a un costado de la sala de pediatría, donde quedaba un pasillo a través del que transitaban médicos y enfermeras. A diferencia de los demás internados, él miraba siempre la pared opuesta al pasillo; no quería ver a la gente. Entre los residentes se lo identificaba como un caso "social", no tenía ninguna enfermedad en su cuerpo, por lo tanto, nada se podía aprender del caso. Se lo ignoraba.

...

Residente: Este era un título que nos había calado hasta los huesos. Habíamos ingresado a un lugar en el que por cada doce postulantes había una vacante. Trabajábamos entre diez y doce horas diarias y cumplíamos con tres guardias semanales de veinticuatro horas. No teníamos descanso, a lo sumo un par de domingos por mes. A los pocos días ya conocíamos la embriaguez que da esa forma del poder -había que endurecerse-. Yo tenía veintiséis años, llevábamos uniforme, ambo de guardia, guardapolvo y un estetoscopio colgaba de nuestros cuellos. Ya conocíamos la muerte, la tristeza pasiva de los padres, no teníamos paciencia ni conocimientos para escuchar sus preguntas. Y no nos permitíamos pensar, mucho menos sentir su dolor. Tampoco el que causaban nuestras intervenciones de rutina. A veces, el lenguaje denuncia la realidad, la rutina nos hace perder el sentido de lo que hacemos... Sacar sangre con lanceta, con aguja, muchas veces siguiendo normas no muy relacionadas con la enfermedad del niño. Frecuentemente, por la mala calidad del anticoagulante, debíamos repetir los procedimientos en el mismo día.

...

Una tarde de guardia, cuando ya no quedaba personal en la sala y sin proponerme un objetivo, ingresé en el box de aquel niño. Inmediatamente comenzó a llorar, puse una silla, me quedé quieto a un metro y medio de distancia y esperé. Su llanto se fue convirtiendo en un quejido, avancé veinte centímetros, nuevamente comenzó el llanto. Todo esto debe haber durado una hora. Nunca me miró, nunca se tranquilizó. El lugar olía mal... tal vez las enfermeras no le cambiaban los pañales con la misma frecuencia que a los otros niños, lo que probablemente ocurría porque su actitud las desalentaba. Su cabeza estaba llena de chichones y moretones. Luego me contaron que solía tirarse desde la cuna, que -para permitir el trabajo del personal- eran bastante altas.

Quise saber más y lo pude averiguar, solo tres hechos constituían su historia:

- Su madre, tras el parto, lo abandonó en el hospital y había dejado un domicilio falso, desde entonces el niño estaba judicializado.

- A sus dos meses de vida apareció una voluntaria. Así denominábamos a personas, en general mujeres, que brindaban parte de su tiempo para colaborar con el cuidado de los niños. Él y ella, en pocos días, establecieron un vínculo. Cuando ella llegaba, algo cambiaba en su rostro. Se conectaba, sonreía, y a los cinco meses estiraba sus brazos para pedir que lo tuviera upa. Un día, simplemente, la voluntaria dejó de venir.

- Una de las enfermeras de la sala se conmovió por lo que estaba pasando. El niño estaba rechazando la mamadera. Con gran dedicación y paciencia, logró que una vez más se conectara y otra vez sonrió. A sus ocho meses volvió a ocurrir, la enfermera fue trasladada a otra sala y el vínculo se perdió.

¿Quién soportaría tres abandonos consecutivos? Un adulto seguramente se deprimiría y mucho. Un niño de esa edad, en la que el otro es todo, seguramente rompería con toda esperanza de ser amado, justamente porque aprendió que tener expectativas es la antesala del máximo sufrimiento.

Supongo que -en el caso narrado- el concepto de resiliencia, es decir la capacidad de recuperarse de la adversidad, nunca alcanzará a aquel niño. A veces, en circunstancias tan extremas, solo queda la posibilidad de enquistarse en un aislamiento que ya nadie podrá atravesar. Cargará con un rótulo, un diagnóstico (autista, psicótico, sociópata, etc.) que dará un "disfraz científico" y por lo general, recibirá un tratamiento exclusivamente farmacológico.

Esta es una historia en que el sistema hizo agua. Digo "sistema" porque no encuentro culpables individuales. Ni la madre que lo abandonó... habría que ver qué le estaba ocurriendo, qué capacidades tenía. Tal vez creyó que la sociedad tendría soluciones que ella no podía darle, no lo sé.

Sí sé, que todos los seres humanos, no sólo los médicos, debemos admitir que no todo tiene solución, que la imposibilidad existe y nos marca. En mi caso, me impulsó a que un tiempo después, renunciara a la residencia de pediatría. Busqué instrumentos más adecuados para procesar y darle cauce a lo que estaba surgiendo en mí, la vocación descubierta a partir de la práctica. Tuve la suerte, después de aquella experiencia, de entrar en una excelente residencia de psicopatología y comenzar mi formación como psicoterapeuta.