A partir de los estudios arqueológicos y genéticos, sabemos que el vino no fue un descubrimiento azaroso, sino un compañero de viaje que nació junto a la civilización misma.
Vino, historia y cambios: la hora del nuevo consumidor
Estudios recientes confirman que los primeros eventos de domesticación de la Vitis vinifera ocurrieron hace unos 11.000 años en Asia Occidental y el Cáucaso, extendiéndose velozmente por la antigua Mesopotamia y Egipto como un símbolo de estatus, rito sagrado y medicina. Desde las vasijas de barro selladas a orillas del Nilo hasta los ritos griegos dedicados a Dioniso y la expansión territorial y cultural del Imperio Romano, la vid demostró desde sus orígenes una adaptabilidad prodigiosa, convirtiéndose en uno de los patrimonios culturales más antiguo de la humanidad.
Esa travesía milenaria cruzó el Océano Atlántico en el siglo XVI, cuando las primeras estacas de vid llegaron al "Nuevo Mundo" en las embarcaciones de los conquistadores y misioneros españoles.
Al llegar al pie de la majestuosa Cordillera de los Andes y afincarse en el suelo cuyano hacia 1561, la vitivinicultura encontró un refugio solar único, donde la combinación de agua pura de deshielo, luminosidad andina y altura dio origen a la matriz identitaria mendocina. La Iglesia Católica, los colonos y, más tarde, las oleadas de inmigrantes europeos de finales del siglo XIX y principios del XX transformaron el desierto en un vergel productivo, cimentando una industria que modeló el alma de nuestra tierra.
A lo largo del tiempo, la vitivinicultura ha demostrado una resiliencia asombrosa para superar catástrofes y reinventar sus modelos de negocio. Desde la devastación europea provocada por la plaga de la filoxera a finales del siglo XIX hasta las severas crisis de sobreproducción en la Argentina de inicios del siglo XX (1901-1903 y 1914-1918), los pequeños viticultores y bodegueros ensayaron diversas respuestas comerciales, promoviendo al vino como la "más higiénica de las bebidas", en palabras de Louis Pasteur.
Aquella capacidad de adaptación permitió que, hacia la década de 1970, nuestro país alcanzara un consumo récord de 91,8 litros per cápita. Claro eran otros tiempos de vinos más simples que estaban presentes en la mesa cotidiana, recordando que el vino era además considerado un alimento, tal como conversamos ocasionalmente e distintas oportunidades con el reconocido enólogo mendocino Roberto González.
Sin embargo, al asomarnos a la tercera década del siglo XXI, el escenario plantea un desafío global sin precedentes: el vino enfrenta una caída sostenida en el consumo internacional, impulsada por transformaciones socioculturales, factores etarios y la feroz competencia de bebidas sustitutas o alternativas sin alcohol.
En un mercado crecientemente saturado y competitivo, las nuevas generaciones - encabezadas por la Generación Z y los jóvenes adultos - están redefiniendo sus momentos sociales, volcándose hacia propuestas más frescas, ligeras o alineadas con hábitos enfocados en el bienestar y la moderación.
Ante este cambio de paradigma, instituciones de análisis estratégico como el Observatorio Vitivinícola Argentino han desarrollado plataformas de inteligencia y sistemas de alertas para monitorear las tendencias mundiales y dotar de herramientas al sector. Los especialistas coinciden en que los consumidores jóvenes son la llave maestra para revertir la tendencia a la baja, lo que exige a las bodegas flexibilizar rígidos protocolos de servicio, descontracturar el lenguaje de cata y experiencias y ofrecer canales de distribución y formatos más dinámicos, cercanos e innovadores.
En el terreno de la comunicación y el marketing, investigaciones de organismos científicos como el INCIHUSA-CONICET demuestran que las estrategias comerciales más efectivas están virando con fuerza hacia el storytelling (el arte de contar historias para conectar emocionalmente con el público).
Hoy en día, un relato publicitario auténtico - que rescate las historias de los inmigrantes, los sujetos detrás del viñedo, el paisaje cultural y el esfuerzo humano-, su relación con la cultura y el patrimonio, logran conectar con el consumidor novel y el experimentado de forma mucho más profunda que los tecnicismos enológicos y sofisticados vocablos o la sola apelación al clásico concepto de terroir y sus características.
A la par de la narrativa, la tecnología y la enología contemporánea están abriendo fronteras innovadoras para revitalizar la categoría sin perder la esencia del producto. Foros de vanguardia, muchos de los cuales se desarrollan en nuestra provincia, ponen en relieve el vertiginoso avance de los vinos de baja graduación alcohólica, vinos aptos para cocteles y fusión con otras bebidas, así como la adopción de envases ecológicos de menor peso, etiquetas en 3D y prácticas agrícolas biotecnológicas que responden a la demanda global de sustentabilidad y que en particular los jóvenes requieren de acuerdo a una vida más sana, sustentable y relacionada al consumo responsable.
Al mismo tiempo, la revalorización del vino pasa por transformar cada botella en una experiencia viva e inolvidable a través de la cultura del encuentro y el enoturismo como experiencias únicas e inolvidables.
Mendoza, consolidada como una de las Grandes Capitales del Vino e impulsada por los reconocimientos mundiales como los de la Guía Michelin entre muchos otros, ha demostrado que las vinerías urbanas, los restaurantes de bodega, los recorridos patrimoniales y los festivales que maridan música y viñedos son motores indispensables para emocionar y enamorar a los nuevos públicos, pero también agregar valor para los consumidores tradicionales.
En definitiva, la historia nos enseña que el vino ha sabido evolucionar durante once milenios porque es una bebida viva que pertenece al espíritu humano y a la mesa compartida. Enfrentar los desafíos actuales requiere audacia, creatividad y la valentía de seguir contando historias que conmuevan en cada copa.
Como siempre decimos en esta columna de Vinos y Comidas y Vinos e Historias, porque nada mejor que un buen vino para contar una buena historia, y porque alzar la copa con nuestros vinos es celebrar el trabajo de nuestra gente y mantener encendido el fuego del reencuentro. ¡Salud por los recuerdos, los deseos y los sueños de futuro que seguiremos descorchando juntos bajo nuestro eterno sol mendocino!




