Medios: los rebencazos de los patrones de estancia y su correlato mendocino - Mendoza Post
Jueves 21 May 2015
porRicardo Montacuto
Director Periodístico

Suspender a un periodista, sancionarlo, hacerle ver su error por medio de un castigo disciplinario de neto corte autoritario, es como tirarse un tiro en el pie. El periodista perderá credibilidad y confianza en sí mismo, pero el medio también, y el que ordena la sanción, habrá dilapidado autoridad, pero por sobre todo respeto. 

En la última semana sufrieron suspensiones dos figuras de la radio y la TV que son escuchados en todo el país, ambos por ventilar -al aire o en redes sociales- internas, enojos, o por verter opiniones muy duras respecto de colegas o compañeros de trabajo, o de figuras de las mismas emisoras. Uno de ellos es Eduardo Feinmann, uno de los que apostó a quedarse en C5N y Radio 10 cuando el Grupo Indalo de Cristóbal López le compró los medios a Daniel Hadad. Fue suspendido dos semanas. Otro es Ricardo Canaletti, estrella de Policiales y editor, un mes sin aire en el Grupo Clarín luego de despotricar en Twitter contra dos periodistas deportivos de TN, del mismo grupo, a quienes acusó de tener “mala leche” con Boca. Canaletti y sus dos antagonistas –Nicolás Singer y Hernán Castillo- fueron suspendidos también por la pelea. Un mes y quince días respectivamente.

Feinmann en el estudio de Radio 10.

Es claro que los dueños de los medios y aún los gerentes o los jefes de redacción, tienen el derecho de aplicar sanciones cuando lo crean conveniente. Pero el periodismo es una de las actividades en las que las sanciones disciplinarias no sirven para nada. Es preferible desvincular a un periodista, antes que suspenderlo. La sanción sólo hace que el profesional acumule enojo y lo distribuya en su ámbito de trabajo o hacia afuera, lesiona su credibilidad y la del medio, y por sobre todo, quita autoridad a quien aplica la sanción; porque las relaciones laborales deben basarse en el respeto y el entendimiento. Sobre todo, en los medios.

El periodismo es una tarea intelectual. Los periodistas estamos, además, entrenados para desconfiar. No existiría el periodismo sin la desconfianza, la intuición, la lectura, la preparación para cuestionar. Por eso la sanción es inútil. Sólo sirve para denigrar. Es el rebencazo de los patrones de estancia. Insisto, es preferible el despido.

En los medios del interior, la suspensión como método disciplinador es moneda corriente. 

Me ha tocado dirigir medios en los que las suspensiones eran –son- una manera de decir “¿Entendiste?” o para demostrarle pleitesía a algún poderoso de aquellos que se quejan por tal o cual publicación.

Nunca estuve a favor de las suspensiones disciplinarias a periodistas. Lo saben tanto los directorios que me han pedido sancionar, como los periodistas a quienes he debido aplicarles sanciones. Después de 26 años de profesión, no conozco ni un solo comunicador  que haya cambiado de opinión o “mejorado” después del rebencazo. Por el contrario, el periodista sancionado se termina yendo, o esquivando responsabilidades. El castigo no lo transforma en mejor profesional.

Los periodistas mendocinos saben de sanciones. 

Que cuenten los antiguos profesionales de la prensa gráfica, cuando los suspendían por poner en un epígrafe –o por no poner- el nombre de algún amigo/enemigo del gerente. Eso sucedía todo el tiempo. Y aún quedan resabios en los grupos grandes –también en los nuevos- de esas costumbres disciplinantes, aun por cometer un error de tipeo o por poner algún “me gusta” poco atinado en Facebook. Insisto, es más sana la desvinculación.

El látigo en la prensa es un mal método. Y es raro que se aplique en medios híper profesionalizados como Clarín, C5N o Radio 10. Tal vez sea una muestra más de la época de intolerancia y desquicio en que vivimos.