Resiliencia: superar la adversidad, en primera persona - Mendoza Post
Jueves 30 May 2019Jueves, 30/05/19 atrás
porJorge Rozen
Médico psiquiatra psicoanalista

Mi llegada a Buenos Aires no estuvo precedida por lo que habitualmente llamamos "tomar una decisión". Sentía que el cuaderno estaba bastante borroneado, manchado y ya no le quedaban más hojas.

Como casi siempre ocurre, un devastador desengaño amoroso fue la punta del iceberg que pude percibir, seguramente habían más razones. Entonces, funcionó, partí, di el salto fantástico -digo "salto fantástico", pensando más en las "fantasías" que me acompañaban y me permitieron realizarlo, que en las dimensiones y calidad del mismo -solemos creer que las cosas importantes que nos suceden en la vida son fruto de reflexiones conscientes, evaluadas, sopesadas, pero a pesar de la entronización de la razón, no suele ser así-.

Mientras esperaba iniciar el ingreso a la Facultad de Medicina, me dediqué a buscar trabajo, vivía en un "hotelucho" que era casi un sótano, estaba muy cercano a la facultad, por entonces no lo padecía, era parte de lo esperable, de lo que tenía que enfrentar. Hoy puedo recordar que era húmedo y oscuro, estaba poblado de seres tristes, marginales, prostitutas, pero en la mañana cuando aparecía un hombre muy gris que me traía un café con leche y un pan con manteca yo me sentía agasajado, nunca me afectaron aquellas cosas.

Resiliencia, el arte de renacer

Hoy lo siento distinto -creo que equivocadamente- si supiera que a un muchacho de esa edad, a uno de mis hijos, le tocara vivir de ese modo, me daría pena y creería que debería auxiliarlo. Compraba el Clarín y buscaba en los clasificados, recuerdo que fui a una zapatería, la idea de ser un empleado de zapatería me resultaba como una de las mejores posibilidades, pero no me tomaron, luego apareció algo que se llamaba verificador de encuestas, un trabajo que nunca pude explicarme, en un salón de unos quince por cinco metros estábamos unos sesenta muchachos sentados, uno al lado del otro, teníamos que comparar dos planillas inmensas con cantidades de letras y números y marcar con un lápiz si no coincidían en algo, el asunto era de 10 a 17 hs., y a poco de andar descubrí que nadie controlaba la tarea, solo, frente a todos, había un hombre sentado ante un escritorio con el que nunca hablé ni una palabra, al tercer día descubrí que lo que me pagaban no me alcanzaba para el hotel y los colectivos, lo dejé, pero tampoco, ante esto me sentí decepcionado, era lo que había que enfrentar.

A los pocos días alguien me ofreció trabajar en el Departamento de Cadetes de un club que se llama Hebraica, un inmenso edificio de dieciocho pisos que tenía veinte mil socios. Me tomaron, mi trabajo consistía en tener a cargo uno de los grupos, más o menos de quince chicos y chicas de doce a catorce años, yo era el instructor, y mi función consistía en organizar con ellos actividades recreativas, juegos, charlas que les interesaran, deportes, bailes, recitales, campamentos, talleres de teatro, lectura y pintura. Como eran varios grupos había otros instructores, éramos unos diez, mujeres y varones, teníamos más o menos la misma edad, nos supervisaba la directora, una socióloga tan sabia como cálida. Los horarios eran muy cómodos cuatro tardes por semana incluyendo los sábados y yo cursaba el ingreso a la facultad por la mañana, el sueldo era bueno, me daban una copiosa merienda, hacían aportes jubilatorios y tenía Obra Social. Se transformó en mi lugar de contención, me divertía el trabajo, hice grandes amigos y cuando terminábamos salíamos en grupo. En ese lugar nunca me sentí aburrido ni presionado, a veces pienso en qué hubiera sido de mi, a mis dieciocho años, si no hubiera tenido la suerte de encontrarlo. Los chicos a cargo no siempre eran fáciles, pero también hubieron momentos de los que hoy estoy orgulloso de haber participado, en un espacio grande, el teatro del quinto piso, distribuí lápices pinturas papeles, puse música y todo el grupo en general hijos de comerciantes del Once, que pasaban todo su tiempo libre frente al televisor, se dedicó a pintar, escribir y pasaron tres horas muy concentrados en lo que hacían. Este mismo grupo presentó dos obras de teatro leído, las dos de un escritor argentino, Osvaldo Dragún, una historia de amor "Los de la mesa diez" y "Historia de cómo Panchito Gonzalez se sintió responsable de la epidemia de peste bubónica en la Zona Sur". Me acuerdo de uno de los chicos, parecía un poco más grande que los demás, su aspecto era descuidado y había abandonado el colegio porque le iba mal y terminó metiéndose muchísimo en su personaje teatral, sabía de memoria sus intervenciones y en aquella obra, la historia de amor, su pareja era la piba más linda del grupo, fue conmovedor verlo tan integrado ya no se mostraba tan duro y burlón como siempre.

En el segundo año de trabajo me nombraron director de campamentos, hice muchos, en Córdoba, en Bariloche, en Mendoza, en playas de Buenos Aires. Llevamos hasta cien chicos y por quince días, implicaba muchísimo trabajo de logística, teníamos cocineros, médico, instructores, micros y choferes.

He relatado todo esto para dar un contexto a una anécdota que suelo recordar: Hicimos un campamento en La Vuelta De Obligado, el grupo, unos cuarenta era mixto, entre los integrantes había dos hermanos, uno tenía trece años y el otro catorce. El menor, un tanto líder, delgado y era el que le gustaba a todas las chicas. El mayor era gordito y muy tímido.

Superar la adversidad

Entre las actividades estaba cruzar un río, de unos doce metros de ancho, por un puente de tres sogas, dos para las manos y una para los pies. Todo el grupo lo pudo cruzar, el único que se quedó temblando y no pudo hacerlo fue el mayor de los hermanos, sus gestos revelaron la intensa vergüenza que sentía, nadie le dijo nada, todo quedó tapado por el silencio. En la mañana siguiente, muy temprano, hice una recorrida por las carpas, todos dormían, pero, repentinamente, descubrí una bolsa de dormir vacía, inmediatamente sentí mucho miedo y angustia, faltaba él, el que había sido humillado por la experiencia del puente, sé que llegué a pensar en que podría haberse suicidado, empecé a correr de un lado para otro y no lo encontré, se me ocurrió ir hasta el puente, quedaba a unos trescientos metros, allí estaba, cruzando de un lado al otro y volviendo a hacerlo.

Cada vez que me acuerdo de esta historia me gustaría saber cómo es o fue la vida de aquel chico, tiendo a suponer que aquella fuerza de superación, aquel no quedarse en el lugar asignado -por si mismo o por los demás- lo deben haber hecho un hombre fuerte.