Lunes 11 Feb 2019 9 días atrás
porMarcelo Padilla

Cómo habrá sido de larga la columna que tuvimos tiempo a parar en la heladería Chini a comprarle un par de cucus a los niños. El agobio de la sensación térmica, el sudor y cierto mareo que generan la multitudes, ahí diluidos en la noche quebrada por el fuego de las antorchas y las velas, la luna allí como un corte suelto de uña. Por calle Las Heras bajamos y al llegar a España nos fuimos a Chini. Cómo olvidarla... después de jugar a la pelota con los compañeros de la escuela hacíamos una vaquita y comíamos uno de limón con chocolate entre tres, o de a tres, transpirados los pibes con los bolsos colgando y contentos. Otros tiempos, los tiempos de la primaria donde uno sobrevive en la negación oponiéndole la posibilidad del encuentro y el juego, vida simple nomás, sin saberlo.

No escuchábamos los gritos de los torturados ni de las mujeres violadas por aquellos años. No escuchábamos más que los ruidos de los motores de los bondis por la calle Córdoba; y el humo y el hollín de la calle San Juan, la opositora de clase a la calle 9 de Julio por aquellos años, bah... por siempre. Donde el pueblo caminaba y paseaba sin llegar a la San Martín. Como límite, la principal frontera social de los comercios de baratijas y botones o negocios de deportes con pelotas a dos mangos. De la San Martín hacia arriba ni hablar, la vida de los otros. De los que mandaban a chicote alzado y a puro rebencazo para quienes nos portábamos mal. La educación del escarmiento. La educación recibida. El escarmiento social, familiar, patriarcal al que nos sometieron también a los hombres niños. Y así nos fue...o nos va.

El escarmiento como educación -"una contradicción", pienso- mientras intento agarrar el cucurucho de limón con chocolate para la juani y la chica venezolana sirve sola a veinte manos helados a gente común. Tras los vidrios bajaba la columna de la marcha. El segundo helado se complicó. Le había pedido uno de vasito para que no se nos cayera y entendió mal el que me cobró en la caja, me pasó otro cucu. Le hice la aclaración y pagué la diferencia. Chocolate con frutilla al agua, en vasito. Dos ventiladores industriales, una mujer sola tomando un helado parada dentro de Chini, otras personas en las mesas con niños y niñas, viejas y viejos haciendo una fila tediosa hasta llegar a la chica venezolana que con buen tono y amabilidad servía lentamente los helados para la tropa desolada. Cincuenta grados y no miento.

El cemento de febrero sin el bienestar de la lluvia, nosotros con los helados caminando la marcha, bueno ahí quería ir, o continuar. La marcha era tan voluminosa y larga que tuvimos tiempo de comprar un helado en un lugar atestado de gente con una sola chica que atendía. Los niños no daban más por el sacrificio pero se los veía felices y sus ojos eran una ventana al futuro observando las antorchas y banderas de las agrupaciones sociales y políticas. El colorido, los tambores, los redo y bombos, algunos cánticos por grupo, en fin, los pibes como niños incas en el sacrificio para el despertar en la noche guiada por una corte de uña blanca flotante en la ciudad de los escarmientos. Desabastecidos pero con la misma alegría de aquellos años sin saberlo en plena educación del escarmiento.

A los lengüetazos íbamos con la anita para que no se nos cayera el helado acomodándolo por los costados. La marcha de los cansados por el tedio de los otros pero sin recriminárselos porque de lo que se trataba era de mostrar que el que quiera oír que oiga. Caiga quien caiga, desdoblen sin vergüenza elecciones para mantener el cínico decoro de la pequeña burguesía que se tapa las gotas del helado derretido en la pilcha.